Ilustración: Pilar Emitxin

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A patio abierto / Por Alejandra Albán Araujo

La huella en la tierra planto, 

no cómo semilla, si no como atado de raíces.

Hurgo con los dedos de mis pies a tientas

y no hallo más verdad que la de hallarme bendita entre mis muertas,

a salvo entre las vivas.

De mi sacro mana vida, muerte, fuego y cielo.

Soy la monstrua de cinco cabezas que ríe a patio abierto 

y cuando camino,

cómo auras profanas sobre mis cabezas,

avanzan conmigo una legión de andariegas,

boquisueltas, casquivanas, calzón flojo,

manipesadas, mandonas, lloronas, bandoleras,

corazonadoras, sanadoras.

Todas, todas, todas faldas al viento,

cabellos sin cintas, lenguas emancipadas,

todas todas todas desde el centro de mi raíz.

Entiendo la escritura como un territorio de resistencia, una guarida para la sanación, un espacio para autonombrarme, para insistir en mi deconstrucción, encontrarme y encontrar a otras. El acto de escribir puede ser el universo discursivo para fracturar el repertorio simbólico creado por el imaginario patriarcal. Un tiempo crítico para hablar de la propia cuerpa, inventar otra lengua, otros códigos, otras reglas. Un acto político de resignificar la propia vida, de reafirmar que nuestras voces son legítimas, nuestras memorias importan, nuestras vidas valen. Con la escritura creamos el nuevo imaginario para extirpar el silencio y la impunidad; otra alternativa para romper el monopolio masculino sobre la historia, un mundo donde seamos libres de la sombra capitalista, colonial y patriarcal.

Por Emi. C

Me pienso, me hablo, me escucho y me reinvento desde dentro. Desde ese lugar donde habitar no fue una decisión; profundo y extraño para mi, absoluto y total para los demás. Ante la pregunta sobre la identidad, lo más iluso es esperar una respuesta; lo que sucede entonces es que entras en un laberinto de conceptos mujer-hija-latina-feminista-esposa; todos y ninguno a la vez. Reaparece esta manía de saberme múltiple, de perderme cada vez que afirmo “esta soy yo”; soy mestiza, prueba irrefutable de que la identidad es un círculo abierto que puede abarcarlo todo; y soy mujer prueba de que la identidad es una lucha. Es una lucha para mi, lo fue para mi abuela, lo sigue siendo para mi madre.

Mi relación con la escritura se teje y desteje a través de la lectura. En mis años de estudiante en España y Hungría, los textos de mujeres migrantes, refugiadas, exiliadas me abrazaron tanto y calaron tan profundo mientras Europa me golpeaba. Habitar los márgenes de una academia blanca, racista, heterosexual, me alienaba de muchas maneras. Para entender mi realidad, darle sentido a mi experiencia, forjar mis estrategias de resistencia, busqué fuerza y refugio en esos libros, en esas palabras, en esas mujeres y su pensamiento. También – y tan importante – construí comunidades afectivas entre compañeres racializades. Así, me adentré en los feminismos chicanos y decoloniales, en las teorías encarnadas. Fragüé formas de construir conocimiento colectivo en base a la experiencia cotidiana, al cuerpo que siente y produce, al mapeo sensible de opresiones, al politizar los cuidados, al suscitar el rastro escrito.

Mestiza / Por Sara Rojas

El camino a la piel blanqueada en la carne mestiza narra una historia de negación y violencia. Mi piel despigmentada me protege de la violencia sistemática que ataca al pigmento ahí afuera: en la calle, en el cotidiano, en el hacer la vida todos lo días. También me habla mi piel pálida, pero no menos mestiza, de que soy el resultado de un proceso violento que perseguía la falsa promesa de felicidad del blanqueamiento colonial. 

Esas experiencias tan personales, en diálogo con la producción feminista chicana y decolonial, me impulsaron a ensayar encuentros de escritura entre mujeres. Posibilitar espacios de acercamiento y complicidad, de aquellos que se amalgaman entre mujeres; esos espacios históricamente negados por lo patriarcal. Espacios de construcción conjunta y a la vez intima, donde el conocimiento se amasa en primera persona, encarnado, hecho de presencia e intención. Pensé en talleres: Crear momentos para leer textos feministas juntas, ser interpeladas e interpelarnos con nuestras lecturas, dialogar y escribir en alianza. Escribir sobre nuestras identidades escudriñadas, sobre las fronteras que habitamos, los enclaves y bisagras que forjamos, los puentes que posibilitamos. Narrar nuestras genealogías, nuestras ancestras y a nosotras mismas. Escribir para sanar, para resistir, para continuar. Así, durante los talleres, cada compañera amasaba sus textos, los leía en voz alta, regresaba a ellos, los reescribía, los volvía a compartir. Creábamos. Leíamos poesía, cerrábamos los ojos, prendíamos velas e incienso, debatíamos lecturas, volvíamos al lápiz y al papel. Nos escuchábamos, nos acogíamos.  

Si no soy blanca / Por Gabriela Aguinaga

¿Usted no es de aquí verdad?

¿Usted no es de aquí verdad?

Si parece francesa (me dice el viejo de mierda)

¿Qué no ve mis manos? ¿Qué no ve mi cara? ¿Qué no escucha mi voz?

“Si no soy blanca”

Mis manos están labradas en la tierra, vienen del campo, vienen de la sierra.

Soy mestiza “carajo”, mujer de fuera que no puede controlar su libertad perversa.

Soy mujer de voz, de la voz de todas: de mis ancestras, mis presentas y mis futuras.

A medida que se potenciaban estos espacios, las compañeras, con inmensa lucidez, planteaban otras formas de consolidar y articular dichos procesos. Notamos las limitaciones del formato taller y hablamos de laboratorios; espacios comunes entre mujeres para explorar prácticas colaborativas y experimentales de escritura. Repensar las metodologías para generar intercambio de saberes, no desde el cuerpo pasivo, no desde sillas y escritorios solamente. Visualizamos estos espacios como rotativos, itinerantes, horizontales, vivos. Un proyecto a largo plazo, de vasto alcance, del que espero ser parte, por el cual logremos ser más. Apostar a soñar entre nosotras, a que nuestra voz sea una voz a lado de otras. Por ahora, estoy/estamos ensayando una primera instancia. Un proyecto que nació del deseo personal y político de construir conocimiento entre mujeres, pero que quisiera me desautorice, vuele, siga, fluya – mucho más allá de mí; esa siempre fue la idea. Que deje la autoría personal y se vuelva profundamente colectiva. 

Estos talleres se lograron gracias a las mujeres que participaron. Su rol dio vida al proyecto y ahora lo expande. Me encuentro muy agradecida con todas las mujeres que confiaron en la propuesta de un espacio simbólico que cobró dimensiones propias, dedicándole tiempo, compartiendo sus historias de vida y escribiendo sus sentires. Agradecida con el deseo de las compañeras de seguir tejiendo la trama nueva de nuestras realidades. Ale, Emi, Sara, Gaby, Paty gracias por compartir(me)(nos) sus textos, por permitirme ensamblarlos y enriquecer estas letras. Me siento abrazada en sus palabras. 

Dapre / Por Patricia Celi

Ausencia de cuerpo presente, ¿cómo es?

Para lo básico, estar

Engendrar, ver parir, pero no parir la paternidad

No alimentar

Proveer alimentos

Ser un dapre.

Amenazar, ayudar, no cuidar

Despensa llena

Corazón vacío

Entender, lo suficiente.

Comodidad, indiferencia. No escuchar. Imponer

Casa de hombre

Ser un dapre.

Solo presente, solo yo

Solo el ahora

Otras, desconocimiento. Regla del exigir, pero no dar. Inculcar. Ser ejemplo

Al menos ser ejemplo. De lo que no quiero. Ejemplo de dapre.

Última palabra sobre cómo entender la vida

Pero su última palabra fue el inicio de mis propias palabras.

Quiero ser empática con mi dapre. Comprenderlo, a veces. 

Antes, justificaciones. Hoy, decepción.

Merecemos PADRES pero nos fabrican dapres. 

Y en las tiendas están prohibidas las devoluciones,

y a los Estados les conviene mantener los daños de fábrica.

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Sobre poética encarnada e processos de escrita entre mulheres

Ilustraçao: Pilar Emitxin

A pátio aberto / Por Alejandra Albán Araujo

A pegada na terra planto,

Não como semente, mas como emaranhado de raízes.

Remexo os dedos dos meus pés tateando

E não acho maior verdade que achar-me abençoada entre minhas mortas,

A salvo entre as vivas.

Do meu sagrado fluem vida, morte, fogo e céu.

Sou a monstra de cinco cabeças que ri a pátio aberto

E quando caminho,

Como auras profanas sobre minhas cabeças,

Avançam comigo uma legião de andarilhas,

Amordaçadas, levianas, calcinhas soltas,

Com mãos pesadas, mandonas, choronas, bandoleiras,

Palpiteiras, curandeiras.

Todas, todas, todas saias ao vento,

Cabelos sem fitas, línguas emancipadas,

Todas todas todas desde o centro de minha raiz.

Entendo a escrita como um território de resistência, um refúgio para a cura, um espaço para autonomear-me, para insistir em minha desconstrução, encontrar a mim mesma e a outras. O ato de escrever pode ser o universo discursivo para fraturar o repertório simbólico criado pelo imaginário patriarcal. Um tempo crítico para falar da própria corpa, inventar outra língua, outros códigos, outras regras. Um ato político de ressignificar a própria vida, de reafirmar que nossas vozes são legítimas, nossas memórias importam, nossas vidas valem. Com a escrita criamos o novo imaginário para extirpar o silêncio e a impunidade; outra alternativa para romper o monopólio masculino sobre a história, um mundo onde sejamos livres da sombra capitalista, colonial e patriarcal.

Por Emi. C

Me penso, me falo, me escuto e me reinvento de dentro. Deste lugar onde habitar não foi uma decisão; profundo e estranho para mim, absoluto e total para os outros. Perante a pergunta sobre a identidade, a maior ilusão é esperar uma resposta; o que segue então é um labirinto de conceitos mulher-filha-feminista-esposa; todos e nenhum ao mesmo tempo. Reaparece esta mania de me saber múltipla, de me perder cada vez que afirmo “esta sou eu”; sou mestiça, prova irrefutável de que a identidade é um círculo aberto que pode abarcar tudo; e sou mulher prova de que a identidade é uma luta. É uma luta para mim, foi uma luta para minha avó, continua sendo uma luta para minha mãe.

Minha relação com a escrita se tece e destece através da leitura. Nos meus anos de estudante na Espanha e na Hungria, os textos das mulheres migrantes, refugiadas, exiladas me abraçaram tanto e me permearam de forma tão profunda enquanto Europa me golpeava. Habitar às margens de uma academia branca, racista, heterossexual me alienava de muitas formas. Para entender minha realidade, dar sentido à minha experiência e forjar minhas estratégias de resistência, busquei força e refúgio nestes livros, nestas palavras, nestas mulheres e em seu pensamento. Também – e tão importante quanto – construí comunidades afetivas entre companheires racializades. Assim, me entranhei nos feminismos chicano1 (mexicano-estadunidense) e decolonial, nas teorias encarnadas. Elaborei formas de construir conhecimento coletivo baseado na experiência cotidiana, no corpo que sente e produz, no mapeamento sensato de opressões, na politização dos cuidados, em despertar o rastro escrito.

Mestiça / Por Sara Rojas

O caminho até a pele branqueada na carne mestiça narra uma história de negação e violência. Minha pele despigmentada me protege da violência sistemática que ataca o pigmento aí fora: na rua, no cotidiano, no ganhar/fazer a vida todos os dias. Também me fala minha pele pálida, mas não menos mestiça, que sou o resultado de um processo violento que perseguia a falsa promessa de felicidade do branqueamento colonial.

Essas experiências tão pessoais, em diálogo com a produção feminista chicana e decolonial, me impulsionaram a organizar encontros de escrita entre mulheres. Possibilitar espaços de aproximação e cumplicidade, daqueles que se mesclam entre mulheres; aqueles espaços historicamente negados pelo patriarcado. Espaços de construção conjunta e ao mesmo tempo íntima, onde o conhecimento se une em primeira pessoa, encarnado, feito de presença e intenção. Pensei em oficinas: criar momentos para ler textos feministas juntas, ser interpeladas e nos interpelarmos com nossas leituras, dialogar e escrever em aliança. Escrever sobre nossas identidades esmiuçadas, sobre as fronteiras que habitamos, os enclaves e as dobradiças que geramos, as pontes que possibilitamos. Narrar nossas genealogias, nossas antepassadas e a nós mesmas. Escrever para curar, para resistir, para continuar. Assim, durante as oficinas, cada companheira reunia seus textos, os lia em voz alta, voltava a eles, os reescrevia, voltava a compartilhá-los. Criávamos. Líamos poesia, fechávamos os olhos, acendíamos vela e incenso, debatíamos leituras, voltávamos ao lápis e ao papel. Nos escutávamos, nos acolhíamos.

Não sou branca / Por Gabriela Aguinaga

Você não é daqui, né?

Parece francesa (me diz o velho de merda)

Não vê as minhas mãos? Não vê a minha cara? Não escuta minha voz?

“Não sou branca”

Minhas mãos foram esculpidas na terra, vêm do campo, vêm da serra.

Sou mestiça, caralho! Mulher de fora que não consegue controlar sua liberdade perversa.

Sou mulher de voz, da voz de todas: de minhas ancestrais, minhas presentas e minhas futuras.

À medida que se potenciavam estes espaços, as companheiras, com imensa lucidez, planteavam outras formas de consolidar e articular ditos processos. Notamos as limitações do formato oficina e falamos de laboratórios; espaços comuns entre mulheres para explorar práticas colaborativas e experimentais de escrita. Repensar as metodologias para gerar intercambio de saberes, não a partir do corpo passivo, não a partir das cadeiras e escritórios apenas. Visualizamos estes espaços como rotativos, itinerantes, horizontais, vivos. Um projeto a longo prazo, de vasto alcance, do qual espero ser parte, através do qual consigamos ser mais. Apostar em sonhar entre nós, em que nossa voz seja uma voz ao lado de outras. Por enquanto, estou/estamos traçando uma primeira organização. Um projeto que nasceu do desejo pessoal e político de construir conhecimento entre mulheres, mas que idealmente me desautorize, voe, siga, flua – muito além de mim; essa sempre foi a ideia. Que deixe a autoria pessoal e se faça profundamente coletiva.

Estas oficinas foram possíveis graças às mulheres que participaram. O papel destas deu vida ao projeto e agora expande ele. Me encontro muito grata a todas as mulheres que confiaram na proposta de um espaço simbólico que ganhou dimensões próprias, dedicando tempo, compartilhando suas histórias de vida e escrevendo seus sentires. Grata ao desejo das companheiras de continuar tecendo a trama nova de nossas realidades. Ale, Emi, Sara, Gaby, Paty, obrigada por compartilhar co(migo)(nosco) seus textos, por me permitir reuni-los e enriquecer estas letras. Sinto-me abraçada em suas palavras.

Iap / Por Patricia Celi

Ausência de corpo presente, como é?

Para o básico, estar

Engendrar, ver parir, mas não parir a paternidade

Não alimentar

Prover alimentos

Ser um iap.

Ameaçar, ajudar, não cuidar

Despensa cheia

Coração vazio

Entender o suficiente.

Comodidade, indiferença. Não escutar. Impor

Casa de homem

Ser um iap.

Apenas presente, apenas eu

Apenas o agora

Outras, desconhecimento. Regra do exigir, mas não dar. Inculcar. Ser exemplo

Pelo menos ser exemplo. Daquilo que não quero. Exemplo de iap.

Ultima palavra sobre como entender a vida

Mas sua última palavra foi o início de minhas próprias palavras.

Quero ser empática com o meu iap. Compreender ele, às vezes.

Antes, justificativas. Hoje, decepções.

Merecemos PAIS mas nos fabricam iaps.

E nas lojas estão proibidas as devoluções,

E aos Estados é mais conveniente manter os defeitos de fábrica. 



One thought on “De poéticas encarnadas y procesos de escritura entre mujeres”

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