Imagen: Pilar Emitzin

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A Lucía la violaron, la torturaron, la empalaron, la asesinaron. Murió de dolor. Tenía 16 años. La imagen de su bello rostro, tan lleno de vida, se me quedó grabada a fuego en la memoria cuando, dos años atrás, supimos lo que habían hecho con ella en Mar del Plata. Nosotras acabábamos de volver del Encuentro Nacional de Mujeres de Rosario, que aquel año había congregado a cerca de noventa mil mujeres y nos había dejado ese sabor de triunfo y fortaleza que permiten los encuentros. Fue un golpe duro saber que, mientras nosotras recorríamos las calles de Rosario sintiendo que nos hacíamos dueñas del espacio público, a Lucía Pérez la mataban con tanta brutalidad. No nos quedamos quietas: el 19 de octubre de 2016 salimos a las calles y ni el frío ni la lluvia pudieron frenarnos. Fue un antes y un después para muchas argentinas y mujeres que residimos en este país. Para mí fue, sin duda, decisivo: algo de mi inocencia se quebró muy por dentro; como si de pronto entendiera en toda su dimensión el horror y el terror que nos infringe el patriarcado, mientras camufla a sus hijos sanos disfrazándolos de monstruos.

Dos años después, un tribunal marplatense, compuesto por tres hombres – Facundo Gómez Urso, Aldo Carnevale y Pablo Viñas – decidió absolver a los acusados, Matías Farías (25 años) y Pablo Offidani (43) de los delitos de “abuso sexual con acceso carnal agravado por resultar la muerte de la persona ofendida”. Los condenaron por tenencia de drogas, pero no consideraron probado que agredieran a Lucía. Una niña de 16 años que fue penetrada, que fue empalada, que se rompió por dentro, producto de un reflejo vasovagal por el empalamiento, para luego ser descartada, abandonada sin vida en un hospital. El Estado y su justicia patriarcal la mataron de nuevo. El femicidio quedó tan impune como la tortura sexual que lo acompañó. El Estado vuelve a hablar alto y claro: estamos absolutamente desprotegidas. El Estado se hace así cómplice de los crímenes misóginos. Si nos violan y nos matan, siempre habrá un beneficio de la duda a favor de los asesinos y violadores: siempre habrá la posibilidad del consentimiento porque, nos dicen, la adolescente Lucía tomaba drogas; ya nos tienen acostumbrados a que, cuando se trata de violencia patriarcal, la prensa coloca el foco únicamente en la víctima, de la que sabremos cómo viste, si le gusta salir de fiesta, tomar alcohol, salir con chicos. Cualquier detalle nimio servirá para poner en duda la moralidad de la víctima, lo que, en la perversa mente de jueces como los que juzgaron a Lucía y como tantísimos otros -pensemos si no en La Manada-, equivale a pensar que ella se lo buscó.

“No olvidamos, no perdonamos. Contra la revancha misógina de la justicia patriarcal, colonial y racista”, reza el comunicado que firmamos decenas de colectivos, entre ellos Revista Amazonas, en repudio a la sentencia. El mensaje que manda la justicia patriarcal es atroz y es eficaz, y no sólo por recordarnos lo que ya sabíamos: que estamos desprotegidas y que las calles no son nuestras. Hay algo más perverso, que va más allá de la impunidad: es la revancha patriarcal. Nos están diciendo que, si seguimos organizadas y dando la pelea, la brutalidad de la violencia que ejercen sobre nosotras no dejará de aumentar. Esa fue la intuición que tuvimos cuando, a la vuelta del Encuentro de Rosario, supimos lo que le habían hecho a Lucía. Y esta sentencia lo confirma y nos lo pone frente a los ojos precisamente la misma semana que la ciudad de Buenos Aires parece sitiada para que los mandamases del mundo celebren en paz su reunión del G20.

Nos quieren con miedo, nos quieren calladas. Pero no por ello estamos dispuestas a dar un paso atrás; tampoco podríamos aunque quisiéramos. Yo tecleo esta noche para sacudirme esta tristeza y esta rabia, pero entonces pienso en la madre y el padre de Lucía, y siento más tristeza y más rabia. No está de más la ira: sólo debemos organizarla. Eso estamos haciendo. Cuando supimos que habían asesinado a Lucía, hicimos el primer paro de mujeres en Argentina. La semana próxima, el 5 de diciembre, volvemos a parar. Por Lucía, por todas y todes. Porque, como dice Pilar Emitzin en la ilustración que acompaña este artículo, para empezar algo nuevo hay que quemarlo todo. Es una guerra y no la hemos declarado nosotras. Que arda el patriarcado.

 

 

QUE A JUSTIÇA PATRIARCAL SE QUEIME (POR LUCIA E TODES)

Imagem: Pilar Emitzin
Imagem: Pilar Emitzin

Lucia foi estuprada, torturada, empalada, assassinada. Ele morreu de dor. Ela tinha 16 anos. A imagem de seu lindo rosto, tão cheio de vida, ficou gravada na minha memória quando, dois anos atrás, soubemos o que tinham feito com ela em Mar del Plata. Tínhamos acabado de voltar do Encontro Nacional de Mulheres de Rosário, que naquele ano se reuniram umas noventa mil mulheres e ficamos com aquela sensação de triunfo e força que as reuniões permitem. Foi um duro golpe saber que, enquanto andávamos pelas ruas de Rosário, sentindo que éramos donas do espaço público, Lucía Pérez foi morta com tamanha brutalidade. Não ficamos quetas: no dia 19 de outubro de 2016 saímos para as ruas e nem o frio, nem a chuva puderam nos deter. Foi um antes e um depois para muitas argentinas e mulheres que residem neste país. Para mim foi, sem dúvida, decisivo: algo da minha inocência foi quebrado por dentro; como se de repente ela entendesse em toda a sua dimensão o horror e terror que o patriarcado nos infringe, enquanto camufla seus filhos saudáveis ​​disfarçando-os de monstros.

Dois anos mais tarde, um tribunal marplatense, composto por três homens – Facundo Gómez Urso, Aldo Carnevale e Pablo Viñas – decidiu absolver o acusado, Matias Farias (25) e Pablo Offidani (43) dos crimes de “acesso por abuso sexual carnal agravada pela morte da pessoa ofendida”. Eles foram condenados por posse de drogas, mas não consideraram provado que agredissem Lucia. Uma menina de 16 anos que foi penetrada, empalada, que se quebrou por dentro, produto de um reflexo vasovagal por empalamento, para logo ser jogada, abandonada sem vida em um hospital. O Estado e sua justiça patriarcal a mataram novamente. O feminicídio permaneceu impune como a tortura sexual que o acompanhava. O Estado fala novamente alto e claro: estamos absolutamente desprotegidas. O Estado torna-se cúmplice de crimes misóginos. Se você estuprar e matar-nos, sempre haverá o benefício da dúvida em favor de assassinos e estupradores: há sempre a possibilidade de consentimento, porque, dizem-nos, que a adolescente Lucia tomou drogas; e estamos acostumadas a quando se trata de violência patriarcal, a imprensa coloca o foco exclusivamente na vítima, e iremos saber como ela estava vestida, se gostava de festas, beber ou sair com os caras. Qualquer detalhe minucioso servirá para questionar a moralidade da vítima, que na mente perversa de juízes como os que julgaram Lucia, assim como tantos outros  -vamos pensar em “La Manada”-,nos fariam pensar que ela procurou por aquilo.

“Não nos esquecemos, não perdoamos. Contra a vingança misógina da justiça patriarcal, colonial e racista “, diz a declaração que assinaram dezenas de coletivos, incluindo a Revista Amazonas, em repúdio à decisão. A mensagem enviada pela justiça patriarcal é atroz e eficaz, e não apenas porque nos lembra do que já sabíamos: que estamos desprotegidas e que as ruas não são nossas. Há algo mais perverso, que vai além da impunidade: é a vingança patriarcal. Eles estão nos dizendo que, se continuarmos organizando e dando a luta, a brutalidade da violência que eles exercem sobre nós não vai parar de crescer. Essa foi a intuição que tivemos quando, em nosso retorno do Encontro de Rosario, soubemos o que tinham feito com Lucia. Esta sentencia nos confirma e coloca isto diante dos nosso olhos precisamente a mesma semana em que a cidade de Buenos Aires parece cercada para que os líderes mundiais celebrem em paz sua reunião do G20.

Eles nos querem com medo, eles nos querem quetas. Mas não por essa razão estamos dispostas a dar um passo atrás; nós não poderíamos nem mesmo se quiséssemos. Eu escrevo esta noite para me livrar dessa tristeza e raiva, mas depois penso na mãe e no pai de Lucia, e sinto mais tristeza e raiva. A raiva não é demais: apenas temos que organizá-la. Nós estamos fazendo isso. Quando soubemos que Lucia tinha sido assassinada, fizemos a primeira greve de mulheres na Argentina. Na próxima semana, no dia 5 de dezembro, paramos novamente. Para Lucia, para todos e todos. Porque, como Pilar Emitzin diz na sua ilustração que acompanha este artigo, para começar algo novo você tem que queimar tudo. É uma guerra e esta não foi declarada por nós. O patriarcado deve se queimar.

Traducción: Amanda Martínez

Desde niña, mi mayor pasión es escribir. Soy periodista, madrileña y vivo en América Latina desde 2008. He colaborado con medios como Le Monde Diplomatique, Público y La Marea, y formo parte del colectivo de periodismo independiente Carro de Combate, que analiza los impactos socioambientales de lo que consumimos. Entiendo que el feminismo implica la descolonización de nuestras vidas, cuerpos y mentes y esa es una tarea cotidiana, muchas veces ardua pero también profundamente liberadora.

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