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Raquel Ortega

Hace unos años llegué a la capital del estado de Veracruz. Para ser honesta, nunca me imaginé que mi vida iba a cambiar tanto; después del primer año de vivir en “la ciudad de las flores” empecé a distanciarme de la iglesia cristiana y de todos aquellos que pertenecían a esta comunidad. El proceso de desapego fue bastante fuerte, pues la iglesia significaba todo para mí, era mi lugar favorito, disfrutaba pasar el tiempo allí. Sin embargo, yo empecé a cuestionarme varias cosas que ahí se hacían, decían o imponían, todo eso aunado al hecho de conversar con una amiga muy querida para mí que fue violentada dentro de esta comunidad.

Sé que puede sonar algo disparatado para muchos cristianos hablar de violencia dentro de espacios como la Iglesia, pues usualmente se piensa, “¿quién podría agredirte en un lugar donde todos aman y buscan agradar a Dios?”. Y sí, suena bastante ilógico que exista violencia ahí, pero tras las puertas de muchos de esos sitios también ocurren cosas horribles.  Lo terminé de confirmar el día que escuché a mi amiga contarme su experiencia.

Hace unos años ella estuvo muy cerca del liderazgo de la comunidad a la que ambas pertenecíamos, participaba activamente en todo lo que se programara y tenía la confianza de todos los que conformaban ese equipo. Incluso ella tenía una relación de amistad con varios líderes, incluyendo al pastor principal, a quien veía como un padre. En una ocasión la pastora salió del país, así que el pastor se quedó con la hija que tenían. Durante ese tiempo él recibió apoyo de mi amiga para cuidar a su hija y seguir haciendo actividades dentro de la iglesia. En una de tantas ocasiones este hombre comenzó a hacer chistes agresivos, a realizar comentarios que la incomodaban. Todo eso la puso a pensar; sin embargo, no hallaba la manera de ponerle freno a la situación. Simplemente oraba y le pedía a Dios que no le permitiera ser piedra de tropiezo para el pastor. La incomodidad pronto se convirtió en culpa. 

Cuando los demás líderes de la iglesia se dieron por enterados empezaron a convencerla de que ella era la única responsable de la situación, que era mejor alejarse, incluso irse de la comunidad. Todo esto llegó a lastimarla y a hacerla sentir muy insegura. Tiempo después ella comenzó a alejarse de todas esas personas, inclusive dejó de formar parte de ese equipo de trabajo; se deslindó de las actividades del sitio y tomó la decisión de abandonar la congregación. Mi amiga eligió callar lo que vivió por querer cubrir la imagen del pastor; tomó como ejemplo el relato de los hijos de Noé que cubrieron la desnudez de su padre.

Todavía recuerdo su mirada cuando me habló de esto, estaba furiosa, lágrimas se escurrían de sus ojos y con rabia apretaba sus dientes. Cuando terminó de narrarme su experiencia, no pude evitar sentirme airada, decepcionada, asqueada y triste. La abracé y le brindé mi comprensión, apoyo y cariño. Al volver a casa no podía dejar de pensar en lo que pasó y en lo mucho que calló, lo cual me llevó a pensar que seguramente más mujeres han sufrido acoso y otros tipos de violencias en el interior de las distintas comunidades cristianas.

[…]

En agosto de este año hubo varias marchas feministas en distintos estados del país.  Con el hashtag #Nomecuidanmeviolan las mujeres salimos a pedir justicia por el caso de una menor de edad que había señalado como violadores a cuatro policías en Azcapotzalco. Las manifestaciones se caracterizaron por el uso de diamantina rosa, pues la convocatoria exhortaba a rociar las calles con ésta. Aunque ese día hubo distintas marchas, la que más impacto tuvo fue la realizada en Ciudad de México. Las redes sociales y los medios de comunicación hablaron sobre el tema durante ese fin de semana. Los muros de la ciudad y el Ángel de la Independencia reflejaron el hartazgo, la rabia y la fuerza de las mujeres unidas. 

En Xalapa también se realizó una manifestación y muchas salimos a brindar apoyo a las compañeras de Ciudad de México. Al regresar a casa no pude evitar pensar en las calles llenas de diamantina, en lo brillantes que se veían. De pronto, recordé la historia de mi amiga, su dolor, su rabia y su silencio. Y entonces pensé que no sólo las calles de las ciudades debían tener diamantina, sino también los espacios donde se ejerce la violencia en todas sus formas. En este caso dentro de las iglesias.

Así que hoy elijo esparcir diamantina en las iglesias, en los púlpitos, en las plataformas, auditorios, salones, oficinas y demás espacios. Hoy rocío esos lugares por las mujeres que no pueden hacerlo o por aquellas que viven invisibilizadas, silenciadas o amenazadas; por las que han apagado su voz, por las que no han notado la violencia que sufren, por las que son conscientes pero prefieren callar por miedo o culpa. 

Los altares brillan hoy. Brillan pero no por la adoración que los congregantes dirigen a Dios, sino evidenciando las violencias que cada día sufren las mujeres, las pastoras, las que son líderes, las maestras de grupos de mujeres, las que tocan un instrumento o cantan, las que mueven un pandero o danzan moviendo sus manos, las secretarias, las que sirven como maestras de niños, las que están en las cafeterías o librerías, las encargadas de la limpieza, las niñas e incluso las mujeres que no prestan ningún servicio a la comunidad y son juzgadas por ello. 

Hoy la diamantina también exhibe estos espacios. La diamantada es por todas: por las que fueron violadas, acosadas, juzgadas, humilladas, rechazadas, insultadas, culpadas, calumniadas, para las discriminadas, silenciadas, tocadas, abusadas y excluidas de cualquier actividad o reunión. El brillo cubre todas las iglesias, incluso las que no son cristianas. Es momento de aventar diamantina por mi amiga, por su dolor, por su impotencia y la culpa que alguna vez sintió. Hoy clamo por justicia para todas aquellas que un día confiaron en líderes, pastores o demás hombres y fueron traicionadas, defraudadas y menospreciadas. 

La diamantina también expone a todas esas figuras de autoridad, a los que se aprovechan de la necesidad que sufren las mujeres y demás personas que se congregan en las iglesias. A los que justifican sus acciones diciendo que Dios es quien los guía, aquellos que se jactan de ser muy espirituales y correctos, pero en realidad están perpetuando la violencia desde los púlpitos, a todos los que fingen un interés por las almas pero sólo quieren enriquecer sus bolsillos, por lo que han cerrado la puerta de sus oficinas para dar una supuesta consejería pero en realidad están intimidando, acosando, manipulando y amenazando. 

Hoy mi voz puede ser juzgada, considerada como calumnia, criticada e incluso apagada. Pero lo que no se puede apagar es el fuego que arde en el interior de todas aquellas que día a día luchamos por erradicar las violencias que atraviesan nuestros cuerpos y almas. Las mujeres cristianas sí tienen voz, sí luchan, sí son importantes, sí tienen una fe inquebrantable y son capaces de ocupar puestos altos y de renombre en las iglesias ¡Justicia para todas! Que el brillo que reluzca en las iglesias no sea sólo en sentido metafórico de alabanza y adoración, sino también la representación de la violencia que día a día debe ser erradicada.

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Imagen: Amanda Martínez

O brilho do altar


Raquel Ortega

Tradução: Karen Amaral

Há alguns anos cheguei à capital do estado de Veracruz. Para ser sincera, nunca imaginei que minha vida mudaria tanto, após o primeiro ano de vida na “cidade das flores”, comecei a me distanciar da igreja cristã e de todos os que pertenciam a essa comunidade. O processo de desapego foi bastante intenso, porque a igreja significava tudo para mim, era o meu lugar favorito, eu gostava de passar meu tempo lá. No entanto, comecei a questionar várias coisas que eram feitas, ditas ou impostas pela igreja, tudo isso associado ao fato de conversar com uma querida amiga que havia sido violentada dentro dessa comunidade.

Sei que pode parecer um pouco louco para muitos cristãos falar sobre violência em espaços como a Igreja, porque eles geralmente pensam: «Quem poderia atacar você em um lugar onde todos amam e procuram agradar a Deus?». E sim, parece bastante ilógico que haja violência neste espaço, mas coisas horríveis acontecem atrás das portas de muitos desses lugares. Terminei de confirmar isso no dia em que ouvi minha amiga me contar sobre sua experiência.

Há alguns anos, ela estava muito próxima da liderança da comunidade à qual nós duas pertenciamos, participava ativamente de tudo o que estava programado e tinha a confiança de todos aqueles que formavam parte dessa equipe. Inclusive, ela mantinha um relacionamento amigável com vários líderes, incluindo o pastor sênior, a quem via como um pai. Em certa ocasião, a pastora deixou o país, então o pastor ficou com a filha que os dois tinham. Durante esse período, ele recebeu apoio de minha amiga para cuidar de sua filha para poder continuar fazendo atividades dentro da igreja. Em uma de muitas ocasiões, esse homem começou a fazer piadas agressivas e comentários que a incomodavam. Tudo isso a fez pensar; no entanto, ela não conseguia encontrar uma maneira de conter a situação. Ela simplesmente orava e pedia a Deus que não permitisse que ela fosse uma pedra no caminho para o pastor. O desconforto logo se tornou culpa.

Quando os outros líderes da igreja se deram conta, começaram a tentar convencê-la de que ela era a única responsável pela situação, que era melhor fugir, até mesmo deixar a comunidade. Tudo isso a machucou e a fez sentir-se muito insegura. Algum tempo depois, ela começou a se afastar de todas essas pessoas, até deixou de fazer parte dessa equipe de trabalho, retirou-se das atividades do local e tomou a decisão de deixar a congregação. Minha amiga escolheu silenciar o que havia vivido por querer cobrir a imagem do pastor; tomou como exemplo a história dos filhos de Noé, que cobriram a nudez de seu pai.

Ainda me lembro de seu olhar quando me contou essa história, ela estava furiosa, lágrimas escorriam de seus olhos e ela apertava os dentes com raiva. Quando ela terminou de me contar sua experiência, eu não pude deixar de sentir raiva, decepção, nojo e tristeza. Abracei-a e dei-lhe minha compreensão, apoio e amor. Enquanto voltava para casa não conseguia parar de pensar sobre tudo o que ela tinha passado e o silêncio que havia mantido, o que me levou a pensar que certamente mais mulheres sofreram assédio e outros tipos de violência nas diferentes comunidades cristãs.

[…]

Em agosto deste ano, houve várias marchas feministas em diferentes estados do país. Com a hashtag #Nomecuidanmeviolan, as mulheres saíram para pedir justiça no caso de uma menor que identificou quatro policiais em Azcapotzalco como estupradores. As manifestações foram caracterizadas pelo uso do glitter rosa, porque a chamada instou a pulverizar as ruas com ele. Embora houvessem marchas diferentes naquele dia, a que teve maior impacto foi a da Cidade do México. As redes sociais e a mídia falaram sobre o assunto durante o final de semana. Os muros da cidade e o Anjo da Independência refletiam o cansaço, a raiva e a força das mulheres unidas.

Também houve uma manifestação em Xalapa e muitas de nós saímos para apoiar as companheiras da Cidade do México. Quando voltei para casa, não pude deixar de pensar no brilho das ruas cheias de glitter.. De repente, lembrei-me da história de minha amiga, sua dor, sua raiva e seu silêncio. E então pensei que não apenas as ruas das cidades deveriam ter glitter, mas também os espaços onde a violência é exercida em todas as suas formas. Neste caso dentro das igrejas.

Então hoje escolho espalhar glitter nas igrejas, nos púlpitos, nas plataformas, auditórios, salões, escritórios e outros espaços. Hoje pulverizo esses lugares para as mulheres que não podem fazê-lo ou para aquelas que vivem invisibilizadas, silenciadas ou ameaçadas; por aqueles que foram caladas, por aquelas que não percebem a violência que sofrem e por aquelas que estão cientes, mas preferem silenciar por medo ou culpa.

Hoje os altares brilham. Eles brilham, mas não por causa da adoração que os congregantes dirigem a Deus, mas em demonstração da violência que as mulheres sofrem todos os dias, as pastoras, as líderes, as professores de grupos de mulheres, as que tocam um instrumento ou cantam, as que tocam pandeiro ou dançam movendo as mãos, as secretárias, as que servem como professoras de crianças, as das cafeterias ou livrarias, as encarregadas da limpeza, as meninas e até as mulheres que não prestam nenhum serviço à comunidade e são julgadas por isso.

Hoje o glitter também exibe esses espaços. O glitter é para todas: para aquelas que foram estupradas, perseguidas, julgadas, humilhadas, rejeitadas, insultadas, culpadas, difamadas, pelas discriminadas, silenciadas, tocadas, abusadas e excluídas de qualquer atividade ou reunião. O brilho cobre todas as igrejas, mesmo aquelas que não são cristãs. É hora de jogar glitter para minha amiga, para sua dor, para seu desamparo e a culpa que ela já sentiu. Hoje peço justiça a todos aquelas que confiaram em líderes, pastores ou outros homens e foram traídas, decepcionadas e menosprezadas.

O glitter também expõe todas essas figuras de autoridade, àqueles que se aproveitam da necessidade sofrida por mulheres e outras pessoas que se reúnem nas igrejas. Para aqueles que justificam suas ações dizendo que Deus é quem os guia, aqueles que se gabam de serem muito espirituais e corretos, mas na realidade estão perpetuando a violência dos púlpitos, para todos que fingem interesse pelas almas, mas querem apenas enriquecer seus bolsos, eles fecham a porta de seus escritórios para dar um suposto aconselhamento, mas na realidade eles são intimidadores, assediadores, manipuladores e ameaçadores.

Hoje minha voz pode ser julgada, considerada como calúnia, criticada e até apagada. Mas o que não pode ser extinto é o fogo que queima dentro de todas aquelas que todos os dias lutam para erradicar a violência que atravessa nossos corpos e almas. As mulheres cristãs têm voz, lutam, são importantes, têm uma fé inabalável e são capazes de ocupar posições altas e renomadas nas igrejas. Justiça para todas! Que o brilho que reluz nas igrejas não seja apenas no sentido metafórico de louvor e adoração, mas também na representação da violência que deve ser erradicada dia após dia.

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