«And of course I am afraid, because the transformation of silence into language and action is an act of self-revelation, and that always seems fraught with danger” 

-Audre Lorde 

«A woman must have money, and a room of her own, if she is to write fiction» 

-Virginia Wolf

Entendí la importancia de “tener un cuarto propio” mucho antes del confinamiento. Cuando eres migrante en un país “del Norte” y, entonces, eres de otra clase social. Cuando el acceso a una habitación digna es difícil cuando tienes estatus legales y de movilidad diversos. Cuando tu apellido no suena “francés” o cuando tu color de piel levanta preguntas sobre tus “orígenes”.

Me pregunto además, ¿Cómo tener un “cuarto propio” cuando estamos divididas afectivamente por las movilidades que nos traspasan en este momento? ¿Real y simbólicamente? ¿Estamos “encerradas” con personas que nos hacen sentir seguras? ¿Qué hacemos, cómo nos curamos, cuando nuestro «cuarto propio» (si lo tenemos) ha sido trastocado por violencia y agresiones? ¿Cómo podemos efectivamente escribir, pintar, existir en un espacio, siendo mujeres y migrantes ? 

Yo lo llamo, la carga mental de la migrante, y ésta, es sólo una arista. 

Veo que algunas compañeras se “dan cuenta” sólo a través de la experiencia individual del confinamiento, lo que significa tener un cuarto propio. Porque lo miramos únicamente desde las individualidades y el privilegio y no desde un punto de vista estructural que produce desigualdades “visibles” desde antes del encierro. Lo que ha causado el COVID, no revela nada nuevo, sólo mediatiza un poco más, la cruda realidad… que siempre ha estado allí. 

En este contexto, por el lado del feminismo/feministas creo que necesitamos vernos a nosotras mismas mucho más profundamente. No hay feminismo sin empatía de la situación de la otra, de la otrx, del otro. Dónde la imbricación de múltiples identidades, de género, raza, clase, edad, situación de movilidad y estatus administrativo activan vivencias de fragilidad para muchas y, dónde el acceso a un “cuarto propio” es vulnerado, AUN MÁS.

Siempre regreso a la solidaridad política de la que habla bell hooks, la sororidad es inviable sin estar conscientes de lo que nos hace diferentes. Es falso creer que, como mujeres, lo único que nos une es ser “víctimas homogéneas del patriarcado” y sólo eso, es lo que nos hace “sororas”. 

No compañeras.

Muchas ya lo han repetido como un mantra: lo que destapa este período ansiogénico, son las múltiples desigualdades, entre ellas la violencia de género y graves desigualdades de clase ya existentes. Por ejemplo, la violencia dentro de los espacios “privados” ha aumentado en todas partes del mundo estos últimos meses, mostrando que el “HOGAR” no es un lugar seguro para muchas. Encontramos formas “universales” de las violencias dentro de estos espacios, sin embargo, debemos deconstruir el discurso universalista de la violencia de género y, sobre una supuesta “opresión común e universal”. Ésta es específica según la imbricación de múltiples identidades. La violencia puede ser activada no sólo por nuestro género, se activa aún más si somos migrantes, mujeres de color, no tenemos papeles, tenemos problemas de salud psicológica, no tenemos recursos y así. Por ende, deseo seguridad y paz a todas/todes en los lugares dónde dormimos y moramos. Lo más importante ahora, es cuidar la salud mental y física. Muchas no hemos tenido las herramientas para hacer frente a este momento debido a la suma de precariedades que encarnamos a través de nuestra experiencia. Yo, mezclando mi vida “pública” y “privada”, tan difícil de separar y de conciliar; durante el confinamiento en París, escapé de mi hogar *después de vivenciar violencia psicológica y simbólica*, dejando mis libros, mis plantas, mi ropa, mis espejos atrás, todo lo que me hace ser/sentir en casa. Todo lo que es “mío” en esta tierra extranjera. Me pongo a pensar que debemos reflexionar sobre estas rupturas afectivas y materiales en contextos migratorios y de “crisis” y cómo re-tejer respuestas comunitarias, feministas y solidarias. Para poder sobrellevar, para poder sobrevivir. 

La carga mental de ser migrante, no es sólo saber lo que pasará con nosotras administrativamente, cuando vivimos ya en una doble liminalidad desde antes y ahora con el COVID, todo está bloqueado. Para muchas, esto significa estar atascada en alguna frontera, es estar en un centro de retención, es no poder salir del país porque no tenemos papeles, y mucho más. La carga mental es entender que varios espacios afectivos y físicos nos atraviesan y no tenemos todas las “herramientas” para lidiar con la crisis. Aún más estando lejos de nuestros países del “Sur” y de nuestras familias cuando la situación allá está también bastante compleja e incierta. La carga mental de ser migrante, es no tener la facilidad de encontrar rápidamente un lugar en dónde ponernos a salvo en caso de violencia ; es que nos cueste sentirnos legitimas en nuestros espacios. 

El bloqueo es total y la liminalidad se vuelve casi el estado natural

Sí, lo íntimo es político. Poder decir “yo” en estos contextos, va más allá de la individualidad. Tal vez muchxs otras se encuentran en la misma posición ahora ; podemos reconocernos, juntarnos, hablarnos, apoyarnos. 

Así, con estatus administrativos, identitarios y simbólicos diversos, como mujerxs, no somos un cuerpo homogéneo de víctimas de la misma opresión. Tenemos que desmenuzar esos discursos y ser mucho más reflexivas y empáticas para transformar el movimiento feminista. Actualmente, muchas hacemos vivencias de violencia y ruptura en épocas del confinamiento. La vulnerabilidad antecede al COVID, y hay que mirarlo desde la estructura. De nuevo, no todas tenemos el privilegio, ni el derecho, de tener un «cuarto para nosotras” : una habitación estable física y emocionalmente. Cuando este espacio se quiebra, hay una vulneración material, psicológica y emocional que precariza nuestra vida

Y, todas estas cosas cuentan. Para hacer nuestros proyectos. 

Nuestro trabajo, nuestra vida. 

Para existir. 

“Writing is dangerous because we are afraid of what the writing reveals: the fears, the angers, the strengths of a woman under a triple or quadruple oppression. Yet in that very act lies our survival because a woman who writes has power. And a woman with power is feared” 

Gloria Anzaldúa/This Bridge Called my Back

Todas Estas Coisas Contam

Imagen: Sara Tilleria


Tradução: Larissa Bontempi.

Entendi a importância de “ter o próprio quarto” muito antes do confinamento. Quando você é migrante em um país “do Norte”, consequentemente é de outra classe social. Quando o acesso a um dormitório digno é difícil por ter status jurídicos e de mobilidade diversos. Quando seu sobrenome não soa como “francês” ou quando sua cor de pele levanta questionamentos sobre suas “origens”.

Além disso, me pergunto, como ter o “próprio quarto” quando estamos divididas afetivamente pelas mobilidades por que passamos neste momento? Real e simbolicamente? Estamos “trancadas” com pessoas que nos passam segurança? O que fazemos, como nos curamos quando nosso “próprio quarto” (se o tivermos) foi marcado por violências e agressões? Como podemos efetivamente escrever, pintar, existir em um espaço, sendo mulheres e migrantes? 

Chamo isso de carga mental da migrante e é só uma aresta. 

Vejo que é só através da experiência individual do confinamento que algumas companheiras “percebem” o que significa ter o próprio quarto. Porque o observamos apenas a partir das individualidades e do privilégio; não do ponto de vista estrutural que produz desigualdades “visíveis” desde antes do confinamento. O que a COVID causou não revela nada novo, só escancara um pouco mais a crua realidade que sempre esteve ali. 

Neste contexto, pelo lado do feminismo, acredito que precisamos ver a nós mesmas muito mais profundamente. O feminismo não existe sem a empatia para com a situação da outa, de outre, do outro. AINDA MAIS onde a imbricação de múltiplas identidades, de gênero, raça, classe, idade, situação de mobilidade e status administrativo ativam vivências de fragilidade para muitas e onde o acesso ao “próprio quarto” é violado.

Sempre volto à solidariedade política descrita por bell hooks, a sororidade é inviável sem estarmos conscientes do que nos faz diferentes. É falso acreditar que, como mulheres, o único que nos une é sermos “vítimas homogêneas do patriarcado” e que só isso é o que nos torna “sórores”. 

Não, companheiras.

Muitas já repetiram com um mantra: o que desvela este período ansiogênico são as múltiplas desigualdades, dentre elas a violência de gênero e graves desigualdades de classe já existentes. Por exemplo, a violência dentro dos espaços “privados” aumentou em todas as partes do mundo nestes últimos meses, mostrando que o “LAR” não é um lugar seguro para muitas. Localizamos maneiras “universais” de violência dentro desses espaços. Ainda assim, devemos desconstruir o discurso da violência de gênero sob uma suposta “opressão comum e universal”. Ela é especifica de acordo com a imbricação de várias identidades. A violência pode ser ativada não somente pelo nosso gênero; ela é ativada ainda mais se somos migrantes, negras, ilegais, se tivermos problemas de saúde mental, se não tivermos recursos e por aí vai. Por isso, desejo segurança e paz a todas/todes nos lugares onde dormimos e moramos. O mais importante agora é cuidar da saúde física e mental. Muitas de nós não temos as ferramentas para enfrentar este momento devido à soma de precariedades que encarnamos através da nossa experiência. Eu, misturando minha vida “pública” e “privada”, tão difíceis de separar e conciliar, saí do meu lar por uns dias durante o confinamento em Paris, deixei meus livros, plantas, roupas e espelhos para atrás; tudo o que me faz sentir em casa. Tudo o que é “meu” nesta terra estrangeira. Começo a pensar que devemos refletir sobre essas rupturas afetivas e materiais em contextos migratórios e de “crise”, e como reconstruir respostas comunitárias, feministas e solidárias. Para poder levar, para poder sobreviver. 

A carga mental de ser migrante não é só saber o que acontecerá conosco administrativamente, quando já vivíamos em dupla liminaridade antes, e agora com a COVID tudo está bloqueado. Para muitas, isso significa estar presa em alguma fronteira, estar em um centro de retenção; é não poder sair do país por não ter papéis e muito mais. A carga mental é entender que vários espaços afetivos e físicos nos atravessam e não temos todas as “ferramentas” para lidar com a crise. Ainda mais estando longe dos nossos países do “Sul” e de nossas famílias, quando a situação também está bastante complexa e incerta. A carga mental de ser migrante é não ter a facilidade de encontrar rapidamente um lugar onde possamos estar a salvo em caso de violência; é o quanto custa nos sentirmos legitimas em nossos espaços. 

O bloqueio é total e a liminaridade torna-se quase um estado natural. 

Sim, o íntimo é político. Poder dizer “eu” nestes contextos, vai além da individualidade. Talvez muitas outras se encontrem na mesma posição agora; podemos nos reconhecer, nos unir, falar e nos apoiar. 

Assim, com status administrativos, identitários e simbólicos diversos, como mulheres, não somos um corpo homogêneo de vítimas da mesma opressão. Temos que diminuir esses discursos e ser muito mais reflexivas e empáticas para transformar o movimento feminista. Muitas temos vivências de violência e ruptura em épocas de confinamento. A vulnerabilidade antecede à COVID e isso deve ser visto a partir da estrutura. De novo, não todas temos o privilegio, nem o direito de ter um “quatro para si”, um dormitório estável física e emocionalmente. Quando este espaço é quebrado, há uma fragilização material, psicológica e emocional que precariza nossa vida

E todas essas coisas contam.

Para fazer nossos projetos, nosso trabalho, nossa vida. 

Para existir. 

“Writing is dangerous because we are afraid of what the writing reveals: the fears, the angers, the strengths of a woman under a triple or quadruple oppression. Yet in that very act lies our survival because a woman who writes has power. And a woman with power is feared” 

Gloria Anzaldúa/This Bridge Called my Back


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