Ir ao artigo em português

En México, a poco más de cien kilómetros del Puerto de Veracruz, se encuentra el municipio de Amatlán de los Reyes, y dentro de él, el poblado Guadalupe La Patrona, lugar rodeado por montañas por el cual pasa cotidianamente el famoso tren llamado La Bestia. Éste hace un recorrido de miles de kilómetros que van desde la frontera de Guatemala hasta el norte de México. Guadalupe La Patrona se ha convertido en un lugar emblemático, ya que por él atraviesan cientos de migrantes centroamericanos al día, encima del tren. El 90% de ellos son hondureños; algunos, muy pocos, salvadoreños, guatemaltecos y nicaragüenses. Migración forzada de miles de hombres, mujeres y niños, que buscan ese cada día más irreal y lejano “sueño americano” :llegar a los Estados Unidos.  

Los pasados días 14 y 15 de febrero, un grupo de mujeres apodadas “Las Patronas” celebraron veinticinco años de una lucha incansable: la de defender y alimentar al migrante centroamericano en su paso por Veracruz. En este reportaje ofrecemos un primer panorama de la historia y los rostros de estas mujeres:  

La primera generación: Leonila Vásquez 

Fotografía: Ivonne Roue

Leonila es la mujer que comenzó con este trabajo humanitario en el año 1994. Su esposo trabajaba para poder mantener a su familia, mientras ella y sus hijos salían al campo a cortar quelite blanco (hierbas silvestres de origen mexicano) y poder ofrecerles por lo menos eso a los muchachos del tren, junto con frijoles y tortillas. Cuenta que el poco dinero que iba teniendo lo invertía en los ‘lonches’ que ella preparaba, y dice: “La gente de aquí me decía que si estaba yo loca para dar de comer a esas gentes, pero de que empecé yo a dar, ya nunca paré. Dios me bendijo para que yo ayudara”. 

Recuerda al tren de ese entonces pasar con cientos de personas, y dice que los ‘lonches’ que ella ofrecía nunca eran suficientes; también les aventaban fruta y botellas de agua: “Lo que tuviera yo a la mano, y corría pa´ lla y pa´ ca aventándoles a todos los que podía”. A pesar de que para Leonila fue un gran esfuerzo alimentar a doce hijos, más lo que diariamente ofrecía a los migrantes dice orgullosa: “Pero no se me hizo pesado”; y sonríe. 

Luego prosigue: “Una señora del mercado, doña Carmen, fue la primera que me ayudó dándome arroz para darles a ellos”. Pero eso no bastaba, y no fue hasta que se filmó el documental ‘El tren de las moscas’ en 2010, cuando oficialmente llegó ayuda y voluntarios al colectivo de Las Patronas, que para ese entonces ya estaba consolidado. Tiempo en que se preparaban 20 kilos de arroz y 20 de fríjoles, cada día. Leonila dice que, en la actualidad, la labor se ha hecho menos porque los centroamericanos ahora prefieren viajar de noche para cuidarse de ser deportados. Se ha pasado a cocinar 10 kilos de comida al día, a veces hasta menos.  

Leonila Vázquez tiene hoy ochenta y cuatro años, y veinticinco de ellos los ha pasado tendiéndole la mano al migrante. En esta celebración en ningún momento se dejó de mencionar su nombre, ni de ser foco de atención para todo el que llegaba.

Segunda generación: Norma -Rosa – Julia – Bernarda-  Bertha – Antonia

La coordinadora del grupo actualmente es Norma Romero Vázquez, hija de Leonila. Tras esta celebración ofreció un discurso frente a los invitados diciendo: “Nosotras Las Patronas no hemos caminado solas, sino con muchísima gente. Todos en conjunto nos han enseñado a ser humanas y a ser conscientes de la realidad que hoy estamos viviendo y que nos hace ser fuertes, luchar por los sueños (así como los migrantes sueñan), nosotras soñábamos con un cambio personal y ahora se ha hecho, porque somos fuertes y somos luchadoras de la esperanza y de la fe. Acompañando a todas esas personas que han pasado por este espacio o al lado de las vías, o por La Bestia;  personas que han padecido y otras que han perdido la vida intentando cruzar, nosotras sabemos que al menos al pasar por aquí, todos ellos se llevaron una sonrisa, un taco a la boca y una bendición”.

Norma agradece la solidaridad de todos los que durante estos años las han ayudado y pone énfasis en el padre Alejandro Solalinde, en monseñor Raúl Vera y en los franciscanos, quienes las han ayudado cada uno desde sus iglesias, sus comisiones y sus posibilidades. 

Por su parte, Julia Ramírez Rojas dice que cada una de ellas tiene una experiencia diferente de contar acerca de su labor con el migrante. Ella está en el colectivo desde hace 19 años de estar en el colectivo. Al principio recuerda el gran trabajo que era hacer 40 kilos de comida, ya que hace casi veinte años pasaban dos o tres trenes al día. 

Recuerda su primera experiencia de ayuda, cuando estando en su casa, que está en las vías del tren, un muchacho de dieciséis años se acercó a la ventana. “Y me dijo:  Madre,  buenas tardes, soy de Honduras, tengo mucha hambre, quisiera que usted me diera una tortilla dura; y yo lo que le dije fue, Mira hijo, yo no tengo nada más que frijoles y ‘blanquillos’ [huevos]. El respondió: No importa, madre, todo es bueno. Así que comencé a freír los ‘blanquillos’, calenté los frijoles, y mientras mi esposo lo atendía y le hacía preguntas de ¿Por qué venía en el tren? ¿Por qué salía de su país? ¿Cuál era su meta? Y entonces, al terminar, le di yo un envuelto de tacos y me dice, Gracias madre, que Dios me la bendiga. Y se fue. Pero yo seguí haciendo más ‘lonches’, porque yo veía que había más migrantes afuera y en eso vi una sombra tras de mí como que se iba y regresaba en el patio, y pensé: Qué querrá ese chavo, que ya le di sus tacos; y entonces regresó el muchacho y me dijo: Madre, le pido un favor, yo quisiera que usted me diera la bendición porque yo me la encontré a usted como madre y mire, la verdad yo voy solo, no llevo a nadie y me siento triste”. Entonces Julia lo persignó, y en ese momento recuerda haber sentido un escalofrío que le hizo darse cuenta del reflejo de que ese muchacho podía ser su hijo de sangre. Y así fue comenzó a ofrecer comida hace 19 años.

Tercera generación:

María Karina y Karla María son hijas de Antonia, son cuatas [hermanas que nacieron en bolsas separadas] y tienen 25 años. Dice María Karina: “Muchas veces, cuando no ves una problemática social no te acercas, y cuando la ves, te pasas derecho. Yo cuando era niña no veía la labor tan grande que han hecho todas las mujeres de mi familia desde hace años”. 

Es hasta 2009 que ella y su hermana tienen ese primer acercamiento con “la migración, como tal” dice. Recuerda el tabú que se decía en el pueblo de que las mujeres debían tener cuidado porque los migrantes, en su mayoría, eran hombres y había que cuidarse de ellos. Pero María Karina dice con orgullo que su familia fue la primera en romper con esa visión hacia el migrante: “No, que alguien sea migrante no significa que esa persona vaya a ser mala”.

Habla de la emoción y adrenalina que se siente estar parado frente al tren, y de que cada día se renueva y nace una experiencia con rostros distintos que se asoman del tren y/o con los que pasan al albergue y con los cuales convive, a veces por períodos largo. 

Ambas, contentas, nos reciben en un stand especial dedicado a la venta de ‘souvenirs’ y productos artesanales. Todo creado por ellas mismas y vendido en diferentes lugares para mantener los gastos del albergue. Camisas, bolsas, productos con material reciclado; café, salsas, dulces. Todo es válido con tal de sacar un apoyo extra para ese santuario que han levantado Las Patronas y donde reciben cada día a sus hermanos centroamericanos.  

Evelyn tiene 13 años y es sobrina de Norma, se considera solamente una ayudante de Las Patronas. Ella viene al albergue los días que puede y ayuda en todo: haciendo comida, limpiando, barriendo, lo que haya que hacer. Se siente orgullosa de poder ser parte de una familia de mujeres que tiene la tradición de ayudar. Sonríe cuando le preguntamos si se ve siendo una Patrona en algunos años y no duda en responder: “Sí, sí me gustaría”.

No ahonda mucho en la plática, le importa estar al lado de su tía Norma para apoyarla en cualquier cosa que haga falta en esta fiesta. Su emoción es evidente, no quiere perderse de nada, es su otro cumpleaños, el colectivo. 

* * *

Los ‘lonches’

Cada una de ellas tiene su día de labor y sus responsabilidades: unas van 4 días a la semana a traer el pan que les dona la empresa Chedraui en Córdoba, ciudad cercana a Guadalupe La Patrona, y también por tortillas ‘frías’ que otras empresas donan. Siempre en especie, con víveres.

Otras más se dedican a salir a dar charlas sobre su labor en otros estados, universidades y hasta en otros países, allí donde las inviten van. Y las últimas permanecen en el albergue haciendo la comida para cuando pase el tren, o cuidando la papelería que abrieron entre todas como parte del albergue. En los ‘lonches’ ofrecen: arroz, frijoles y tortillas, además de atún y pan. También a la par botellas de agua.  

Antes Las Patronas no tenían un aproximado de la hora en que La Bestia pasaba por la comunidad. Se guiaban solo por el sonido del tren y era el momento en que salían corriendo con sus ‘lonches’. Ahora les avisan las horas a las que pasa el tren y la cantidad de personas que aproximadamente van en cada uno, así ellas tienen tiempo suficiente para preparar todo y estar a tiempo en las vías.

Dicen que hay conductores que cuando pasan por el pueblo bajan la velocidad, dando oportunidad de que los migrantes puedan atrapar la comida; pero también hay otros que se siguen de largo y a veces ellas no logran ‘aventar’ las bolsas suficientes.

Las Patronas no reciben un sueldo por esta labor. Dice Julia: “Nosotras estamos los 365 días del año, aquí no hay festivos, ni vacaciones; pasamos aquí navidad, año nuevo, semana santa, todos santos, todos los días; y cuando nos llegan migrantes aquí al albergue, nosotras vivimos con ellos”. Todas recalcan que así como pasan momentos alegres, también hay ratos de tristeza y preocupación, ya que hay casos de personas que caen del tren y ellas son las que los llevan al Seguro Social y los cuidan en su recuperación. Permanecen en el albergue hasta que están listos para seguir su camino. 

No es fácil esta labor, pues todas tienen casa y familia; y también requieren tiempo para ellas. Además de ser Patronas, son madres, hijas y esposas. No obstante, ir todos los días al albergue es también parte de su vida y siempre tienen destinado el tiempo necesario para estar allí. Las Patronas agradecen contar con la ayuda de voluntarios, que llegan de todas partes del mundo a pasar temporadas en el albergue para ayudar en todas las labores. Siempre abiertas a aceptar la ayuda de todos los que quieran sumarse. 

Las Patronas son un ejemplo más de doce mujeres que, sin escuchar los prejuicios de otras épocas, decidieron firmemente dedicar su vida a esta nobilísima causa. Han ganado premios  y reconocimientos tales como el Premio Nacional de Derechos Humanos en 2013; nominadas en 2015 al Premio Princesa de Asturias de la Condordia, y  han sido festejadas con todo ese honor que ellas hacen sentir.  El ayudar a ese hermano que le tocó ser ciudadano de aquellos países con más violencia y pobreza de América Latina es lo que le ha dado sentido a sus vidas. Sin importar las adversidades, ellas están, estuvieron y estarán ahí, en su colorido albergue, que ha sido santuario para muchos y salvación para otros.

.

Las Patronas: 25 anos alimentando migrantes no México

Foto: Ivonne Roue

Tradução: Larissa Bontempi

No México, a pouco mais de 100 km do Porto de Veracruz, encontra-se o município de Amatlán de los Reyes, e, dentro dele, o povoado Guadalupe La Patrona, lugar rodeado por montanhas, pelo qual passa cotidianamente o famoso trem La Bestia, que faz um percurso de milhares de quilômetros, que vão da fronteira da Guatemala até o norte do México. Guadalupe La Patrona se transformou em um lugar emblemático, já que centenas de migrantes centro-americanos passam por ali de trem todos os dias. 90% deles são hondurenhos; alguns, muito poucos, salvadorenhos, guatemaltecos e nicaraguenses. É a migração forçada de milhares de homens, mulheres e crianças que buscam (esse que é a cada dia mais irreal e distante) o “sonho americano” de chegar aos Estados Unidos. 

Nos últimos 14 e 15 de fevereiro, um grupo de mulheres apelidadas como “As Patroas” (Las Patronas, em espanhol) comemorou 25 anos de uma luta incansável; defender e alimentar migrantes centro-americanos em sua passagem por Veracruz. Nesta reportagem, oferecemos um primeiro panorama da história dos rostos dessas mulheres:  

A primeira geração: Leonila Vásquez 

Foto: Ivonne Roue

Leonila é a mulher que começou este trabalho humanitário no ano de 1994. Seu esposo trabalhava para poder manter a família enquanto ela e os filhos iam para o campo cortar quelite blanco (ervas silvestres de origem mexicana), para poder oferecer isso aos rapazes do trem, junto com frijoles e totillas. Conta que investia o pouco dinheiro que ganhava nos “lanches” que ela preparava e diz: As pessoas daqui me perguntavam se eu estava louca por alimentar essas pessoas, mas desde que comecei a fazer isso, nunca parei. Deus me abençoou para que eu ajudasse.

Lembra que o trem dessa época passava com centenas de pessoas, e os “lanches” que ela oferecia nunca eram suficientes; ela também dava frutas e garrafas d’água: entregava o que tivesse nas mãos, corria daqui pra lá, entregava o máximo que conseguisse. Embora tenha sido um grande esforço alimentar doze filhos, além do que oferecia diariamente aos migrantes, Leonila se diz orgulhosa e sorri: não foi pesado.

E prossegue: uma senhora do mercado, dona Carmen, foi a primeira a me ajudar com arroz para dar a eles. Mas isso não era o bastante, e só quando o documentário “El tren de las moscas” foi gravado em 2010 é que vieram oficialmente a ajuda e os voluntários do coletivo Las Patronas, que nessa época já estava consolidado. Tempos em que eram preparados diariamente 20 kg de arroz e 20 kg de frijol. Leonila diz que, hoje em dia, o trabalho é menor porque agora os centro-americanos preferem viajar à noite para evitar ser deportados. Passaram a cozinhar 10 kg de comida por dia, às vezes até menos.  

Atualmente, Leonila Vázquez tem 84 anos e passou 25 deles estendendo a mão aos migrantes. Nessa comemoração, não deixou de ter seu nome mencionado em nenhum momento, nem de ser o foco da atenção dos que chegavam.

Segunda geração: Norma -Rosa – Julia – Bernarda-  Bertha – Antonia

Atualmente, a coordenadora do grupo é Norma Romero Vázquez, filha de Leonila. Depois da comemoração, deu um discurso aos convidados, dizendo: Nós, Las Patronas, não caminhamos sozinhas, mas com muitas pessoas. Todos nos ensinaram coletivamente a ser humanas e conscientes da realidade que vivemos hoje e que nos torna fortes, nos faz lutar pelos sonhos (assim como os migrantes). Nós sonhávamos com uma mudança pessoal e agora ela aconteceu, pois somos fortes e lutadoras de esperança e de fé: acompanhando todas essas pessoas que passaram por este espaço, ao lado dos trilhos ou em “La Bestia”; algumas que padeceram e outras que perderam a vida tentando atravessar. Nós sabemos que, pelo menos ao passar por aqui, todos eles levavam um sorriso, um taco na boca e uma bênção. 

Norma agradece a solidariedade de todos os que ajudaram ao longo desses anos e dá ênfase ao Padre Alejandro Solalinde, ao monsenhor Raúl Vera e aos franciscanos, que ajudaram de dentro das suas igrejas, comissões e com suas possibilidades. 

Julia Ramírez Rojas, por sua vez, diz que cada uma delas tem uma experiencia diferente para contar sobre o trabalho com migrantes. Convidada por Norma Romero para fazer parte do coletivo há 19 anos, ela se tornou uma peça a mais do Las Patronas. Lembra que no início o maior trabalho era fazer 40 kg de comida, já que há quase 20 anos, passavam dois ou três trens por dia. 

Lembra que sua primeira experiência de ajuda foi quando estava em casa (ao lado dos trilhos) e um rapaz de 16 anos se aproximou da janela e disse: madre, boa tarde, sou de Honduras, estou com muita fome, gostaria de saber se a senhora tem alguma tortilla dura para me dar. Ao que respondi: “filho, eu não tenho nada além de frijoles e blanquillos”. Ele me disse: “não importa, madre, tudo está ótimo”. Eu comecei a fritar os blanquillos, esquentei os frijoles e enquanto meu esposo dava a comida para ele, eu perguntava: por que ele vinha no trem? Por que saía do seu país? Qual era a sua meta? Ao terminar, eu dei a ele uns tacos embrulhados e ele me disse: “obrigado, madre, deus abençoe”, e foi embora. Mas eu continuei fazendo mais “lanches”, porque via que havia mais migrantes ali fora. Nisso, vi uma sombra atrás de mim, parecia que ia e voltava ao pátio, e pensei: o que esse menino quer? já dei os tacos”. Então, o rapaz voltou e me disse: “madre, quero lhe pedir um favor, gostaria que a senhora me desse a bênção porque eu vi como uma mãe e eu estou indo sozinho, não tenho ninguém comigo e me sinto triste”. Então Julia foi atrás dele e lembra que, no momento que ela deu a bênção, sentiu um arrepio e a sensação que esse menino poderia ser seu filho de sangue. E assim começou a oferecer comida, 19 anos atrás.

Terceira geração:

Maria Karina e Karla María são filhas de Antonia, são cuatas e têm 25 anos. Maria Karina diz: Muitas vezes, quando você não vê um problema social, não se aproxima, e quando vê muitas vezes, passa batido. Quando eu era criança, não via o trabalho enorme que todas as mulheres da minha família faziam há anos. 

Até 2009, quando ela e sua irmã tiveram essa primeira aproximação com “a migração como tal”, conta. Lembra-se do tabu, que diziam no povoado que as mulheres deviam tomar cuidado porque os migrantes eram homens, em sua maioria, e tinham que tomar cuidado com eles. Mas María Jarina diz com orgulho que sua família foi a primeira a romper essa visão sobre o migrante: Não, ser migrante não significa que essa pessoa é ruim.

Fala da emoção e adrenalina que sente ao ficar ao lado do trem e que cada dia se renova e nasce uma experiência com rostos diferentes que saem do trem e ou com os que passam pelo albergue e com quem convive, às vezes por períodos longos. 

As duas nos recebem alegres em um estande especial onde vendem lembranças e produtos artesanais. Tudo criado por elas mesmas e vendido em diferentes lugares para manter os gastos do albergue. Camisas, bolsas, produtos com material reciclado, café, molhos, doces. Tudo é válido para arrecadas uma renda extra para esse santuário criado por Las Patronas e onde recebem diariamente os hermanos centroamericanos.

Evelyn tem 13 anos e é sobrinha de Noma, se considera somente uma ajudante de Las Patronas. Ela vem para o albergue quando pode e ajuda em tudo, preparando a comida, limpando, varrendo, o que for necessário. Se sente orgulhosa por poder fazer parte de uma família de mulheres que tem a tradição de ajudar. Sorri quando perguntamos se ela se vê sendo uma Patrona em alguns anos e não hesita: sim, gostaria.

Não aprofunda muito a conversa, se importa em estar perto da sua tia Norma para ajudá-la com a festa. Sua emoção é evidente, não quer perder nada, o aniversário do coletivo é seu segundo aniversário. 

* * *

Os “lanches”

Cada uma delas tem seu dia de trabalho e suas responsabilidades: algumas vão quatro vezes por semana e levam o pão doado pela empresa Chedraui, em Córdoba (cidade próxima a Guadalupe La Patrona) e também tortillas fritas doadas por outras empresas. Sempre em espécie, com mantimentos.

Outras se dedicam a dar palestras sobre seu trabalho em outros estados, universidades e até em outros países. Onde chamarem, elas vão. E as últimas permanecem no albergue preparando a comida para quando o trem passar, ou cuidado da papelaria que abriram como parte do albergue. Nos “lanches”, oferecem arroz, frijoles e tortillas, além de atum e pão. Também dão garrafas de água.  

Antes, Las Patronas não sabiam ao certo a hora que La Bestia passaria pela comunidade. Se guiavam só pelo som do trem e era a hora em que saiam correndo com os “lanches”. Agora, são avisadas sobre o horário do trem e a quantidade aproximada de pessoas que vêm, assim elas têm tempo suficiente para preparar tudo e estar a tempo perto dos trilhos.

Dizem que alguns maquinistas diminuem a velocidade quando passam pelo povoado, para que os migrantes tenham a oportunidade de pegar a comida, mas também há aqueles que passam rápido e elas não conseguem arremessar tantas sacolas.

Las Patronas não são remuneradas por esse trabalho. Julia diz: Nós estamos aqui durante os 365 dias do ano; não há feriados, passamos natal, ano novo, semana santa, todos os santos, todos os dias, e quando chegam migrantes aqui no albergue, nós moramos com eles. Todas reconhecem que, assim como passam momentos alegres, também há momentos de tristeza e preocupação, já que há casos de pessoas que caem do trem e são Las Patronas que as levam ao Seguro Social e cuidam delas durante a recuperação. Permanecem no albergue até que estejam prontos para seguir seu caminho. 

Esse trabalho não é fácil, já que todas têm casa e família e também precisam de tempo para si. Além de ser Patronas, são mães, filhas e esposas. Apesar disso, ir todos os dias ao albergue também é parte da vida delas e sempre destinam parte do seu tempo para estar ali. Las Patronas agradecem por contar com a ajuda de voluntários, que vêm de todas as partes do mundo, e passam temporadas no albergue para ajudar em todos os afazeres. Sempre abertas a aceitar a ajuda de todos os que queiram contribuir. 

Las Patronas são um exemplo de mais de 12 mulheres que, sem escutar os preconceitos de outros tempos, decidiram firmemente dedicar sua vida a esta causa nobríssima. Ganharam prêmios e reconhecimentos, como o Prêmio Nacional de Direitos Humanos em 2013, foram nomeadas em 2015 para o Prêmio Princesa de Asturias de la Condordia e homenageadas com toda essa honra que elas transmitem. 

Ajudar esse irmão que é cidadão de países com mais violência e pobreza na América Latina é o que dá sentido às suas vidas. Sem se importarem com as adversidades, elas estão, estiveram e estarão ali, no seu albergue colorido, que foi santuário para muitos e salvação para outros. 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.