Foto: Revelar.si – Coletivo de Fotógrafas do Coque, Brasil.

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Al final del mes de marzo de 2019, varios hombres cercanos a sectores profesionales progresistas  fueron expuestos por un grupo de militantes feministas que aseguraron un espacio a través de un hashtag MeToo en Twitter con el propósito de facilitar la palabra a las mujeres sobre el tema de la violencia sexual. Nadie podía prever la amplitud que adquiriría el fenómeno en México, la polémica que suscitó ni el acto irreparable que cometió una personalidad de la música después de ver su nombre aparecer en la pantalla. El movimiento #MeToo México provocó un proceso similar en Centroamérica, #MeTooCA. Activistas y militantes de Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá crearon su propio movimiento. En general, se milita de manera directa en favor de espacios literarios y artísticos libres de violencia sexual. Se piden acciones claras: la elaboración de protocolos y mecanismos de apoyo a las mujeres, que el otorgamiento de premios, puestos de trabajo, reconocimientos y la participación en festivales o la difusión de textos tomen en cuenta el abuso sexual. Como veremos en el caso mexicano, cuando miramos de cerca los hechos expuestos por mujeres que hablan de su propia experiencia, el tema de las denuncias se vuelve más complejo, pues éstas dejan en evidencia la gravedad de los casos y el fracaso de las medidas legales existentes. En particular, en México, el movimiento desestabiliza al sector empresarial y a los medios de comunicación, mostrando la necesidad de diseñar protocolos al respecto. Además, por primera vez son expuestos los universitarios, lo que es aún más fuerte, porque se supone que la universidad es un espacio más institucionalizado que otros. Si bien es cierto que hace varios años nacieron iniciativas de hashtag sobre el tema, el espacio de internet necesita ser contextualizado. Es a partir de la violencia sexual y criminal existente en México que podemos entender el movimiento. Debido a las especificidades territoriales en las cuales tiene lugar la violencia sexual y criminal contra las mujeres en nuestro país, el movimiento #MeToo no puede asociarse con el movimiento estadounidense. Ello significa que, en México, desde el feminismo deberán articularse nuevas respuestas que abonen al movimiento MeToo. Por un lado, haciendo un esfuerzo por visibilizar y tipificar de manera más sistemática los hechos de violencia contra las mujeres. Por el otro, en tanto el movimiento MeToo mexicano, sus exigencias políticas y sus reivindicaciones no comprenden al movimiento feminista en general, extender los puentes entre ambos permitirá forjar un feminismo latinoamericano de hoy.

Entre estas nuevas respuestas, una de ellas tiene que ver con un tema denunciado por los movimientos feministas: el odio como dinámica estructural característica del vínculo original con la mujer. Para entenderlo en nuestro caso, es necesario entender la existencia de una asimetría entre el debate que descalifica al movimiento MeToo y la gravedad en las denuncias y las demandas de las mujeres. El debate que se generó llevó a que en las redes sociales se discutiera si las mujeres hablaban por venganza, si se trataba de su inmadurez, si decían la verdad, qué era peor, si el abuso o la venganza, y sobre la legalidad o no de este tipo de acción a través de un hashtag. En particular, en el sector universitario se manejó una crítica hacia el movimiento MeToo, que lo acusaba de albergar las intenciones de linchamiento y de venganza de las mujeres que hablaban. Fueron reacciones viscerales, a través de las cuales las personas se proyectaban a sí mismas. El trasfondo revela una dinámica denunciada hace tiempo por los movimientos feministas, que sigue vigente todavía, en torno al manejo de las lógicas de poder. Ésta pone la mirada en la misoginia y sus estructuras, es decir, en la existencia de un odio organizado hacia las mujeres que hablan, en el odio de los hombres hacia esas mujeres y en el odio de las mujeres hacia las mujeres que denuncian —el mismo odio que pareció alimentar un debate vacío que descalificaba al movimiento, al afirmar que cobija a mujeres que odian a los hombres. El poder siempre fue manejado contra las mujeres, impidiéndoles el acceso a su propio cuerpo, descalificándolas y, en consecuencia, rechazándolas de los espacios de saber y de poder. Es sorprendente la dificultad que tenemos para aceptar la violencia que ejercemos y, por el contrario, nuestra facilidad para responder con más violencia. Por eso, la rama más militante del feminismo latinoamericano está construyendo una postura desde la base, desde las mujeres más vulnerables, y proclama la necesidad de recibir las denuncias de las mujeres que deciden hablar con un “yo te creo”. Además, las estadísticas confirman la necesidad de esa postura. A nivel de los hechos y las demandas del movimiento MeToo en México, comenzaron a aparecer las primeras cifras. Disponemos de estudios de primera mano. El 5 de abril se publicó una encuesta realizada por el grupo de feministas Morras Help Morras a partir del testimonio de 304 mujeres que participaron en el movimiento MeToo. En realidad, podemos observar una asimetría entre la gravedad de los hechos denunciados y las pocas demandas de reparación exigidas por las mujeres. Las tendencias muestran que 90% de las denuncias de violencias corresponden a hechos graves y vulneran uno o más derechos humanos. Las denuncias mencionadas en mayor medida son las de acoso sexual, que registran 100 casos; le siguen las de la violencia emocional con 44 casos, la agresión sexual con 38 casos, las de violación con 37 casos, los golpes con 29 casos, y el intento de feminicidio con 7 casos. Sobre un continuum relacionado con la violencia sexual y criminal podemos argumentar: el que pega insulta, el que insulta mata y el que mata pega. Esta muestra de 304 casos da cuenta de que los agresores fueron, en primer lugar, hombres que no pertenecen al gremio cultural/artístico en 85 casos, escritores en 71 casos y académicos en 31 casos. Ello significa que lo que se cuestiona desde sectores progresistas está desestabilizando a otros sectores. Además, pone en evidencia la urgencia de que los universitarios actúen en sus propias instituciones. Otro hecho fundamental revelado por este primer esfuerzo por tipificar los hechos denunciados en el movimiento MeToo es la ineficiencia del Ministerio Público, de las instituciones y las empresas para abordar los hechos. En este sentido, se detecta que los casos no son atendidos por el Ministerio Público, que hay errores en la forma de llevar a cabo los procedimientos, que transcurren años sin que existan respuestas, que existe dificultad para tipificar los casos —por ejemplo, no está claro si una violación se considera como un delito (que se juzga del mismo modo que el robo de una motocicleta) o como un crimen—. En este contexto, que refleja la problemática de violencia sexual y criminal en México, parece evidente que las demandas de las mujeres no tienen que ver con la venganza o el linchamiento. Incluso, se podría cuestionar las pocas demandas que realizan. Hasta el momento, éstas no han expresado una voluntad clara por exigir una reparación, lo cual parece fundamental. Las mujeres piden que el agresor vaya a terapia y asista a grupos de masculinidades (47.7%), que se proceda conforme al derecho (21.1%) y que haya una disculpa pública (15.2 por ciento).

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Para ir cerrando este primer punto, el fenómeno de denuncia tipo “escrache”, es decir, aquel que implica la denuncia pública de un agresor, no es reciente en el feminismo. Se trata de la dirección que escogió la rama militante y más politizada del feminismo desde el sector laboral y el activismo. Fue empleado desde los años cuarenta, a partir del ingreso de las mujeres al mercado laboral y de que éstas comenzaron a realizar un trabajo remunerado. En ese entonces, la costumbre era organizar meetings en el espacio de trabajo, protegerse, acompañarse en el camino de regreso a casa, denunciar a los hombres que cometían abusos en las oficinas pegando carteles y fotos de éstos. El ingreso de las mujeres al mercado laboral no sólo extendió su tiempo de trabajo y lo trasladó de lo doméstico a lo público; también contribuyó a su autonomía y su emancipación. Además, no sorprende el hecho de que los sectores de izquierda y de vanguardia social y política hayan sido los portavoces de ese cambio. En este sentido, el movimiento #MeToo en México puede verse como un proceso de descomposición y recomposición social que implica a todos los miembros de un grupo y a todos sus ámbitos, involucrando lo político, lo económico y lo jurídico. Retomando las palabras del antropólogo clásico Marcel Mauss se trata de un hecho social total e implica entenderlo no como un efecto pasajero de la moda ni como un sencillo reflejo de cierto tiempo, sino en relación con los cambios que se están entretejiendo hoy en nuestra sociedad y en sus sectores de vanguardia. En particular, dentro del feminismo actual, el activismo visibiliza la problemática de descalificación y odio que sigue afectando a las mujeres más vulnerables y más críticas, así como las lógicas de poder que las debilitan. Además, desde una militancia incluyente, el movimiento MeToo ayuda a representar en el feminismo las diferentes realidades de la condición de ser mujer en nuestra sociedad y, sobre todo, a las mujeres más vulnerables.

Por lo que, la segunda respuesta que se puede elaborar desde el feminismo actual tiene que ver con el activismo, con los posibles puentes entre activismo y feminismo. Plantea la pregunta de qué significa ser activista en nuestro continente. La respuesta a ella tiene que ver con lo político y la crisis de la democracia. Actualmente, muchos movimientos altermundistas en temas de violencia sexual, ecología, migración buscan cuestionar la ficción del derecho, la violencia del Poder Ejecutivo y del Estado, y proponen otra manera de hacer política. Sobre todo, quieren desordenar y desestabilizar la violencia y el poder legítimo presentes en un sistema que se volvió punitivo y aplica el castigo sobre los cuerpos vulnerables. En nuestro continente, la represión de los actos de activismo se agudiza por el hecho de ser mujer. Ejemplo de ello es el asesinato de la ecologista hondureña Berta Cáceres, quien recibió el famoso Premio Medioambiental Goldman. Berta era líder de una comunidad indígena y una gran defensora de los derechos humanos. La policía intentó esconder su asesinato tras el argumento de un robo en su casa. Su familia debió atravesar un juicio de dos años, obstaculizado por el Poder Ejecutivo, antes de lograr la condena de siete hombres de la empresa Desarrollos Energéticos (Desa), quienes enviaron un sicario a la casa de la activista. Berta tenía 44 años y se oponía a la construcción de una represa por la empresa Desa en el noroeste de Honduras, debido a que ésta causaba daños a los mantos acuíferos y a la comunidad. En México, a principios de 2018, entre muchos otros casos de feminicidio y de desaparición forzada, se produjo el feminicidio de la líder comunitaria Guadalupe Campanur, de 32 años, el cual fue disfrazado de crimen pasional. Después de ser estrangulada, su cuerpo sin vida fue abandonado en una carretera del estado de Michoacán. Guadalupe había participado en la ronda comunitaria contra el crimen organizado y en el gobierno municipal que se conformó en Cherán desde 2011.

Como podemos ver, el cambio político impulsado desde el activismo en nuestro continente no se deslumbra con lo retórico ni con el pensamiento, y centra su atención en aquello que refleja una acción directa, en la impartición de una justicia que se apega al Estado de derecho. Incluso se podría decir, y lo sabemos a través de nuestra propia experiencia en la acción política, que, cuando en la política sólo hay retórica, los hombres y las mujeres desaparecen. Además, esto cuestiona los poderes establecidos como dinámica y único desplazamiento posible, una dinámica a partir de la cual hace años se está desestabilizando profundamente la democracia. Hoy, ante las incoherencias de los candidatos democráticos, los ciudadanos prefieren provocar a la democracia y sus representantes. En Estados-Unidos, durante las últimas elecciones presidenciales este tipo de incoherencias permitió que Donald Trump llegara a ser presidente.

Para resumir este segundo punto, ser activista significa poner nuestras competencias

técnicas y políticas al servicio de una causa; constituye una manera de desestabilizar la

violencia aceptada como legítima, en tanto forma parte de un proceso político e histórico

que impone que el Estado y los poderes Ejecutivo y Judicial cumplan las funciones de

defensa de las y los ciudadanos. Frente a esto, el activismo es una de las respuestas que

como ciudadanos tendremos que abordar con más claridad y que el feminismo de nuestro

continente deberá tomar en cuenta si quiere seguir avanzando en su dimensión crítica y en sus luchas.

Una tercera respuesta aún latente apuesta por hipótesis más provocadoras para el movimiento MeToo y el feminismo latinoamericano. Gira en torno a asumir o no una posible guerra entre los sexos. Tomando en cuenta cómo son las cosas, cómo se dio el debate en México, la dramática realidad que muestra nuestro contexto, pareciera que los hombres hacen la guerra, y además intrigan con el propósito de servir a sus propios intereses y/o perjudicar a las mujeres. En este sentido, quiero plantear una polémica para el debate: ¿desde la condición de ser mujer, tendríamos que reconocer la guerra como una situación de hecho?, o peor aún, ¿tendríamos que decidir hacer la guerra activamente?

El 3 de abril, en Twitter se abrió la cuenta #MeTooHombres/@MeTooMenPower, a través de la cual se expresan opiniones esencialmente misóginas y descalificadoras, además de amenazas directas, contra las cuentas de MeToo Mexico. Después de transcurridas menos de 17 horas, en esta cuenta abierta por hombres apareció en letras mayúsculas la exigencia: “LE DOY 24 HORAS A @METOOMUSICAMX PARA SACAR LAS PRIMERAS PRUEBAS Y ASÍ FRENAR UNA GUERRA SIN CUARTEL @lopezdoriga @El_Universal_Mx @reformanacional”. “¡Frenar una guerra…!” Es importante decir que en este momento del movimiento muchos hombres se opusieron a #MeTooHombres desde sus propias cuentas, con humor y argumentos coherentes. A pesar de ello, pocas horas después se cerró la cuenta @metoomusicamx; no obstante, fue reabierta durante el transcurso del mes de abril. Al mismo tiempo, en Centroamérica, se llevaron a cabo varios intentos de demandas contra el movimiento #MeTooCA.

Finalmente, y ante la desesperación reinante en el ambiente, #MeTooHombres/@MeTooMenPower asumió un tema que estaba en todas las bocas desde mucho tiempo atrás. Eso, ¿será una guerra? Desde la reivindicación identitaria y las banderas hombre/mujer que el feminismo intentó desplazar o matizar ¿somos enemigos? A nivel conceptual, el tema fue tratado de manera muy clara por Simone de Beauvoir en la introducción a El segundo sexo. Las problemáticas de la mujer, del pueblo negro, de la esclavitud, de la colonización de América, no corresponden a la dinámica amigo/enemigo, no corresponden a una dinámica de guerra. Según Simone de Beauvoir la dinámica amigo/enemigo puede verse en el caso del pueblo judío; en el resto de los casos se evidencia la dinámica de amo y esclavo descrita por Hegel. El enemigo, nos recuerda Simone de Beauvoir, es aquel que no tiene ningún espacio en el mundo, que no tiene derecho a vivir bajo ninguna condición, ni siquiera la de esclavo. En la dialéctica de Hegel, la existencia es posible, por lo menos en el teatro del poder y bajo los contratos, los derechos, el trabajo, el Estado, la cultura y el arte. Sin embargo, la postura de Simone de Beauvoir, que instaló las piedras inaugurales del feminismo europeo, mantuvo la paradoja, legitimando la posición de la mujer como esclava y fortaleciendo al patriarcado. El otro punto delicado es que en México se impuso un imaginario sobre el enemigo que funciona de manera eficaz, y responde a la forma tan traumática en que se elaboró su propia historia sobre la colonización; ese imaginario actúa en dos sentidos: desde los hombres en su interpretación de algunas mujeres y desde las mujeres en su interpretación y en las experiencias que tuvieron con los hombres. Para entender cómo actúa esta dinámica, hay que entender cómo nos relacionamos cuando creemos que el otro es un peligro y tener la certeza de que lo que hace un imaginario lo puede deshacer otro imaginario.

Para terminar, recordaremos la expresión francesa “C ́est de bonne guerre” [Es de buena guerra], usada para caracterizar a aquellos que aceptan perder. Así, en un conflicto que opone a dos partes, uno acepta su caída, admite perder, entrega sus armas, renuncia a ellas, abandona su posición, reconoce que no hay otro modo. Al feminismo contemporáneo no le queda otra manera más que encontrar las dinámicas y los espacios que lo empoderen y hagan caer las armas de todos. 

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Foto: Revelar.si – Coletivo de Fotófrafas do Coque, Brasil.

A guerra dos sexos? #MeToo no México


Por Elodie Segal

Tradução Helena Silvestre

No final de março de 2019, vários homens próximos a setores profissionais progressistas foram expostos por um grupo de militantes feministas que garantiram um espaço através de uma hashtag MeToo no Twitter, a fim de facilitar a palavra às mulheres sobre o assunto de violência sexual. Ninguém poderia prever a amplitude que o fenômeno adquiriria no México, a polêmica que causou e nem o ato irreparável que uma personalidade musical cometeu após ver seu nome aparecer na tela. O movimento #MeToo México desencadeou um processo semelhante na América Central, #MeTooCA. Ativistas e militantes da Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicarágua, Costa Rica e Panamá criaram seu próprio movimento. Em geral, se milita de maneira direta em favor de espaços literários e artísticos livres de violência sexual. São exigidas ações claras: o desenvolvimento de protocolos e mecanismos de apoio às mulheres, para que a premiação, o emprego, o reconhecimento e a participação em festivais ou a divulgação de textos levem em consideração o abuso sexual. Como veremos no caso mexicano, quando examinamos atentamente os fatos apresentados por mulheres que falam por experiência própria, a questão das queixas se torna mais complexa, pois revelam a seriedade dos casos e o fracasso de medidas legais existentes. Em particular, no México, o movimento desestabiliza o setor empresarial e a mídia, mostrando a necessidade de projetar protocolos a esse respeito. Além disso, pela primeira vez, os estudantes universitários são expostos, o que é ainda mais forte, porque se supõe que a universidade deveria é um espaço mais institucionalizado do que outros. Embora seja verdade que, há vários anos, surgiram iniciativas de hashtag sobre o assunto, o espaço da internet precisa ser contextualizado. É à partir da violência sexual e criminal existente no México que podemos entender o movimento. Devido às especificidades territoriais com que a violência sexual e criminal contra as mulheres ocorre em nosso país, o movimento #MeToo não pode se associar ao movimento americano. Isso significa que, no México, novas respostas devem ser articuladas a partir do feminismo que subscreve o movimento MeToo. Por um lado, fazendo um esforço para tornar mais visíveis e tipificar os atos de violência contra as mulheres. Por outro lado, enquanto movimento mexicano MeToo, suas demandas políticas e reivindicações não compreendem o movimento feminista em geral, estender as pontes entre os dois permitirá forjar um feminismo latino-americano de hoje.

Entre essas novas respostas, uma delas tem a ver com uma questão denunciada pelos movimentos feministas: o ódio como uma característica dinâmica estrutural do vínculo original com as mulheres. Para entendê-lo em nosso caso, é necessário entender a existência de uma assimetria entre o debate que desqualifica o movimento MeToo e a seriedade das queixas e demandas das mulheres. O debate gerado levou à discussão nas redes sociais sobre se as mulheres se manifestavam por vingança, se era sua imaturidade, se estavam dizendo a verdade, o que era pior, se o abuso ou a vingança, e sobre legalidade ou não. desse tipo de ação por meio de uma hashtag. Em particular, no setor universitário houve críticas ao movimento MeToo, que acusaram o movimento de acolher as intenções de linchamento e vingança das mulheres que falaram. Foram reações viscerais, através das quais as pessoas se projetavam. O pano de fundo revela uma dinâmica – há muito denunciada pelos movimentos feministas – ainda em vigor no manuseio da lógica do poder. Ela focaliza a misoginia e suas estruturas, isto é, a existência de ódio organizado das mulheres que falam, do ódio dos homens por essas mulheres e do ódio das mulheres por mulheres que denunciam. O mesmo ódio que parecia alimentar um debate vazio que desqualifica o movimento, alegando que abriga mulheres que odeiam homens. O poder sempre foi administrado contra as mulheres, impedindo-as de acessar seu próprio corpo, desqualificando-as e, consequentemente, rechaçando-as dos espaços de conhecimento e poder. É surpreendente a dificuldade que temos para aceitar a violência que exercemos e, pelo contrário, nossa facilidade de responder com mais violência. Por esse motivo, o ramo mais militante do feminismo latino-americano está construindo uma posição desde a base, desde as mulheres mais vulneráveis, e proclama a necessidade de receber reclamações de mulheres que decidem falar com um «eu acredito em você» (yo te creo). Além disso, as estatísticas confirmam a necessidade de tal postura. No nível dos fatos e demandas do movimento MeToo no México, os primeiros números começaram a aparecer. Temos estudos em primeira mão. Em 5 de abril, uma pesquisa foi publicada pelo grupo de feministas Morras Help Morras, com base no testemunho de 304 mulheres que participaram do movimento MeToo. Na realidade, podemos observar uma assimetria entre a seriedade dos fatos denunciados e as poucas demandas de reparação demandadas pelas mulheres. As tendências mostram que 90% dos relatos de violência correspondem a eventos graves e violam um ou mais direitos humanos. As queixas mais citadas são as de assédio sexual, que registraram 100 casos; seguido de violência emocional com 44 casos, agressão sexual com 38 casos, estupro com 37 casos, espancamentos com 29 casos e tentativa de feminicídio com 7 casos. Em um continuum relacionado à violência sexual e criminal, podemos argumentar: o que bate insulta, o que insulta mata e o que mata bate. Essa amostra de 304 casos mostra que os agressores eram, em primeiro lugar, homens que não pertenciam à união cultural / artística em 85 casos, escritores em 71 casos e acadêmicos em 31 casos. Isso significa que o que está sendo questionado por setores progressistas está desestabilizando outros setores. Além disso, destaca a urgência de os estudantes universitários agirem em suas próprias instituições. Outro fato fundamental revelado por esse primeiro esforço para tipificar os fatos denunciados no movimento MeToo é a ineficiência do Ministério Público, instituições e empresas em abordar os fatos. Nesse sentido, detecta-se que os casos não são atendidos pelo Ministério Público, que existem erros na execução dos procedimentos, que os anos passam sem respostas, que há dificuldade em tipificar os casos – por exemplo, não fica claro se um estupro é considerado um delito (julgado da mesma maneira que o roubo de uma motocicleta) ou um crime. Nesse contexto, que reflete o problema da violência sexual e criminal no México, parece evidente que as demandas das mulheres não têm nada a ver com vingança ou linchamento. Inclusive se pode até questionar as poucas denúncias que elas fazem. Até agora, elas não expressaram uma vontade clara de exigir reparação, o que parece fundamental. As mulheres pedem que o agressor faça terapia e participe dos grupos de masculinidade (47,7%), que proceda de acordo com a lei (21,1%) e que haja desculpas públicas (15,2%).

Foto: Revelar.si – Coletivo de Fotógrafas do Coque, Brasil.

Para ir fechando esse primeiro ponto, o fenômeno da denúncia “escrache”, ou seja, o que implica a denúncia pública de um agressor, não é recente no feminismo. Essa é a direção escolhida pelo setor mais politizado e militante do feminismo desde o setor trabalhista e o ativismo. Foi utilizado na década de 1940, após a entrada de mulheres no mercado de trabalho e depois que começaram a realizar trabalhos remunerados. Naquela época, o costume era organizar reuniões no espaço de trabalho, proteger-se, acompanhá-las no caminho de volta para casa, denunciar os homens que cometeram abusos nos escritórios colocando cartazes e fotos deles. A entrada das mulheres no mercado de trabalho não apenas estendeu seu tempo de trabalho e o mudou do doméstico para o público; também contribuiu para sua autonomia e emancipação. Além disso, não surpreende que os setores de esquerda e de vanguarda social e política tenham sido os porta-vozes dessa mudança. Nesse sentido, o movimento #MeToo no México pode ser visto como um processo de decomposição e recomposição social que envolve todos os membros de um grupo e todas as suas esferas, envolvendo o político, o econômico e o jurídico. Tomando as palavras do antropólogo clássico Marcel Mauss, é um fato social total e implica entendê-lo não como um efeito passageiro da moda ou como um simples reflexo de um certo tempo, mas em relação às mudanças que estão sendo entrelaçadas hoje em nossa sociedade e em seus setores de ponta. Em particular, no feminismo atual, o ativismo torna visível o problema de desqualificação e ódio que continua a afetar as mulheres mais vulneráveis ​​e críticas, bem como a lógica do poder que as enfraquece. Além disso, a partir de uma militância inclusiva, o movimento MeToo ajuda a representar no feminismo as diferentes realidades da condição de ser mulher em nossa sociedade e, acima de tudo, as mulheres mais vulneráveis.

Portanto, a segunda resposta que pode ser elaborada a partir do feminismo atual tem a ver com ativismo, com as possíveis pontes entre ativismo e feminismo. Isso levanta a questão do que significa ser um ativista em nosso continente. A resposta tem a ver com a política e a crise da democracia. Atualmente, muitos movimentos altermundistas em questões de violência sexual, ecologia e migração procuram questionar a ficção do direito, a violência do Poder Executivo e do Estado, e propor outra maneira de fazer política. Acima de tudo, eles querem desorganizar e desestabilizar a violência e o poder legítimo presentes em um sistema que se tornou punitivo e aplica punição aos corpos vulneráveis. Em nosso continente, a repressão aos atos de ativistas é exacerbada por ser mulher. Um exemplo disso é o assassinato da ecologista hondurenha Berta Cáceres, que recebeu o famoso Prêmio Ambiental Goldman. Berta era a líder de uma comunidade indígena e uma grande defensora dos direitos humanos. A polícia tentou esconder seu assassinato com base em um roubo em sua casa. Sua família passou por um julgamento de dois anos, dificultado pelo Poder Executivo, antes de obter a sentença de sete homens da empresa Desarrollos Energéticos (Desa), que enviou um assassino contratado para a casa da ativista. Berta tinha 44 anos e se opôs à construção de uma barragem pela empresa Desa, no noroeste de Honduras, porque causou danos aos aquíferos e à comunidade. No México, no início de 2018, entre muitos outros casos de feminicídio e desaparecimento forçado, houve o feminicídio da líder comunitária Guadalupe Campanur, 32, que foi disfarçado de crime passional. Depois de ser estrangulada, seu corpo sem vida foi abandonado em uma estrada no estado de Michoacán. Guadalupe participou da ronda comunitária contra o crime organizado e do governo municipal formado em Cherán desde 2011.

Como podemos ver, a mudança política promovida pelo ativismo em nosso continente não se deslumbra nem com retórica nem com o pensamento;  concentra sua atenção naquilo que reflete a ação direta, na promoção de uma justiça que se apega ao estado de direito. . Pode-se até dizer, e sabemos de nossa própria experiência em ação política, que quando há apenas retórica na política, homens e mulheres desaparecem. Ademais, isso questiona os poderes estabelecidos como dinâmica e único deslocamento possível, uma dinâmica que há anos tem desestabilizado profundamente a democracia. Hoje, diante das incoerências dos candidatos democráticos, os cidadãos preferem provocar a democracia e seus representantes. Nos Estados Unidos, durante as últimas eleições presidenciais, esse tipo de inconsistência permitiu que Donald Trump se tornasse presidente.

Para resumir este segundo ponto, ser ativista significa colocar nossas habilidades

técnicas e políticas ao serviço de uma causa; constitui uma maneira de desestabilizar o

violência aceita como legítima, enquanto parte de um processo político e histórico

impõe que o Estado e os poderes Executivo e Judiciário cumpram as funções de

defesa dos cidadãos. Diante disso, o ativismo é uma das respostas que, como cidadãos, teremos que abordar  mais claramente e que o feminismo de nosso continente deverá levar em consideração se deseja continuar avançando em sua dimensão crítica e em suas lutas.

Uma terceira resposta ainda latente aposta em hipóteses mais provocativas para o movimento MeToo e o feminismo latino-americano. Ele gira em torno de assumir ou não uma guerra possível entre os sexos. Levando em conta como estão as coisas, como ocorreu o debate no México, a realidade dramática que nosso contexto mostra, parece que os homens fazem guerra e também intrigam com o objetivo de servir seus próprios interesses e / ou prejudicar os mulheres Nesse sentido, quero levantar uma controvérsia para o debate: a partir da condição de mulher, teríamos que reconhecer a guerra como uma situação factual ou, pior ainda, teríamos que decidir fazer guerra ativamente?

Em 3 de abril, a conta # MeTooHombres / @ MeTooMenPower foi aberta no Twitter, através da qual são expressas opiniões essencialmente misóginas e desqualificantes, além de ameaças diretas, contra as contas do MeToo México. Após menos de 17 horas, nessa conta aberta pelos homens, a demanda apareceu em letras maiúsculas: “DÊ 24 HORAS AO @METOOMUSICAMX PARA TOMAR A PRIMEIRA EVIDÊNCIA E PARE UMA GUERRA SEM TRIMESTRE @lopezdoriga @El_Universal_Mx @reformacional”. «Pare uma guerra …!» É importante dizer que, neste momento do movimento, muitos homens se opuseram ao #MeTooMen por conta própria, com humor e argumentos coerentes. Apesar disso, poucas horas depois, a conta @metoomusicamx foi fechada; no entanto, foi reaberto durante o mês de abril. Ao mesmo tempo, na América Central, várias tentativas foram feitas em processos contra o movimento #MeTooCA.

Finalmente, e diante do desespero que prevalece no meio ambiente, o # MeTooMen / @ MeTooMenPower assumiu um tema que estava presente em todas as bocas por um longo tempo. Isso será uma guerra? A partir da reivindicação de identidade e das bandeiras homem / mulher que o feminismo tentou deslocar ou qualificar, somos inimigos? Conceitualmente, o assunto foi tratado com muita clareza por Simone de Beauvoir na introdução de The Second Sex. Os problemas das mulheres, do povo negro, da escravidão, da colonização da América, não correspondem à dinâmica amigo / inimigo, não correspondem a uma dinâmica de guerra. Segundo Simone de Beauvoir, a dinâmica amigo / inimigo pode ser vista no caso do povo judeu; nos demais casos, a dinâmica de mestre e escravo descrita por Hegel é evidente. Simone de Beauvoir nos lembra que o inimigo é aquele que não tem espaço no mundo, que não tem o direito de viver sob nenhuma condição, nem mesmo a de um escravo. Na dialética de Hegel, a existência é possível, pelo menos no teatro do poder e sob contratos, direitos, trabalho, estado, cultura e arte. No entanto, a posição de Simone de Beauvoir, que instalou as pedras inaugurais do feminismo europeu, manteve o paradoxo, legitimando a posição das mulheres como escravas e fortalecendo o patriarcado. O outro ponto delicado é que, no México, uma imagem foi imposta ao inimigo que funciona efetivamente e responde à maneira muito traumática em que sua própria história de colonização foi elaborada; Esse imaginário funciona de duas maneiras: dos homens na interpretação de algumas mulheres e das mulheres na interpretação e nas experiências que tiveram com os homens. Para entender como essa dinâmica funciona, precisamos entender como nos relacionamos quando acreditamos que o outro é um perigo e ter certeza de que o que um imaginário faz pode ser desfeito por outro imaginário.

Para finalizar, lembraremos a expressão francesa “C ́est de bonne guerre” [É de boa guerra], usada para caracterizar quem aceita perder. Assim, em um conflito que se opõe a duas partes, uma aceita sua queda, admite perder, entrega suas armas, as renuncía, abandona sua posição, reconhece que não há outro caminho. O feminismo contemporâneo não tem outra escolha senão encontrar a dinâmica e os espaços que o capacitam e fazem cair as armas de todos.

One thought on “¿La guerra de los sexos? #MeToo en México”

  1. Litigamos en feminicidio de Lupita Campanur de la comunidad de Cherán, defendimos a Lupita junto con su familia, por el contrario el concejo de Cherán culpó y dio ese homicidio cómo pasional y peores cosas, no dejo que hiciéramos un proceso dé reinvindicación de la víctima, defendió al agresor. Creo que es necesario precisar que logramos que no fuera pasional.

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