
Arte: Angie Rua
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Por Angie Contreras, Angie Rúa Cadavid, Cindy Potes, Leidis Buelvas, Daniela Serna, Nelly Solarte, Eliana Muñoz, Diana Toloza, Lina Marcela Moncada Arenas, Kelly Sanguino, Maria Montaña y Amanda Martínez.
Esperanza tiene diecisiete años. Está embarazada, y desde ese momento su familia la presiona para que se case con el padre del bebé. Ella no quiere. Pero todavía no sabe que tiene derecho a no querer.
Se siente confundida. No sabe cómo enfrentar a su familia, no sabe a quién acudir. Desde niña escuchó que ser madre era lo mejor que le podía pasar a una mujer, pero nunca sintió esa emoción que todas daban por hecho. Ahora ese silencio interior pesa tanto que la hace sentir vergüenza de sí misma.
A su alrededor, todas y todos opinan. Deciden sobre su cuerpo, y dicen:
—«Lo correcto es que se case.» «Esa criatura necesita un apellido.» «Una mujer sola la pasa muy duro.»
Nadie la escucha. Nadie le pregunta. Empieza a sentir que su vida no le pertenece, que su cuerpo es un territorio donde otras personas trazan fronteras. Y se debate entre dos caminos: callar para volver a pertenecer, o elegirse a sí misma.
Las preguntas la persiguen de noche. ¿Debía continuar el embarazo? ¿Y si no quería? ¿Quién podría ayudarle? ¿Cómo sostener otra vida cuando apenas se es joven, cuando a duras penas alcanza para ella y sus hermanas? Había escuchado historias de mujeres que arriesgaron la vida buscando decidir en silencio; había escuchado también que eso era un castigo merecido. El miedo y la desinformación se le enredaban en el pecho.
Esperanza seguía sin saber qué camino tomar.
Pero no estaba tan sola como creía. Habló con sus amigas y les contó lo que sentía. Ellas, sin saber muy bien qué hacer, recordaron a una maestra de quien se decía, en voz baja, casi como advertencia, que era feminista. Ninguna entendía del todo esa palabra; en sus casas la pronunciaban como algo malo. Pero algo en su intuición les dijo que ahí podía haber una mano tendida.
La maestra no le dijo qué hacer. La orientó hacia algo más valioso: buscar compañía fuera del círculo que la juzgaba. La acercó hacia una psicóloga, una mujer que sabía escuchar, alguien que no la criminalizara y que pudiera acompañarla a decidir con información y sin miedo.
Por primera vez en mucho tiempo, alguien la escuchó sin juzgarla. La ayudó a nombrar sus emociones, a reconocer sus miedos, a informarse sobre las opciones reales que tenía. ¿Habría algo más liberador que la escucha, la compañía y la posibilidad de elegirse, en medio de todo lo que otros ya habían decidido por ella?
En ese proceso, Esperanza recuperó algo que había olvidado: su voz también importaba. Comprendió que cualquier decisión debía nacer de sus creencias, sus sueños y su proyecto de vida, no de las expectativas ajenas.
Los días siguientes no fueron fáciles. Aunque ya tenía un espacio seguro para pensar y sentir, las presiones continuaban. Su madre insistía en que casarse era «lo correcto», ella nunca había conocido otra vida posible, ni siquiera en medio de lo que soportó en silencio. Parecía que todas las personas tenían derecho a opinar sobre los cuerpos ajenos, menos las mujeres sobre el propio.
Pero una tarde, mirando a su alrededor, Esperanza recordó los sueños que había tenido desde niña: aprender un oficio, seguir estudiando, construir un futuro que le permitiera sostener a los suyos. Durante meses había sentido que el embarazo borraba todas esas posibilidades. Ahora empezaba a entender que su historia no terminaba allí.
Poco a poco reconoció los apoyos a su alcance: personas de confianza, programas comunitarios, oportunidades. Por primera vez, el futuro dejó de parecer un camino cerrado y comenzó a verse como una serie de decisiones que podía tomar, paso a paso.
Lo que Esperanza tiene derecho a saber
Porque Esperanza tiene derecho a decidir. Y eso lo cambia todo. ¿Cuántas otras no pudieron hacerlo antes?
A los diecisiete años, en Colombia, se es menor de edad. Pero la ley no la deja sin voz: la protege y le reconoce un lugar en su propio caso. Estos son los derechos que puede hacer valer:
Derecho a decidir sobre su cuerpo. Nadie, ni su familia, ni el padre del bebé, puede obligarla a casarse. El matrimonio forzado es ilegal en Colombia.
Derecho a la educación sexual integral. Tiene derecho a información clara y sin juicios sobre el embarazo, el parto, los métodos anticonceptivos y todas las opciones disponibles.
Derecho a la salud. Acceso gratuito a atención médica durante el embarazo, el parto y el posparto. La EPS (Entidad Promotora de Salud), el SISBÉN (Sistema de Identificación de Potenciales Beneficiarios de Programas Sociales) y los hospitales públicos están obligados a atenderla, tenga o no afiliación.
Derecho a continuar estudiando. No la pueden expulsar del colegio por estar embarazada. Las leyes 1620 y 1098 la protegen.
Derecho a vivir libre de violencia. La presión familiar para casarla constituye violencia psicológica y económica. El ICBF (Instituto Colombiano de Bienestar Familiar) y la Comisaría de Familia deben protegerla.
Cómo puede ejercer esos derechos
Buscar atención en salud. Acudir al puesto de salud u hospital más cercano y pedir control prenatal. Es confidencial. La atienden aunque no tenga EPS.
Pedir acompañamiento legal o psicosocial. El ICBF atiende estos casos de forma gratuita, las 24 horas, cuando hay menores de edad involucradas. Le explican sus derechos, la acompañan frente a la presión familiar y pueden activar medidas de protección.
Acudir a la Comisaría de Familia. Puede denunciar si hay amenazas, golpes o presión para casarla. La Comisaría dicta medidas de protección: que no la obliguen, que la dejen estudiar.
Buscar la Personería Municipal. Defiende y asesora gratuitamente a las personas de la comunidad.
Sobre el matrimonio. Desde 2022, en Colombia está prohibido el matrimonio de menores de 18 años, incluso con permiso de los padres. Obligar a una menor a casarse es un delito. Esperanza puede negarse y pedir ayuda al ICBF o a la policía.
Sobre estudiar. Si el colegio pone trabas, la rectoría debe activar la ruta de atención. Esperanza puede seguir estudiando con horarios flexibles. Es su derecho.
Lo que Esperanza no debe olvidar
Su autonomía vale. Ser mamá joven es una opción, no una obligación. Casarse, tampoco. Su proyecto de vida importa.
Tiene derecho a pedir ayuda sin que la juzguen. Puede hablar con una persona de confianza: una enfermera, una lideresa, otra mujer, un familiar, una maestra —alguien de su comunidad o su territorio.
Tiene un futuro por construir. Si decide ser mamá, tiene derecho a los apoyos del Estado: atención psicosocial, programas para madres jóvenes. El Estado está obligado a protegerla, viva donde viva.
Y no está sola. En su territorio hay muchas organizaciones que acompañan a mujeres jóvenes: la Ruta Pacífica, la Casa de la Mujer, el ICBF regional.
Más allá de cuál fuese su decisión, lo más importante fue que Esperanza volvió a sentirse dueña de su vida y de su futuro.
Con el tiempo, comprendió que aquello que había aprendido desde pequeña, en su familia, en su comunidad, no era la única forma posible de habitar el mundo. Entendió que podía preguntar, informarse, replantear las ideas que durante tanto tiempo le habían sido presentadas como las únicas maneras de ser mujer.
Para ella fue el inicio de un nuevo amanecer. Reconoció que aquello que su madre intentaba imponerle, el matrimonio como único destino, había sido también la vida de su madre y de sus abuelas, muchas veces vivida desde la obligación y no desde la elección. Y reconoció que otras jóvenes, como ella, seguían enfrentando lo mismo sin la información ni el acompañamiento para decidir sobre sus vidas y sus cuerpas.
A partir de esa reflexión, tomó una decisión: quería criar en un entorno donde el valor de la autonomía, el respeto y la dignidad no fueran la excepción sino el aire que se respira. Quería una vida, la suya, la de quienes vinieran después, donde amar y ser fuera siempre desde el consentimiento, la igualdad y la libertad.
El eco de una voz
Motivada por ese propósito, Esperanza empezó a impulsar círculos de escucha en su comunidad. Al principio llegaban solo unas pocas: jóvenes, madres, abuelas y algunas niñas curiosas que escuchaban en silencio desde las esquinas. Con el tiempo, esos encuentros se convirtieron en espacios seguros donde podía hablarse de aquello que durante años había permanecido oculto por el miedo, la vergüenza o la costumbre.
Una tarde llegó Mariana, una joven de dieciséis años que había dejado la escuela porque en su casa consideraban que ya era momento de dedicarse solo a las labores del hogar. Escuchando las historias de las demás, comprendió que sus sueños también tenían valor. Por primera vez se atrevió a decir en voz alta que quería terminar sus estudios y convertirse en enfermera.
Esperanza la escuchó con atención. Recordó a la joven confundida y temerosa que ella misma había sido. Y entendió que su historia no había terminado cuando decidió sobre su embarazo; en realidad, apenas comenzaba.
Juntas buscaron información, hablaron con maestras y líderes comunitarios, y poco a poco Mariana volvió a la escuela. Su caso inspiró a otras jóvenes que también habían dejado de estudiar. Lo que empezó como una conversación entre mujeres se transformó en una red de apoyo que fortalecía a toda la comunidad.
Con los años, Esperanza se volvió una referente en su territorio. No porque tuviera todas las respuestas, sino porque aprendió el valor de escuchar y acompañar. Comprendió que la transformación no ocurre de un día para otro: nace en los pequeños actos de valentía, en las preguntas que desafían las costumbres injustas, en las decisiones que permiten a cada quien construir su propio proyecto de vida.
A su alrededor creció una generación que aprendió, casi sin darse cuenta, que las mujeres tienen derecho a decidir sobre sus cuerpos, sus sueños y su futuro. Que el respeto y la igualdad son cosas que se construyen todos los días.
Una mañana, mirando a las jóvenes reunidas bajo un árbol, compartiendo ideas y proyectos, Esperanza sonrió. Aquella muchacha que alguna vez se creyó sola ahora veía una comunidad más fuerte, más informada, más libre.
Y comprendió algo esencial: cuando una mujer encuentra su voz, puede cambiar su propia historia. Pero cuando muchas mujeres encuentran su voz juntas, pueden cambiar el futuro de toda una comunidad.
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ESPERANZA: Uma história colectiva entre Mulheres
Por Angie Contreras, Angie Rúa Cadavid, Cindy Potes, Leidis Buelvas, Daniela Serna, Nelly Solarte, Eliana Muñoz, Diana Toloza, Lina Marcela Moncada Arenas, Kelly Sanguino, Maria Montaña e Amanda Martínez.
Tradução ao português por Helena Silvestre
Esperanza tem dezessete anos. Está grávida e, desde então, sua família a pressiona para que se case com o pai do bebê. Ela não quer. Mas ainda não sabe que tem o direito de não querer.
Se sente confusa. Não sabe como enfrentar sua família, não sabe a quem recorrer. Desde criança ouviu que ser mãe era o melhor que podia acontecer a uma mulher, mas nunca sentiu essa emoção que todos davam por certa. Agora esse silêncio por dentro pesa tanto que a faz sentir vergonha de si mesma.
Ao seu redor, todos e todas opinam. Decidem sobre seu corpo, e dizem:
— «O correto é que se case.» «Essa criança precisa de um sobrenome.» «Uma mulher sozinha passa maus bocados.»
Ninguém a escuta. Ninguém lhe pergunta nada. Ela começa a sentir que sua vida não lhe pertence, que seu corpo é um território onde outras pessoas traçam fronteiras. Ela se debate entre dois caminhos: calar para voltar a pertencer ou escolher a si mesma.
As perguntas a perseguem até de noite. Deveria continuar a gravidez? E se não quisesse? Quem poderia ajudá-la? Como sustentar outra vida quando ainda se é tão jovem, quando a duras penas alcança sustentar apenas a si mesma e suas irmãs? Já tinha ouvido histórias de mulheres que arriscaram a vida buscando decidir em silêncio; tinha ouvido também que isso era um castigo merecido. O medo e a desinformação se emaranhavam no seu peito.
Esperanza seguia sem saber que caminho tomar.
Mas não estava tão sozinha quanto acreditava. Falou com suas amigas e contou o que sentia. Elas, sem saber muito bem o que fazer, recordaram de uma professora – uma de quem se dizia em voz baixa, quase como advertência, que era feminista. Nenhuma delas entendia completamente essa palavra; em suas casas a pronunciavam como algo ruim. Mas algo em sua intuição lhes disse que ali poderia haver uma mão estendida.
A professora não lhe disse o que fazer, mas a orientou para algo mais valioso: buscar companhia fora do círculo que a julgava. A aproximou de uma psicóloga, uma mulher que sabia escutar, alguém que não a criminalizaria e que pudesse acompanhá-la a decidir com informação e sem medo.
Pela primeira vez em muito tempo, alguém a escutou sem julgá-la. Ajudou-a a nomear suas emoções, a reconhecer seus medos, a se informar sobre as opções reais que tinha. Haveria algo mais libertador que a escuta, a companhia e a possibilidade de escolher a si mesma, em meio a tudo que outros já haviam decidido por ela?
Nesse processo, Esperanza recuperou algo que havia esquecido: sua voz também importava. Compreendeu que qualquer decisão deveria nascer de suas crenças, seus sonhos e seu projeto de vida, não das expectativas alheias.
Os dias seguintes não foram fáceis. Embora já tivesse um espaço seguro para pensar e sentir, as pressões continuavam. Sua mãe insistia que se casar era «o correto», ela nunca havia conhecido outra vida possível, nem sequer em meio ao que suportou em silêncio. Parecia que todas as pessoas tinham direito a opinar sobre corpos alheios, menos as mulheres sobre o próprio.
Mas uma tarde, olhando ao seu redor, Esperanza lembrou dos sonhos que mantinha desde criança: aprender um ofício, continuar estudando, construir um futuro que lhe permitisse sustentar os seus. Durante meses havia sentido que a gravidez apagava todas essas possibilidades. Agora começava a entender que sua história não terminava ali.
Pouco a pouco reconheceu os apoios ao seu alcance: pessoas de confiança, programas comunitários, oportunidades. Pela primeira vez, o futuro deixou de parecer um caminho fechado e passou a desenhar-se como uma série de decisões que podia tomar, passo a passo.
O que Esperanza tem direito a saber
Porque Esperanza tem direito a decidir. E isso muda tudo. Quantas outras não puderam decidir antes?
Aos dezessete anos, na Colômbia, uma pessoa é menor de idade. Mas a lei não a deixa sem voz: a protege e lhe garante um lugar em seu próprio caso. Estes são os direitos que pode fazer valer:
Direito a decidir sobre seu corpo. Ninguém, nem sua família, nem o pai do bebê, pode obrigá-la a se casar. O casamento forçado é ilegal na Colômbia.
Direito à educação sexual integral. Tem direito a informação clara e sem julgamentos sobre a gravidez, o parto, os métodos contraceptivos e todas as opções disponíveis.
Direito à saúde. Acesso gratuito a atendimento médico durante a gravidez, o parto e o pós-parto. A EPS (Entidade Promotora de Saúde), o SISBÉN (Sistema de Identificação de Beneficiários Potenciais de Programas Sociais) e os hospitais públicos estão obrigados a atendê-la, tenha ou não filiação. (amiga, filiação, neste caso, significa dizer que ela deve ser atendida mesmo sem a presença dos pais ou adultos responsáveis?)
Direito a continuar estudando. Não podem expulsá-la da escola por estar grávida. As leis 1620 e 1098 a protegem.
Direito a viver livre de violência. A pressão familiar para casá-la constitui violência psicológica e econômica. O ICBF (Instituto Colombiano de Bem-estar Familiar) e a Comisaría de Família devem protegê-la.
Como pode exercer esses direitos
Buscar atendimento em saúde. Procurar o posto de saúde ou hospital mais próximo e pedir acompanhamento pré-natal. É confidencial. A atendem mesmo que não tenha EPS.
Pedir acompanhamento legal ou psicossocial. O ICBF atende estes casos de forma gratuita, 24 horas, quando há menores de idade envolvidas. Explicam seus direitos, a acompanham frente à pressão familiar e podem ativar medidas de proteção.
Procurar a Comisaría de Família (1). Pode denunciar se há ameaças, agressões ou pressão para casá-la. A Comisaría dita medidas de proteção: que não a obriguem, que a deixem estudar.
Buscar a Personeria Municipal (2). Defende e assessora gratuitamente as pessoas da comunidade.
Sobre o casamento. Desde 2022, na Colômbia está proibido o casamento de menores de 18 anos, inclusive com permissão dos pais. Obrigar uma menor a se casar é um delito. Esperanza pode se recusar e pedir ajuda ao ICBF ou à polícia.
Sobre estudar. Se a escola põe obstáculos, a reitoria deve ativar a rota de atendimento. Esperanza pode continuar estudando com horários flexíveis. É seu direito.
O que Esperanza não deve esquecer
Sua autonomia vale. Ser mãe jovem é uma opção, não uma obrigação. Se casar, também não. Seu projeto de vida importa.
Tem direito a pedir ajuda sem que a julguem. Pode falar com uma pessoa de confiança: uma enfermeira, uma liderança comunitária, outra mulher, um familiar, uma professora — alguém de sua comunidade ou seu território.
Tem um futuro a construir. Se decidir ser mãe, tem direito aos auxílios do Estado: atendimento psicossocial, programas para mães jovens. O Estado está obrigado a protegê-la, onde quer que viva.
E não está sozinha. Em seu território há muitas organizações que acompanham mulheres jovens: exemplos são a Ruta Pacífica, a Casa da Mulher, o ICBF regional.
Independente de qual seja sua decisão, o mais importante foi que Esperanza voltou a se sentir dona de sua vida e de seu futuro.
Com o tempo, compreendeu que aquilo que havia aprendido desde pequena, em sua família, em sua comunidade, não era a única forma possível de habitar o mundo. Entendeu que podia perguntar, se informar, repensar as ideias que durante tanto tempo lhe haviam sido apresentadas como as únicas maneiras de ser mulher.
Para ela foi o início de um novo amanhecer. Reconheceu que aquilo que sua mãe tentava lhe impor, o casamento como único destino, havia sido também a vida de sua mãe e de suas avós, muitas vezes vivida desde a obrigação e não desde a escolha. E reconheceu que outras jovens, como ela, seguiam enfrentando o mesmo destino sem a informação nem o acompanhamento para decidir sobre suas vidas e suas corpas.
A partir dessa reflexão, tomou uma decisão: queria criar em um ambiente onde o valor da autonomia, o respeito e a dignidade não fossem a exceção mas o ar que se respira. Queria uma vida, a sua, a de quem viesse depois, em que amar e existir fosse sempre a partir do consentimento, da igualdade e da liberdade.
O eco de uma voz
Motivada por esse propósito, Esperanza começou a impulsionar círculos de escuta em sua comunidade. No princípio chegavam apenas algumas: jovens, mães, avós e algumas meninas curiosas que escutavam em silêncio das esquinas. Com o tempo, esses encontros se tornaram espaços seguros onde se podia falar daquilo que durante anos havia permanecido oculto pelo medo, pela vergonha ou pelo costume.
Uma tarde chegou Mariana, uma jovem de dezesseis anos que havia deixado a escola porque em sua casa consideravam que já era hora de se dedicar apenas aos afazeres do lar. Escutando as histórias das demais, compreendeu que seus sonhos também tinham valor. Pela primeira vez se atreveu a dizer em voz alta que queria terminar seus estudos e se tornar enfermeira.
Esperanza a escutou com atenção. Recordou da jovem confusa e assustada que ela mesma havia sido. E entendeu que sua história não havia terminado quando decidiu sobre sua gravidez; na verdade, apenas começava.
Juntas buscaram informação, falaram com professoras e lideranças comunitárias, e pouco a pouco Mariana voltou à escola. Seu caso inspirou outras jovens que também haviam deixado de estudar. O que começou como uma conversa entre mulheres se transformou em uma rede de apoio que fortalecia toda a comunidade.
Com o passar dos anos, Esperanza se tornou uma referência em seu território. Não porque tivesse todas as respostas, mas porque aprendeu o valor de escutar e acompanhar. Compreendeu que a transformação não acontece de um dia para o outro: nasce nos pequenos atos de coragem, nas perguntas que desafiam os costumes injustos, nas decisões que permitem a cada um construir seu próprio projeto de vida.
Ao seu redor cresceu uma geração que aprendeu, quase sem se dar conta, que as mulheres têm direito a decidir sobre seus corpos, seus sonhos e seu futuro. Que o respeito e a igualdade são coisas que se constroem todos os dias.
Uma manhã, olhando para as jovens reunidas debaixo de uma árvore, compartilhando ideias e projetos, Esperanza sorriu. Aquela adolescente que uma vez se viu sozinha agora enxergava uma comunidade mais forte, mais informada, mais livre.
E compreendeu algo essencial: quando uma mulher encontra sua voz, pode mudar sua própria história. Mas quando muitas mulheres encontram suas vozes juntas, podem mudar o futuro de toda uma comunidade.
(1) Entidade pública que previne, protege, garante e restabelece os direitos das pessoas em risco ou vítimas de violência intrafamiliar e de gênero.
(2) Espécie de Ministério Público.
** Esta historia fue escrita por Mujeres que participaron del Diplomado Superior en Garantías de Derechos de las Mujeres de la Escuela Policarpas: Proceso de formación para mujeres populares del cambio en Colombia.
** Esta história foi escrita por Mulheres que participaram do Diplomado Superior em Garantias de Direitos das Mulheres da Escola Policarpas: Processo de formação para mulheres populares da mudança na Colômbia


