
Por Berta Marson
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¿Hasta dónde controla el Estado la vida de las y los colonizados? ¿Hasta dónde el cuerpo de las Mujeres y de los Pueblos es silenciado con una traqueotomía que, literalmente, nos quita la voz, el aire, y nos deja en silencio?
El Ta Upla(1) Brooklyn Rivera, líder de la organización indígena YATAMA y del Pueblo Indígena Miskitu, apareció —después de haber sido arbitrariamente arrestado el 29 de septiembre del 2023— postrado en una cama de hospital. Su cuerpo es uno de los muchos territorios sometidos en el continente. El Estado de Nicaragua, que una vez prometió una revolución, ha literalmente colonizado la humanidad de Brooklyn Rivera: bajo su tutela en una cama de hospital, el Estado decide si respira, si come y si vive.
La contradicción fundante del sandinismo
La captura de Brooklyn Rivera no solo muestra la represión de la familia Ortega Murillo a sus opositoras y opositores. Desnuda una contradicción fundamental en el sandinismo: es un régimen que basó su lucha histórica contra el imperialismo y se dice a favor de la autonomía de los gobiernos comunitários de la Costa Caribe de Nicaragua, a través de la pionera Ley 28 de Autonomía en América Latina. Sin embargo, este régimen reproduce en la práctica, de manera continua, los mismos métodos de represión que denunció. Porque el Estado nación es, en su condición más profunda, un proyecto colonial —y ese proyecto no cambia de naturaleza según el disfraz ideológico que decida vestir. Da igual si se nombra a sí mismo revolución o restauración, liberación u orden: cuando un Pueblo Indígena exige su soberanía, el Estado responde con los mismos instrumentos que heredó de la Colonia. Esta contradicción no es reciente: inicia antes del triunfo de la llamada revolución sandinista.

El origen del conflicto del régimen con Rivera se da en su participación en el Foro Permanente de las Naciones Unidas para las Cuestiones Indígenas en Nueva York, donde denunció la invasión de colonos no indígenas en territorios originários en Nicaragua y la falta de respuesta del Estado para proteger esos derechos. Su persecución se desencadenó precisamente por ejercer la palabra soberana indígena ante un foro internacional. A partir de ese momento, el Estado le negó la entrada al país. Irrespetando las fronteras impuestas, Brooklyn Rivera entró a Nicaragua desde su territorio, que se extiende hasta Honduras. Desde entonces fue detenido y sometido a más de dos años de desaparición forzada, sin pruebas de vida.
El intento de desmantelar de la estructura política de las Regiones Autónomas
El régimen Ortega Murillo no se limitó a apresar el cuerpo de Rivera. Su suplente parlamentaria, Nancy Elizabeth Henríquez James —también de origen Miskitu— fue detenida. La colonización del cuerpo, a través de su captura, muestra cómo esta lógica represiva colonial no se trata de personas individuales, sino del desmantelamiento de la estructura política representativa —no solo del pueblo Miskitu, sino de las Regiones Autónomas y los gobiernos comunitários de la Costa Caribe— que le recuerdan al Estado nación el carácter opresor que reproduce como herencia de las invasiones europeas al continente.
La desaparición forzada de un líder indígena es un mensaje brutal que genera terror en todas y todos quienes defienden el territorio, la autonomía y la vida. Se mantiene al pueblo y a la familia en un estado de duelo permanente, sin poder cerrar un ciclo, en una espera eterna por señales de vida.
Cuando el que oprime es quien prometió la libertad, la violencia colonial adquiere nuevas dimensiones: intenta borrar la posibilidad misma del lenguaje de la resistencia, pues el opresor ya se apropió de las palabras. Aquellos grupos que se organizaron en nombre de la libertad aprendieron muy bien el viejo oficio colonial: no hace falta quemar al pueblo si puedes apagar la palabra de quien nombra la lucha. Pero callar a un Pueblo nunca fue tan fácil como silenciar a un hombre.
El duelo colonizado: la violencia del exilio
Su hija, Tininiska Rivera, ha golpeado puertas invisibles a lo largo de todos estos años, pidiendo apenas una sola prueba de que su padre aún respira. Tininiska encarna el padecimiento en el exilio de miles de nicaragüenses desterradas y desterrados: una herida brutal que no aparece en los informes, la negación del derecho a cuidar a tus enfermos y enterrar a tus muertos.
El duelo colonizado que viven las exiliadas y los exiliados no cabe en un documento. Es el dolor de saber —a través de una pantalla— que la persona que amas se está muriendo, con nueve horas de diferencia y un mar de distancia impuesto entre ustedes por el régimen. Aquellos que prometieron libertad —buenos estudiantes del colonialismo— saben muy bien que no solo el cuerpo se les roba a las voces disidentes. También se roba el rito, la ceremonia, el derecho a lavar el cuerpo de tus muertos con tus propias manos y a enterrarlos en aquella tierra que los conoce a ellos y a ti.
Para distintos pueblos del Abya Yala, cuya cosmovisión no separa a los vivos de los muertos, morir lejos no es solo una tragedia personal: es una ruptura cósmica con el territorio. La familia queda rota en un lugar del alma que ningún psicólogo del exilio sabe nombrar. Esta herida se vive en soledad.
Pero esto también lo saben los dictadores. Por ello el destierro no es solo un castigo:es un intento de quebrarte por dentro hasta desintegrarte. Es una manera de dispersar a la familia, a la memoria, la resistencia y la ancestralidad. Quien llora solo, en otra tierra o en otro continente, no tiene cómo organizar su dolor. Pero cada exiliada y exiliado que llora a sus muertos y vela a sus enfermos de lejos lleva su tierra por dentro —en un lugar que el régimen no pudo confiscar.

La muerte que no apaga la raíz
El Ta Upla Brooklyn Rivera ha muerto. La noche del 30 de mayo de 2026 falleció bajo custodia de la dictadura de Nicaragua, en una cama de hospital que el Estado convirtió en su última celda. Su nombre se une a una lista que el régimen ha ido construyendo con los cuerpos de quienes se atrevieron a disentir: entre ellos el general en retiro Hugo Torres, quien en 1974 arriesgo su vida para liberar al propio Daniel Ortega de las cárceles de la dictadura de Somoza, y que décadas después moriría encarcelado por ese mismo Ortega, y Humberto Ortega Saavedra, hermano del dictador y cuñado de Rosario Murillo, quien antes de morir bajo arresto domiciliario consiguió grabar un testimonio denunciando su propia condena — ejecutada por su propia sangre — por haber abogado públicamente por elecciones libres.
La represión no termina con Brooklyn Rivera
Brooklyn Rivera no es el único. Mientras este artículo se escribe, el régimen Ortega Murillo mantiene en sus cárceles a decenas de presos políticos. Entre ellos, ocho líderes y guardabosques del pueblo Mayangna — autoridades comunitarias que defendían su territorio ancestral frente a invasiones — condenados algunos a cadena perpetua, sometidos a tortura física y psicológica, a quienes se les prohíbe hablar su lengua dentro de la cárcel. La relatora especial de la ONU documentó denuncias de violencia física, tortura y agresiones sexuales contra ellos, sin que el régimen respondiera. Las familias del preso politico Víctor Boitano Coleman siguen exigiendo una prueba de vida, sin respuesta, tras 770 dias de desaparición forzada. Nancy Elizabeth Henríquez, indígena miskitu y diputada suplente de YATAMA — la misma mujer que apareció sosteniendo la mano de Brooklyn Rivera en su cama de hospital — cumple hoy arresto domiciliario. Es presa política, después de haber sobrevivido casi treinta meses de encarcelamiento arbitrario.
La lista no cierra. La represión continúa.
«Quisieron enterrarnos, pero no sabían que éramos semillas»
La lucha por la autonomía de la Costa Caribe no muere con Brooklyn Rivera porque es la lucha de muchos pueblos — del pueblo Miskitu, de los pueblos Mayangna, Kriol, Rama, Garífuna y Ulwa, y de todos los que hacen gobierno desde lo comunitario. Esta lucha no la ha podido silenciar ninguna traqueotomía, ninguna celda ni ningún Estado colonial.
La lucha está en Tininiska, que durante 971 días mantuvo vivo el nombre de su padre cuando el régimen quería borrarlo. Porque los muertos de los pueblos no son ausencias — son semillas. Son la memoria que germina en quienes quedan de pie, en quienes siguen nombrando lo que el poder quiere olvidar.
Porque un pueblo que recuerda y nombra a sus muertos no puede ser derrotado. Las raíces no se encarcelan.
(1) Termino Miskitu que significa líder, anciano o autoridad máxima.
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Brooklyn Rivera: corpo em cativeiro e o luto no exílio
Por Berta Marson
Até onde o Estado controla a vida das e dos colonizados? Até que ponto o corpo das mulheres e dos povos é silenciado com uma traqueotomia que, literalmente, nos tira a voz, o ar e nos deixa em silêncio?
O Ta Upla(1) Brooklyn Rivera, líder da organização indígena YATAMA e do Povo Indígena Miskitu, apareceu — depois de ter sido arbitrariamente preso em 29 de setembro de 2023 — acamado em um leito de hospital. Seu corpo é um dos muitos territórios submetidos no continente. O Estado da Nicarágua, que uma vez prometeu uma revolução, colonizou literalmente a humanidade de Brooklyn Rivera: sob sua tutela em um leito hospitalar, o Estado decide se ele respira, se come e se vive.
A contradição fundante do sandinismo
A captura de Brooklyn Rivera não apenas mostra a repressão da família Ortega Murillo a suas opositoras e opositores. Revela uma contradição fundamental do sandinismo: é um regime que baseou sua luta histórica contra o imperialismo e se dizendo favorável à autonomia dos governos comunais da Costa Caribe da Nicarágua, por meio da pioneira Lei 28 de Autonomia na América Latina. No entanto, esse regime reproduz na prática, de maneira contínua, os mesmos métodos de repressão que denunciou. Porque o Estado nação é, em sua condição mais profunda, um projeto colonial — e esse projeto não altera sua natureza segundo a máscara ideológica que decida usar. Não importa se se denomina revolução ou restauração, libertação ou ordem: quando um Povo Indígena exige sua soberania, o Estado responde com os mesmos instrumentos que herdou da Colônia. Essa contradição não é recente: começa antes do triunfo da chamada revolução sandinista.

A origem do conflito do regime com Rivera se dá em sua participação no Fórum Permanente das Nações Unidas para as Questões Indígenas em Nova York, onde denunciou a invasão de colonos não indígenas em territórios originários na Nicarágua e a falta de resposta do Estado para proteger esses direitos. Sua perseguição se desencadeou precisamente por exercer a palavra soberana indígena diante de um fórum internacional. A partir desse momento, o Estado lhe negou a entrada no país. Desrespeitando as fronteiras impostas, Brooklyn Rivera entrou na Nicarágua a partir de seu território, que se estende até Honduras. Desde então foi detido e submetido a mais de dois anos de desaparecimento forçado, sem provas de vida.
A tentativa de desmantelar a estrutura política das Regiões Autônomas
O regime Ortega Murillo não se limitou a prender o corpo de Rivera. Sua suplente parlamentar, Nancy Elizabeth Henríquez James — também de origem Miskitu — foi detida. A colonização do corpo, por meio de sua captura, mostra como essa lógica repressiva colonial não trata de pessoas individuais, mas do desmantelamento da estrutura política — não apenas do Povo Miskitu, mas das Regiões Autônomas e dos governos comunitários da Costa Caribe — que lembram ao Estado nação o caráter opressor que reproduz como herança das invasões europeias ao continente.
O desaparecimento forçado de um líder indígena é uma mensagem brutal que gera terror em todas e todos que defendem o território, a autonomia e a vida. Mantém o povo e a família em um estado de luto permanente, sem condições objetivas de encerrar um ciclo de luto, em uma espera eterna por sinais de vida.
Quando quem oprime é quem prometeu a liberdade, a violência colonial adquire novas dimensões: tenta apagar a própria possibilidade da linguagem da resistência, pois o opressor já se apropriou das palavras. Aqueles grupos que se organizaram em nome da liberdade aprenderam muito bem o velho ofício colonial: não é preciso queimar o povo se você pode apagar a palavra de quem nomeia a luta. Mas calar um Povo nunca foi tão fácil quanto silenciar um homem.
O luto colonizado: a violência do exílio
Sua filha, Tininiska Rivera, tem batido em portas invisíveis ao longo de todos esses anos, pedindo apenas uma única prova de que seu pai ainda respira. Tininiska encarna o sofrimento no exílio de milhares de nicaraguenses desterradas e desterrados: uma ferida brutal que não aparece nos relatórios, a negação do direito de cuidar dos seus doentes e enterrar os seus mortos.
O luto colonizado que vivem as exiladas e os exilados não cabe em um documento. É a dor de saber – através de uma tela – que quem você ama está morrendo, com nove horas de diferença e um mar de distância imposto entre vocês pelo regime. Aqueles que prometeram liberdade — boas alunas e alunos do colonialismo — sabem muito bem que não é só o corpo que se rouba das vozes dissidentes. Também se rouba o rito, a cerimônia, o direito de lavar o corpo de seus mortos com as próprias mãos e de enterrá-los naquela terra que os conhece a eles e a você.
Para distintos povos do Abya Yala, cuja cosmovisão não separa os vivos dos mortos, morrer longe não é apenas uma tragédia pessoal: é uma ruptura cósmica com o território. A família fica partida em um lugar da alma que nenhum psicólogo do exílio sabe nomear. Essa ferida se vive em solidão.
Mas isso também o sabem os ditadores. Por isso o desterro não é apenas um castigo: é uma tentativa de quebrar você por dentro até se desintegrar. É uma maneira de dispersar a família, a memória, a resistência e a ancestralidade. Quem chora sozinha, em outra terra, ou em outro continente, não tem como organizar seu sofrimento. Mas cada exilada e exilado que chora seus mortos e vela seus doentes de longe carrega sua terra por dentro — em um lugar que o regime não pôde confiscar.

A morte que não apaga a raiz
O Ta Upla Brooklyn Rivera morreu. Na noite do dia 30 de maio de 2026, faleceu sob custódia da ditadura da Nicarágua, em uma cama de hospital que o Estado converteu em sua última cela. Seu nome se junta a uma lista que o regime Nicaraguense vem construindo com os corpos de quem se atreve a discordar: entre eles o general aposentado Hugo Torres – que em 1974 arriscou a própria vida para libertar o presidente Daniel Ortega das prisões da ditadura de Somoza – que morreria décadas depois encarcerado pelo mesmo Ortega; ou Humberto Ortega Saavedra – irmão do ditador – que antes de morrer, em prisão domiciliar, gravou um testemunho denunciando sua própria condenação por ter defendido publicamente eleições livres. Condenação executada por seu irmao consanguineo.
A repressão não termina com Brooklyn Rivera.
Brooklyn Rivera não é o único. Enquanto este artigo é escrito, o regime Nicaraguense Ortega-Murillo mantém em suas prisões dezenas de presas e presos políticos. Entre eles, oito líderes e guarda-florestais do povo Mayangna — autoridades comunitárias que defendiam seu território ancestral frente a invasões — condenados; alguns à prisão perpétua, submetidos a tortura física e psicológica e a quem é proibido falar sua língua dentro da prisão. A relatora especial da ONU documentou denúncias de violência física, tortura e agressões sexuais contra eles, sem que o regime respondesse. As famílias do preso político Víctor Boitano Coleman segue exigindo uma prova de vida dele, sem resposta, após 770 dias de desaparecimento forçado. Nancy Elizabeth Henríquez, indígena miskitu e deputada suplente do YATAMA — a mesma mulher que apareceu segurando a mão de Brooklyn Rivera em sua cama de hospital — cumpre hoje prisão domiciliar. É presa política, depois de ter sobrevivido quase trinta meses de encarceramento arbitrário.
A lista não se fecha. A repressão continua.
«Quiseram nos enterrar, mas não sabiam que éramos sementes.»
A luta pela autonomia da Costa Caribe não morre com Brooklyn Rivera porque é a luta de muitos povos — do povo Miskitu, dos povos Mayangna, Kriol, Rama, Garífuna e Ulwa, é também a luta de todas e todos aqueles que fazem governo a partir do comunitário. Essa luta não pôde ser silenciada por nenhuma traqueotomia, nenhuma cela e nenhum Estado colonial.
A luta está em Tininiska, que durante 971 dias manteve vivo o nome de seu pai quando o regime queria apagá-lo. Porque os mortos dos povos não são ausências — são sementes. São a memória que germina em quem permanece de pé, em quem segue nomeando o que o poder quer esquecer.
Porque um povo que recorda e nomeia seus mortos não pode ser derrotado. As raízes não se encarceram.
(1) Termo Miskitu que significa líder, ancião o autoridade máxima.
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Brooklyn Rivera: a body in captivity and grief in exile
By Berta Marson
How far does the State control the lives of the colonized? How far can the bodies of Women and Peoples be silenced by a tracheotomy that, literally, takes away our voice, our air, and leaves us in silence?
Ta Upla(1) Brooklyn Rivera, leader of the indigenous organization YATAMA and of the Miskitu Indigenous People, appeared —after having been arbitrarily arrested on September 29, 2023— bedridden in a hospital. His body is one of the many territories subjugated across the continent. The State of Nicaragua, which once promised a revolution, has literally colonized the humanity of Brooklyn Rivera: under its custody in a hospital bed, the State decides whether he breathes, whether he eats, whether he lives.
The founding contradiction of Sandinism
The capture of Brooklyn Rivera does not only reveal the repression of the Ortega Murillo family against their opponents. It lays bare a fundamental contradiction within Sandinism: a regime that grounded its historical struggle against imperialism and claims to support the autonomy of the governments of Nicaragua’s Caribbean Coast, through the pioneering Law 28 of Autonomy in Latin America. Yet this regime reproduces in practice, continuously, the very same methods of repression it once denounced. Because the nation-state is, in its deepest condition, a colonial project —and that project does not change its nature according to the ideological disguise it chooses to wear. It does not matter whether it calls itself revolution or restoration, liberation or order: when an Indigenous People demands its sovereignty, the State responds with the same instruments it inherited from the Colony. This contradiction is not recent: it begins before the triumph of the so-called Sandinista revolution.

The origin of the regime’s conflict with Rivera lies in his participation in the United Nations Permanent Forum on Indigenous Issues in New York, where he denounced the invasion of non-indigenous settlers into original territories in Nicaragua and the State’s failure to protect those rights. His persecution was triggered precisely by exercising sovereign indigenous speech before an international forum. From that moment on, the State denied him entry into the country. Defying the imposed borders, Brooklyn Rivera entered Nicaragua from his territory, which extends into Honduras. He was detained and subjected to more than two years of enforced disappearance, with no proof of life.
The attempt to dismantle the political structure of the Autonomous Regions
The Ortega Murillo regime did not limit itself to imprisoning Rivera’s body. His parliamentary alternate, Nancy Elizabeth Henríquez James —also of Miskitu origin— was detained. The colonization of the body, through their capture, reveals how this colonial repressive logic is not about individuals, but about the dismantling of the representative political structure —not only of the Miskitu people, but of the Autonomous Regions and the community governments of the Caribbean Coast— which remind the nation-state of the oppressive character it reproduces as an inheritance of the European invasions of the continent.
The enforced disappearance of an indigenous leader is a brutal message that generates terror in all those who defend territory, autonomy, and life. The people and the family are kept in a state of permanent grief, unable to close a cycle, in an eternal wait for signs of life.
When the oppressor is the one who promised freedom, colonial violence acquires new dimensions: it attempts to erase the very possibility of the language of resistance, since the oppressor has already appropriated its words. Those groups that organized in the name of freedom learned the old colonial craft very well: there is no need to burn a people if you can silence the voice of those who name the struggle. But silencing a People has never been as easy as silencing one man.
The colonized grief: the violence of exile
His daughter, Tininiska Rivera, has knocked on invisible doors throughout all these years, asking for just one single proof that her father is still breathing. Tininiska embodies the suffering in exile of thousands of displaced Nicaraguans: a brutal wound that does not appear in any report —the denial of the right to care for your sick and bury your dead.
The colonized grief lived by those in exile cannot fit in any document. It is the pain of knowing —through a screen— that the person you love is dying, nine hours away, with an ocean of distance imposed between you by the regime. Those who promised freedom —good students of colonialism— know very well that it is not only the body that is stolen from dissident voices. Also stolen are the ritual, the ceremony, the right to wash the bodies of your dead with your own hands and to bury them in the land that knows them and knows you.
For the many peoples of Abya Yala, whose worldview does not separate the living from the dead, dying far away is not only a personal tragedy: it is a cosmic rupture with the territory. The family is left broken in a place of the soul that no psychologist of exile knows how to name. This wound is carried in solitude.
But the dictators know this too. That is why exile is not only a punishment: it is an attempt to break you from within until you disintegrate. It is a way of dispersing the family, the memory, the resistance, and the ancestral ties. Whoever cries alone, in another land or another continent, has no way to organize their grief. But every person in exile who mourns their dead and watches over their sick from afar carries their homeland within —in a place the regime could not confiscate.

The death that does not extinguish the root
Ta Upla Brooklyn Rivera has died. On the night of May 30, 2026, he passed away under the custody of the Nicaraguan dictatorship, in a hospital bed that the State converted into his final cell. His name joins a list that the regime has been building with the bodies of those who dared to disagree: among them retired General Hugo Torres, who in 1974 risked his own life to free Daniel Ortega himself from the prisons of the Somoza dictatorship, and who decades later would die imprisoned by that same Ortega; and Humberto Ortega Saavedra, the dictator’s brother and Rosario Murillo’s brother-in-law, who before dying under house arrest managed to record a testimony denouncing his own sentence — carried out by his own blood — for having publicly advocated for free elections.
The repression does not end with Brooklyn Rivera.
Brooklyn Rivera is not the only one. As this article is being written, the Ortega Murillo regime keeps dozens of political prisoners in its jails. Among them, eight leaders and forest rangers of the Mayangna people — community authorities who defended their ancestral territory against invasions — some sentenced to life imprisonment, subjected to physical and psychological torture, and forbidden from speaking their own language inside prison. The UN Special Rapporteur documented reports of physical violence, torture and sexual assault against them, without any response from the regime. The family of political prisoner Víctor Boitano Coleman continues to demand proof of life, without response, after 770 days of enforced disappearance. Nancy Elizabeth Henríquez, a Miskitu indigenous woman and alternate member of parliament for YATAMA — the same woman who appeared holding Brooklyn Rivera’s hand in his hospital bed — is today under house arrest. She is a political prisoner, after having survived nearly thirty months of arbitrary detention.
The list does not close. The repression continues.
«They tried to bury us, but they didn’t know we were seeds.»
The struggle for the autonomy of the Caribbean Coast does not die with Brooklyn Rivera because it is the struggle of many peoples — of the Miskitu people, of the Mayangna, Kriol, Rama, Garífuna and Ulwa peoples, and of all those who govern from the community. This struggle has not been silenced by any tracheotomy, any cell, or any colonial State.
The struggle lives in Tininiska, who for 971 days kept her father’s name alive when the regime wanted to erase it. Because the dead of the peoples are not absences — they are seeds. They are the memory that germinates in those who remain standing, in those who keep naming what power wants to forget.
Because a people that remembers and names its dead cannot be defeated. The roots cannot be imprisoned.
(1) Miskitu term referring to leader, elder, or highest authority.


