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Yo aborté

Anónima

Imágen: Pilar Emitzin

Yo aborté. Aborté y durante el aborto, el médico abusó de mí, aprovechándose de la clandestinidad y de la ilegalidad que ambos estábamos cometiendo, según la ley. Tenía 22 años y aborté sola, porque el hombre que debería haber abortado conmigo se borró económica y afectivamente, del mismo modo que se había borrado de sus dos novias anteriores que también habían resultado en embarazos. Así que tuve que tomar coraje y decirle a mi viejo, temblando de miedo y llorando como un bebé, que me había quedado embarazada y que quería abortar. ¿Por qué a mi viejo y no a mi vieja? Porque desde que empecé a tener vida sexual, mi vieja, una mujer formada en la universidad, artista, muy progre, nunca me habló de métodos anticonceptivos, ni del respeto y el consentimiento durante el acto sexual, ni del placer, ni del cuidado, lo único que me repitió sin parar fue “si abortás, te cagás la vida”. Así que no se me cruzó por la cabeza decirle nada a ella y sí a mi viejo, que es médico, pensando que me iba a poder acompañar mejor.

Lamentablemente también me equivoqué. Debería haberle dicho a alguna amiga, sin dudas no hubiera sido lo mismo. Pero me sentía tan culpable por haber llegado a esa situación que no quería comprometer a nadie, no quería hacerle perder el tiempo a nadie, sentía que tenía que hacerme responsable de mis actos. Lo único que me dijo mi papá fue “te lo pagás vos” y no tengo en la memoria ninguna reacción de afecto. Por más que él siempre haya sido un gran compañero, en ese momento no hubo abrazos, no hubo consuelo, no hubo más palabras que esas. Llamé entonces a mi ginecóloga de siempre, una ginecóloga cara del barrio de Palermo, donde vivo, con intermitencias, desde siempre. Fui a la consulta, me hizo un tacto y me dijo que ella no hacía abortos, pero que tenía un número para darme. Sin recomendaciones, sin ninguna pregunta más allá de fecha de menstruación, me fui de ahí con la tarjeta del médico y con una orden de examen de HIV. Volví a lo de mi viejo (mis viejos están divorciados desde los años 80), una gran casona en Palermo “Sensible”, y pedí turno con él en principio para una ecografía para el día siguiente. Ese día, y todos los que pasaron, disimulé seguir con mi vida normal, fui a trabajar a la escuela de teatro donde era secretaria y a cursar en la Facultad de Filosofía y Letras. Solo le conté a mis amigas más cercanas que me había quedado embarazada y que iba a abortar, pero dije que no quería hablar del tema. Me sentía tan culpable e irresponsable, que no quería involucrar a nadie. Fui sola a hacerme la ecografía. El consultorio estaba localizado en un elegante edificio en Avenida Santa Fe y Callao, frente a lo que hoy es la librería El Ateneo y en esa época era el cine Gran Splendid, donde once años atrás había ido a ver El Rey León, me acuerdo que pensé. El embarazo tenía varias semanas ya, estaba de dos meses, así que iba a tener que hacer las cosas de manera bastante acelerada, me dijo el doctor. Como estaba en fecha de parciales y no quería que el aborto me comprometiera los estudios (mi pacto con mi viejo siempre fue que hiciera todo lo que quisiera, pero no dejara de estudiar) ni mi trabajo (¿cómo iba a justificar mi ausencia?), agendé el aborto para un viernes a la mañana (los viernes no abría la escuela de teatro) dos semanas después. Estuve, así, dos semanas embarazada en secreto. Ni a mi compañera de trabajo le conté, una gran mina, sobrina de desaparecidos, nacida en México porque sus viejos se habían tenido que exiliar durante la dictadura, estudiante de psicología y hoy portante del pañuelo verde. Recuerdo que un día antes del aborto le mentí diciéndole que al día siguiente tenían que sacarme un quiste del ovario, que estaba un poco nerviosa. Sí, estaba nerviosa, pero no dejé de ir a entregar mi monografía bien temprano y después me encontré con mi viejo en la puerta del consultorio.

Subimos, esperamos un rato en la sala de espera, un living grande con pisos de parqué y con un ventanal amplio, luminoso. Al lado mío había una pareja joven esperando. Salió entonces el médico, un hombre mayor, canoso, grandote, le preguntó a mi viejo si entraba conmigo. “No”, contestó sin mirarme. Así que impulsada por mi “responsabilidad”, pasé sola. El consultorio no era el mismo en el que me había hecho la ecografía. Ése daba al frente, estaba todo iluminado. El otro, daba al contrafrente y las persianas estaban bajas. Sin mediar ningún diálogo, me dijo que me sacara la ropa, “toda la ropa” (qué tienen que ver las tetas en el aborto, todavía me lo pregunto), me dio una bata de esas que nada tapan y, una vez lista, me pidió que apoye mi cola en el borde de la camilla. No era una camilla especialmente alta, pero igual se me acercó para subirme: me abrió las piernas, me agarró de la cintura, y me subió, apoyándome su sucios miembros vestidos en mi ilegal vagina. La dudé, cómo podía ser, estaba equivocada, pensé y durante muchos años pensé eso, dudé de mí.

Me hizo poner los talones en ese elevador de piernas que tienen los ginecólogos y me dijo que me iba a anestesiar. Sentí un pinchazo y enseguida sus dedos recorriendo mis muslos. “Sabés que sos muy linda, ¿no?”. Ni sé qué le respondí, ni si le respondí. Recuerdo que temblé toda la operación y que mis lágrimas caían sin parar de mis ojos cerrados. No vi nada y solo sentí tirones, pero nada más allá de eso. Estaba anestesiada. Es el día de hoy que no sé qué me hizo ese perverso, más allá del aborto. Cuando terminó y me dijo “ya está”, me dio una serie de instrucciones de cuidado sin mover su cuerpo de entre mis piernas. Ni bien se paró, me bajé dolorida de la camilla para cambiarme rápido. Salí y mi viejo ya estaba parado preparado para irse. Atravesamos la puerta de salida y en el pasillo rumbo al ascensor, rompí en llanto. Exploté. Pero al instante mi papá me miró y me dijo, “No llores, lo que acabás de hacer es ilegal”. Con el cuerpo dolorido, mi viejo y yo nos volvimos en colectivo, no porque no pudiéramos tomar un taxi, ya a esa altura mi papá solo viajaba en business, habrá sido porque no quería gastar ni un centavo en mi aborto. Puede ser. Así que viajamos los dos callados en el 39. Solo recuerdo un pequeño diálogo: “Ahora te queda hacerte el examen de sangre”, “Sí, lo sé”. Examen de HIV, quería decir con ese eufemismo, el único riesgo que mi condición de clase suponía que podía correr. Por suerte me dio negativo, así que la historia quedó en el olvido hasta hace poco tiempo, que me animé a recordarla, a contarla y a asumirla como un abuso. Y hoy, siendo mamá de dos hijas mujeres, me animo a escribirla y me animo a decir que el aborto tiene que ser legal no solamente para no morir, también para que no exista una excusa más para que abusen de nosotras. No me cagó la vida el aborto, viejita, me cagó la vida que sea ilegal.

 

 

Eu abortei

Anónima

Imagem: Pilar Emitzin

 

Eu abortei e durante o aborto, o médico abusou de mim, aproveitando-se da clandestinidade e da ilegalidade que ambos estávamos cometendo de acordo com a lei. Eu tinha 22 anos e fiz um aborto por conta própria, porque o homem que deveria ter abortado junto comigo sumiu econômica e emocionalmente, da mesma forma que ele havia sumido de suas duas namoradas anteriores que também engravidaram. Então eu tive de ganhar coragem e dizer para meu pai, tremendo de medo e chorando como uma criança, que eu estava grávida e que queria fazer um aborto. Por que falei com o meu pai e não com minha a minha mãe? Porque desde o início da minha vida sexual, minha mãe, uma mulher que estudou na universidade, artista, muito progressista, nunca conversou comigo sobre contraceptivos, nem sobre respeito e consentimento durante a relação sexual, nem sobre prazer, nem sobre cuidado, *a única coisa que ela repetia sem parar  era “se você abortar, você vai desgraçar a sua vida”. Por isso, nem pensei em falar com ela e optei por dizer a meu pai, que é médico, pensando que ele seria capaz de me acompanhar melhor.

Infelizmente eu também estava errada. Eu deveria ter contado a uma amiga, sem dúvida teria sido melhor. Mas eu me sentia tão culpada por ter chegado a esta situação que não queria envolver ninguém, não queria desperdiçar o tempo de ninguém, sentia que tinha de assumir sozinha a responsabilidade por minhas ações. A única coisa que meu pai me disse foi “você paga para você” e eu não guardo na minha memória nenhuma reação de afeto. Por mais que ele sempre tenha sido um grande companheiro naquele momento não houve abraços, não houve consolo, não houveram mais palavras além dessas. Então liguei para a minha ginecologista habitual, uma ginecologista cara do bairro de Palermo, onde moro, com intermitências, desde sempre. Fui à clínica, ela me fez um exame de toque e me disse que não fazia abortos, mas que tinha um contato para me passar. Sem recomendações, sem perguntas além da data da menstruação, saí de lá com o cartão do médico numa mão e com um pedido de teste de HIV na outra. Voltei para a casa do meu pai (os meus pais se divorciaram nos anos 80), uma casa grande em Palermo, liguei para o médico e agendei uma ultrassonografia para o dia seguinte. Aquele dia, e todos os dias que se passaram depois, foram disfarçados de vida normal: fui trabalhar na escola de teatro onde eu era secretária e continuei com os cursos na faculdade de filosofia e letras. Só contei para as minhas amigas mais próximas que engravidei e que eu faria um aborto, mas eu disse que não queria falar sobre isso. Eu me sentia tão culpada e irresponsável que não queria envolver ninguém. Fui então sozinha fazer o ultra-som. O consultório estava localizado em um elegante edifício na Avenida Santa Fé com Avenida Callao, em frente ao que é agora a livraria El Ateneo e naquele tempo era o cinema Gran Splendid, onde onze anos antes tinha ido ver o Rei Leão, eu me lembro que pensei. A gravidez estava com várias semanas, com dois meses, então eu teria que fazer as coisas muito rapidamente, o médico me disse. Como era período de exames na universidade e não queria que o aborto comprometesse os meus estudos (o pacto com o meu pai sempre foi que eu podia fazer o que quisesse, mas que não devia parar de estudar) e meu trabalho (como eu poderia justificar a minha ausência?), eu organizei o aborto para uma sexta-feira de manhã (sexta-feira não abria a escola de teatro) duas semanas depois. Eu fiquei, então, duas semanas grávida em segredo. Nem para minha colega de trabalho contei, uma grande mulher, sobrinha de desaparecidos, nascida no México, porque seus pais tinham se exilado durante a ditadura, estudante de psicologia e e hoje portadora de “pañuelos verdes”. Lembro-me de que um dia antes do aborto eu menti dizendo para ela que no dia seguinte iria no ginecologista para remover um cisto do meu ovário, e que eu estava um pouco nervosa. Sim, eu estava nervosa, mas fui entregar a minha monografia muito cedo e depois encontrei com meu pai na porta do consultório.

Subimos, esperamos um pouco na sala de espera, uma grande sala de estar com piso em parquet e uma janela grande e luminosa. Ao meu lado estava um jovem casal esperando. O médico saiu, um homem velho, grisalho, grande, perguntou ao meu pai se ele entraria comigo. “Não”, ele respondeu sem olhar para mim. Então, impulsionada pela minha “responsabilidade”, fui sozinha. O consultório não era o mesmo em que eu fizera o ultrassom. Essa dava para a frente, todo iluminado. O outro dava para os fundos e tinha as persianas baixas. Sem diálogo nenhum, me disse para eu tirar a roupa: “todas as roupas” (o que tem a ver os peitos com um aborto? ainda hoje me pergunto), me deu um manto daqueles que nada cobrem e, uma vez pronta, ele me pediu que apoiasse a minha bunda na beira da maca. Não era uma maca particularmente elevada, mas se aproximou de mim para me subir: abriu as minhas pernas, agarrou minha cintura, e me subiu apoiando os seus sujos membros na minha ilegal vagina. Eu hesitei, como isso poderia estar acontecendo? Eu estava errada, eu pensei, e por muitos anos eu pensei isso, e duvidei de mim mesma.

Ele me fez colocar os calcanhares no elevador das pernas que os ginecologistas têm e me disse que ia me anestesiar. Senti uma espetada e depois os dedos dele descendo pelas minhas coxas. “Você sabe que você é muito bonita, certo?” Não sei o que lhe respondi, nem se lhe respondi. Lembro que tremi durante toda a operação e que minhas lágrimas desciam sem parar dos meus olhos fechados. Eu não vi nada e só sentia os puxões, mas nada além disso. Eu estava anestesiada. Até hoje que não sei o que aquele homem fez comigo, além do aborto. Quando ele terminou e me disse “é isso”, ele me deu uma série de instruções de cuidado sem tirar o seu corpo de entre as minhas pernas. Assim que ele parou, saí dolorosamente da maca para me vestir rapidamente. Eu saí e o meu pai já estava pronto para partir. Nós atravessamos a porta de saída e no corredor em direção ao elevador, eu desmoronei em lágrimas. Eu explodi. Mas imediatamente meu pai olhou para mim e disse: “Não chore, o que você acabou de fazer é ilegal”. Com o corpo dolorido, meu pai e eu pegamos um ônibus, não porque nós não poderíamos tomar um táxi, nesse ponto da sua vida o meu pai só viajava a negócios,  terá sido porque ele não gastaria um centavo com meu aborto. Pode ser. Então, nós viajamos em silêncio no ônibus número 39. Eu só me lembro de um pequeno diálogo: “agora você tem que fazer o exame de sangue”, “Sim, eu sei”. Teste de HIV é o que queria dizer com este eufemismo; o único risco que, em minha condição de classe, se supunha que eu poderia correr. Felizmente o resultado foi negativo a história foi então esquecida até recentemente, quando eu decidi lembrar, contar e assumi-la como um abuso. E hoje, sendo a mãe de duas filhas, encorajo-me a escrever para reafirmar que o aborto tem que ser legaluzado – não só para não morrer, mas também para que não haja mais desculpas para que abusem de nós. Não foi o aborto que desgraçou a minha vida, mãe, foi o fato de ele ser ilegal.

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2 thoughts on “YO ABORTÉ | EU ABORTEI”

  1. Yo también aborte. Nuestra historia fue bastante distinta, pues es distinto cuando tenes el apoyo emocional y económico del hombre con el cual estas embarazada. Cuando tenes el apoyo de tu mama que te acompaña sosteniéndote de la mano mientras te sacan algo que, en realidad a ella le encantaría que siguiera creciendo para tener en sus brazos y ofrecer su amor. Pero ella me escucho, recordó que así como ella pudo elegir ser madre soltera mientras mi padre quería un aborto… y tuvo que bancar entre tantas cosas mis cuestionamientos, de porque no te cuidaste… ahora era mi proceso, era mi vida, mi historia, mi cuerpo, me tocaba a mi decidir. Escuchando y conociendo historia de otras mujeres, recordando todo esto que tuve solo me queda agradecer. Pero a mi también me peso que el aborto sea ilegal. No basta el apoyo del compañero y de tu familia, a mi también el medico se aprovecho de su lugar de poder y mi ilegalidad. No hacia falta tanta delicadeza para revisarme, no hacia falta tantos toque para revisar mi vagina que en este momento en nada importaba al hecho que estaba por ocurrir. Mientras escribo recuerdo la sensación, el dolor que me genero en el alma. Todavía pensé denunciarlo. El apoyo que tenia de mi mama y compañero me posibilito sentirme empoderada para sentir que podría hacer justicia. Pero después entre en razón… quien me iría escuchar? En realidad no pude compartir lo del medico ni con mi mama! Ademas, este mismo medico en el barrio vecino hacia fertifizacion asistida. La gran referencia en el milagro de los nacimientos y de la ilegal muerte. Delante de la urgencia de lo ilegal y de los riesgos con pastilla … todavía tuve que pasar su contacto a otras chicas que ojala pudieron ir acompañadas. Para terminar necesito compartir que se que cada Ser viene a cumplir su misión en la tierra y que la del Ser que me eligió para transitar esta experiencia era estar 8 meses en mi panza y partir, dejando una mujer fuerte y decidida. Mi elección fue consciente, la mejor que pude tomar en el momento y asertiva para mi vida. Igual si no fuera… Aborto legal, seguro y gratuito!!! Basta de abusos a nosotras mujeres!

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