Ir ao artigo em português

Foto: Amanda Martínez E.

Por: Giuliana Pignataro y Delfina Schenone Sienra

“La maternidad no es bonita, ni romántica, ni lo máximo que te puede pasar. La maternidad es cruel, cruda, desafiante y cansada”, sostiene una imagen en Facebook. Hasta ahí se podría pensar que sí, que la maternidad no es color de rosas como la pintan y que más bien está llena de colores como una obra de Marta Minujín o María Luque. Dicha publicación tiene más de 3 mil compartidos, y un montón de comentarios: “Pensaba que quería tener cinco hijos. ¡¡En esta pandemia me di cuenta de que en realidad no quiero tener ni uno!!”; otra señala “De lo que me salvé!!”, “Nunca madre, siempre inmadre”, “Terrible, abortemos”. ¿De qué nos hablan estas manifestaciones virtuales de alivio de no maternar y, especialmente, no maternar en cuarentena? ¿Cuáles son las realidades cotidianas de quienes sí se encuentran maternando en este contexto tan particular? ¿De qué manera se están distribuyendo las tareas de cuidado?

Los cuidados se pusieron al frente de la escena durante la crisis por Covid-19 y tienen una centralidad nunca vista. Desde el Estado, las directivas gubernamentales han sido fundamentales a la hora de evitar la propagación del virus y retrasar el pico de contagios. El sistema de salud ha cobrado un rol central en la detección y tratamiento de casos. Al interior de las familias, los cuidados no solo involucran las medidas de higiene y distanciamiento, sino también la atención hacia los desequilibrios psíquicos y emocionales de les integrantes del hogar frente al encierro y la incertidumbre. La escuela también se ha transformado en un espacio de cuidado hacia la comunidad. Allí se entregan materiales didácticos, bolsones de alimentos y se contiene a las familias. La economía del cuidado no ha parado y son las mujeres quienes hacen girar la rueda: representan el 67% del sector salud, el 73% del sector educativo y realizan el 76% de los trabajos domésticos y de cuidados no remunerados (DNEIyG sobre datos del INDEC 2019; INDEC, 2013). 

Sin embargo, el tema no es nuevo. Desde los ´70, los feminismos marxistas y socialistas comenzaron a problematizar el trabajo doméstico y actualmente desde distintas disciplinas aportan elementos teóricos y evidencia empírica para comprender que su desigual distribución está en el corazón de la desigualdad de género. A pesar de todas las transformaciones que ha sufrido la condición social, cultural, política y económica de las mujeres en las últimas décadas, la función social del cuidado permanece como un bastión casi inmodificado de la división sexual del trabajo. Eso que la socióloga Arlie Hochschild acuñó como la “revolución estancada” (1989). 

Diversas encuestas evidencian que, en este contexto pandémico, a pesar de que muchos varones han incrementando su participación en los trabajos domésticos y de cuidados, la brecha sigue siendo enorme y son las mujeres quienes más se han sobrecargado de tareas sumándole a su trabajo habitual y a los cuidados exacerbados, tareas como la asistencia a las clases virtuales: 51% de las mujeres encuestadas por UNICEF en abril declararon sentirse más sobrecargadas por los trabajos domésticos y de cuidados que antes (UNICEF, 2020). 

Desde el cambio de gobierno, el tema ha adquirido una institucionalidad inédita con la creación de una Dirección Nacional de Cuidados bajo la cartera del también reciente e histórico Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad. Desde el inicio de la pandemia, el Ministerio ha difundido información y lanzado campañas de sensibilización sobre la desigualdad de los cuidados y posicionó al tema como un eje central de trabajo. Y acá viene el cortocircuito. Se habla de cuidados, se habla de desigualdad, se habla de sobrecarga de tareas y trabajo, pero ¿qué pasa con las maternidades? ¿Tienen la misma centralidad en los medios y en los discursos especializados que los cuidados? ¿Qué lugar tienen las madres como sujetos sociales en la agenda pública y en la agenda feminista? 

***

En un barrio del oeste del conurbano bonaerense, Yamila se despierta el día de su cumpleaños y se siente sola. Había pedido que alguien más se encargara del almuerzo ese día. Al levantarse, también pensó qué lindo hubiese sido que alguien de su familia se despertara a preparar el desayuno, hacerse cargo de la limpieza y, así, hacerle más fácil el momento del día en que más agobiada se siente: la mañana. Yamila vive con su hijo, su hermana – que trabaja en el rubro alimenticio, exceptuado del aislamiento obligatorio, y está fuera del hogar todo el día -, y su madre. Es trabajadora administrativa de una cadena de supermercados, estudiante universitaria y madre de un niño de 10 años. Las mañanas suelen ser complicadas. Los gatos y la perra reclaman comida, hay que limpiar sus necesidades, hacer el desayuno, preparar el terreno para comenzar a trabajar y lograr que su hijo salga de la cama. Si bien su rubro es considerado “esencial”, su trabajo de oficina le permite quedarse en su casa y hacer teletrabajo de 9:00 a 18:00. De todas maneras, durante esas nueve horas, Yamila malabarea entre trabajar desde la computadora, ocuparse de los medicamentos de su madre, preparar el almuerzo para toda la familia, emprender la lucha diaria que conlleva lograr que su hijo se siente a hacer la tarea y aprovechar cada recoveco posible, entre todas esas actividades, para adelantar lectura de sus cursadas. A las 18:00, terminada su jornada laboral, se debate qué hacer durante las pocas horas que tiene “libres” antes de preparar la cena: estudiar o hacer algo de ejercicio físico. Si bien hay días en que la tarea de cocinar la cena o el almuerzo se reparten entre ella y su mamá, la carga de trabajo materno, doméstico y laboral la dejan exhausta. Las estadísticas muestran que son las madres, dentro del conjunto de mujeres, quienes tienen menos tiempo para sí: Yamila vive en carne propia eso que en la academia se nombra como “pobreza de tiempo”. 

Un día tiene 24 horas pero ¿cuántos días caben en un día de estas mujeres que se tienen que volver pulpo para llegar con todo y donde la idea de multi tasking se queda corta? 


***

Hay que comer, hay cosas que pagar. El dinero no ingresa, y cuando lo hace, se va demasiado rápido. Y hay que limpiar… el doble, el triple: que el alcohol, que la lavandina, que agua y jabón. El estrés del encierro y la incertidumbre lograron que Shanina pariera dos semanas antes de lo previsto. El parto fue complicado, terminaron practicándole una cesárea, que tuvo que atravesar en soledad, ya que por cuestiones sanitarias no pudo acompañarla su pareja: “Yo quería que él entre en ese momento pero no lo dejaron. Nunca me sentí tan vulnerable en mi vida”.

Shanina se autodenomina “villera” y vive en un barrio de la zona sur del conurbano. Si bien actualmente posee licencia por maternidad, es empleada en un call center. Durante su paso por el hospital marcado por el contexto COVID-19, los momentos de conexión con su bebé fueron pocos o escasos. Las medidas de seguridad conllevaban protocolos extensos y continuos de desinfección. Al llegar a su hogar, la cosa no cambió demasiado. Hay que lavarse, desinfectar la casa, preocuparse cada día por la comida para les cuatro integrantes de la familia, y lidiar tanto con los dolores de la cesárea como con el cuidado de su hija mayor y, ahora, de su bebé recién nacido. Shanina agradece que existan redes barriales de madres: “Con una compañera a la que el bebé le nació una semana antes nos hacemos trueques. Ella me manda ropa, yo le mando pañales o leche, ella me manda verduras, yo le mando algo que necesite, y así”.

***

El encierro trajo aparejados cambios rotundos al interior de cada hogar y esto no siempre es contemplado por les empleadores. Annie sostiene que se siente abrumada e invisible como madre la mayor parte del tiempo. Es docente de inglés y posee una gran carga laboral diaria. “Nadie te pregunta si podés dar tres horas de clase virtual, si tenés quién te cuide a tu hijo mientras lo hacés. Sencillamente se te exige igual que a cualquier otro trabajador sin hijos, cuando las condiciones no son las mismas. Antes de la pandemia contaba con la contención y el amor del jardín y sus abuelos. De un día para el otro perdimos todo eso”. Mientras Annie relata la seguidilla de tareas y preocupaciones que la acompañan en un día de su vida en este contexto, y las dificultades que implica no tener quién cuide de su hijo mientras ella y su marido trabajan, resulta imposible no pensar en la sobrecarga mental que este sistema deposita en las personas que maternan. Annie vive contracturada y angustiada. Si bien el reparto de tareas al interior del hogar es bastante equitativo, la balanza siempre se inclina más hacia su lado. 

¿Acaso es justo que un gran sector de nuestra sociedad concentre las preocupaciones y el desgaste físico y mental que suponen estar a cargo de otres, bastante en soledad, sin servicios de cuidado o compensaciones económicas? ¿Qué le devolvemos como sociedad a las personas que maternan? ¿Quién cuida a quienes cuidan? Una de las demandas de los feminismos es poder socializar los cuidados no solo entre varones y mujeres sino también entre distintos actores sociales. El cuidado no debería ser una responsabilidad individual: repetir como mantra. 

Las redes sociales son un espacio de interacción, que como cualquier otro está atravesado por la ambivalencia: nos permite expresarnos, y también encontramos censura; podemos buscar información y desinformarnos a la vez; armar redes que trascienden lo virtual y aún así sentirnos más solas que nunca. En Facebook y en Instagram existen cientos de grupos que hablan sobre maternidades y crianza, que funcionan como lugares donde circula información para quienes maternan o como espacios de encuentro, algunos desde posturas feministas, y muchos otros, lejos de cualquier reivindicación cercana al feminismo. También la maternidad como experiencia social se cuela en los grupos y página feministas y acá volvemos al punto cero. ¿En qué medida la demanda por la corresponsabilidad en los cuidados se escinde de las maternidades? ¿Qué lugar tienen las maternidades en los feminismos, cuando son las madres quienes concentran gran parte de los cuidados no remunerados?

Las publicaciones anti-niñes y anti-maternidad que circulan por las redes tienen orígenes diversos, y son más fáciles de encontrar en Facebook. Algunas provienen de páginas feministas, otras de páginas o grupos childfree y otras simplemente de perfiles de usuaries de Facebook. Los comentarios pueden aparecer en los espacios menos pensados, como el caso de un grupo feminista creado para encontrar un lugar donde vivir: “el 95% de las publicaciones son ‘no apto niñxs’ y se arman unos quilombos porque hay madres solas que comentan que es dificilísimo encontrar un lugar, ¿acá también nos van a excluir? Estamos hablando de un grupo feminista” me cuenta indignada Mayra y agrega “hace dos días leí un comentario que decía que traer hijes a este mundo es ser adultocentrista”.

Mayra es madre de Tamir, de 9 meses. Al igual que su pareja es artesana y se ilusiona con empezar a dar clases particulares. Los tres viven al sur de la Ciudad de Buenos Aires y durante estos meses vienen acumulando deudas porque el trabajo está parado. Se están preparando para el verano que viene, con la esperanza de poder recuperarse y compensar este 2020 que empezó prometedor y que de un día para el otro decidió cambiar el rumbo. 

Durante mucho tiempo (y pasa aún hoy, menos, pero pasa) a las mujeres que no querían tener hijxs se les decía que eran egoístas. Ahora, resulta que tenerlos ¿también lo es? La constante: gente opinando sobre las mujeres, sus cuerpos, sus proyectos de vida y su capacidad de decidir. El disciplinamiento no es propiedad exclusiva de una postura ideológica en particular, como a veces nos gustaría creer. “Pareciera que no tienen la más mínima idea de qué es elegir, tener un hijo y disfrutar de la maternidad más allá de que no es perfecta. El problema de la maternidad es parte de la lucha feminista” contesta Mayra.

“Últimamente suelo encontrar, en perfiles de amigos en común en las redes, comentarios sobre maternidad con tinte niñofóbico, con memes, de gente que agradece no tener hijos en esta pandemia”, comenta Yamila. “Y yo les digo ‘¿Te parece decir eso? ¿Le salvás la vida a alguien con tu comentario? ¿Contribuís a mejorar la situación de esa persona que vos pensás que la padece?’ Por eso, al inicio de la cuarentena publiqué en redes que ciertas personas que me caían bien, ahora, en este contexto, me caen mal”. 

***

Micaela, empleada en atención al público y mamá de un bebé de ocho meses, piensa algo similar. Ella califica estas publicaciones como parte de un discurso “childfree” y de un feminismo que no ha sabido –o no le ha interesado- incluir a las maternidades y a las infancias en sus reclamos: “Yo creo que hay un feminismo que enaltece a las mujeres que no quieren tener hijos, y que demoniza la decisión de tenerlos. Siento que siempre me tratan de pelotuda por haber decidido ser madre y me angustian esas cosas”. 

Si Micaela y Mayra se conocieran, seguramente tendrían mucho de qué hablar. Mayra dice: “Convengamos que la mujer queda muy sola maternando y esto tiene que ver pura y exclusivamente con el patriarcado. Es la idea de que si tenés un pibe, te la tenés que bancar como sea, hacé doble, triple, cuádruple o quíntuple esfuerzo. Si esto no tiene que ver con el patriarcado o si las feministas creen que esto no es algo que hay que apoyar, entonces es una locura y yo no soy feminista. Hay como una cosa medio odiadora que es horrible porque sentís que cometiste un pecado mortal por haber elegido ser mamá”.

¿Dónde quedan las consignas sobre la elección de la maternidad que sacamos a relucir en las marchas? 

Las reacciones de algunas personas que maternan se manifiestan como respuestas políticas virtuales ante los mensajes de desvalorización del trabajo materno que, a veces, se encuentran en las redes: “Me rompe las pelotas que compañeras se crean re pillas por no ser mamá o que la agiten de que las que somos mamás somos re pelotudas.”; “Te dicen cosas como que no piensan ser madres y opinan y hablan de maternidad”; “¿No querés pibes? Excelente. Pero no anules mí derecho a gestar y mucho menos chicanees mi capacidad humana de poder desarrollarme como madre”, “Cada cual vive su propia experiencia, y toma sus propias decisiones. Tal vez para muchas, la maternidad sea como dice el meme y no sea ni bonita ni romántica. Para muchas otras, en cambio, quizás sí sea lo máximo que te pueda pasar”. 

¿Acaso las redes, especialmente en este contexto, son espacios mayormente hostiles para las maternidades? ¿O quizás hay algo más que no estamos viendo? Sabrina que es empleada doméstica y mamá de dos nenas brinda algunas pistas. Para ella, apenas iniciaron las medidas de aislamiento, se gestaron rápida y eficientemente redes de ayuda y colaboración horizontal. Sin embargo, estas redes son articuladas por personas que crían: “Básicamente porque, en general, son quienes entienden y saben lo que es maternar, y se ofrecen a otorgar cuidado”. Tal vez, justamente, eso que no estábamos viendo tiene que ver con el hecho de que quienes escribimos no somos madres.

Mayra habla de trueque, de contención y de redes que superan los vínculos sanguíneos, de grupos donde hizo contactos que le siguen dando una mano hoy: “la estufita que tengo ahora, la tengo gracias a la red, toda la ropa de invierno de mi hijo es gracias a la red. Para mí esas redes fueron de un apoyo total que no recibí del contexto fuera de la virtualidad”. A veces se le suele otorgar a la virtualidad un estatus de realidad o importancia “menor” cuando en la práctica funciona como un continuum con la realidad offline.

¿Qué pasa con este desentendimiento (y, en muchos casos, desprecio) de quienes no maternan para con las maternidades y las infancias? ¿De dónde viene? ¿Será que al querer escapar de la maternidad como destino la hemos relegado como fenómeno de lucha política? ¿Será que en el afán por desmitificar el “instinto materno” y la romantización de la maternidad se termina devaluando aún más el trabajo de cuidados y, por consiguiente, el rol materno –esos que hoy, más que nunca, tienen una función social esencial y vital? Estos interrogantes pueden ser puntos de partida fundamentales para (re)pensar políticamente nuestra sociedad y nuestros feminismos. Ya es hora de que, como plantea Joan Tronto, pongamos en el centro de la vida social y política el cuidado –y a quienes cuidan- y construyamos sociedades donde el cuidado ya no pueda ser ignorado y se constituya, en cambio, como un elemento clave para las decisiones políticas y el ejercicio de la responsabilidad colectiva sobre el bienestar social.

.

Nunca mãe, sempre não-mãe

Por: Giuliana Pignataro e Delfina Schenone Sienra

Traduzido por Larissa Bontempi.

Foto: Amanda Martínez E.

“A maternidade não é bonita, nem romântica, nem o máximo que pode te acontecer. A maternidade é cruel, crua, desafiadora e cansativa”, mostra uma foto no Facebook. Até então, pode-se pensar que a maternidade não é cor-de-rosa como é pintada, mas é multicolorida como uma obra de Marta Minujín ou María Luque. Esse post tem mais de 3 mil compartilhamentos e muitos comentários: “Achei que queria ter cinco filhos. Nesta pandemia, percebi que realmente não quero ter nenhum!”; outra aponta “Me livrei!!”, “Nunca mãe, sempre não-mãe”, “Terrível, vamos abortar”. O que essas manifestações virtuais de alívio nos falam sobre não maternar, especialmente na quarentena? Quais são as realidades cotidianas de quem está maternando neste contexto tão específico? Como as tarefas de cuidado estão sendo distribuídas?

O cuidado foi evidenciado durante a crise da Covid-19 e centralizado de uma maneira nunca vista antes. Do Estado, as diretrizes do governo têm sido fundamentais para prevenir a disseminação do vírus e retardar a alta de contágio. O sistema de saúde tem desempenhado um papel central na detecção e no tratamento dos casos. Dentro das famílias, o cuidado envolve não só higiene e medidas de distanciamento, mas também a atenção aos desequilíbrios psíquicos e emocionais dos membros da família diante do confinamento e da incerteza. A escola também se transformou em um espaço de atendimento à comunidade. Lá, são fornecidos materiais educativos, comida e assistência às famílias. A economia do cuidado não parou, e são as mulheres que fazem a roda girar: representam 67% do setor de saúde, 73% do setor de educação e realizam 76% do trabalho doméstico e de cuidado não remunerado (DNEIyG sobre dados do INDEC 2019; INDEC, 2013). 

No entanto, o assunto não é novo. Desde os anos 70, os feminismos marxistas e socialistas começaram a problematizar o trabalho doméstico e, atualmente, a partir de diferentes disciplinas fornecem elementos teóricos e evidências empíricas para entender que sua distribuição desigual está no cerne da desigualdade de gênero. Apesar de todas as transformações sofridas pelas mulheres em termos de condição social, cultural, política e econômica nas últimas décadas, a função social do cuidado permanece um bastião quase inalterado da divisão sexual do trabalho. É o que a socióloga Arlie Hochschild cunhou como a «revolução estagnada» (1989). 

Diversos inquéritos mostram que, neste contexto de pandemia, apesar de muitos homens terem aumentado a sua participação no trabalho doméstico e no cuidado, a lacuna ainda é enorme, e são as mulheres que mais se sobrecarregam somando ao seu trabalho habitual e aos cuidados exacerbados outras tarefas como assistir a aulas virtuais: 51% das mulheres entrevistadas pela UNICEF em abril relataram sentir-se mais sobrecarregadas com o trabalho doméstico e de cuidados do que antes (UNICEF, 2020). 

Desde a mudança de governo, a questão adquiriu um quadro institucional sem precedentes com a criação de uma Direção Nacional de Atenção sob a responsabilidade do também recente e histórico Ministério da Mulher, Género e Diversidade. Desde o início da pandemia, o Ministério disseminou informações e lançou campanhas de conscientização sobre a desigualdade de atendimento e posicionou a questão como eixo central de trabalho. Aí é que surge o curto-circuito. Falam de cuidado, falam de desigualdade, falam de sobrecarga de tarefas e de trabalho, mas o que acontece com as maternidades? Elas têm a mesma evidência na mídia e nos discursos especializados que o cuidado? Que lugar as mães ocupam como sujeitos sociais na agenda pública e na agenda feminista? 

***

Em um subúrbio do oeste de Buenos Aires, Yamila acorda no dia de seu aniversário e se sente sozinha. Ele havia pedido que outra pessoa cuidasse do almoço naquele dia. Ao se levantar, também pensou em como seria bom se alguém de sua família acordasse para fazer o café da manhã, cuidasse da limpeza e, assim, tornasse mais fácil para ela o período do dia em que se sente mais sobrecarregada: a manhã. Yamila mora com o filho, a mãe e a irmã – que trabalha na indústria alimentícia e fica fora de casa o dia todo, exceto no isolamento obrigatório. É funcionária administrativa de uma rede de supermercados, estudante universitária e mãe de um menino de 10 anos. As manhãs costumam ser difíceis. Cachorros e gatos exigem comida, ela precisa limpar as necessidades deles, fazer o café da manhã, preparar as coisas para começar a trabalhar e tirar seu filho da cama. Embora o seu negócio seja considerado «essencial», o trabalho de escritório permite ficar em casa e em teletrabalho das 9h00 às 18h00. De qualquer forma, durante essas nove horas, Yamila faz malabarismos entre trabalhar no computador, cuidar dos medicamentos da mãe, preparar o almoço para toda a família, lutar diariamente para que o filho faça o dever de casa e aproveite todos as folgas possíveis, entre todas essas atividades, para adiantar as leituras das matérias. Às 18 horas, após a jornada de trabalho, ela decide o que fazer nas poucas horas «livres» antes de preparar o jantar: estudar ou fazer algum exercício físico. Embora haja dias em que a tarefa de preparar o jantar ou o almoço seja dividida entre ela e a mãe, a carga do trabalho materno, doméstico e profissional a deixa exausta. As estatísticas mostram que são as mães, dentro do grupo das mulheres, que têm menos tempo para si: Yamila vive na própria carne o que é conhecido na academia como “pobreza do tempo”. 

Um dia tem 24 horas, mas quantos dias cabem num dia para essas mulheres que têm que virar polvos para atrasar tudo e onde a ideia de multitarefa é insuficiente? 


***

Você tem que comer, tem contas a pagar. O dinheiro não entra e, quando vem, sai rápido demais. Tem que higienizar… gasta o dobro, o triplo: em álcool, água sanitária, água e sabão. O estresse do confinamento e a incerteza fizeram Shanina dar à luz duas semanas antes do planejado. O parto foi complicado, acabaram fazendo uma cesárea, que ela teve de fazer sozinha, pois o companheiro não podia acompanhá-la por motivos de saúde: “Eu queria que ele entrasse naquela hora, mas eles não deixaram. Nunca me senti tão vulnerável na minha vida».

Shanina se autodenomina uma villera (favelada) e mora em um bairro nos subúrbios ao sul. Embora atualmente esteja em licença maternidade, ela trabalha em um call center. Durante sua permanência no hospital, devido ao contexto da Covid-19, os momentos de ligação com seu bebê foram poucos ou escassos. As medidas de segurança envolveram protocolos de desinfecção extensos e contínuos. Ao voltar para casa, as coisas não mudaram muito. Ela tem que lavar, desinfetar a casa, se preocupar todos os dias com a alimentação dos quatro membros da família e lidar tanto com as dores da cesárea quanto com os cuidados da sua filha mais velha e, agora, do seu filho recém-nascido. Shanina agradece que existam redes de vizinhança de mães: “Faço trocas om uma companheira cujo bebê nasceu uma semana antes. Ela manda roupa, eu mando fraldas ou leite, ela manda verduras, eu mando o que ela precisa e assim por diante”.

***

O confinamento trouxe mudanças retumbantes para o interior de cada casa e isso nem sempre é contemplado pelos empregadores. Annie afirma que se sente oprimida e invisível como mãe na maior parte do tempo. Ela ensina inglês e tem uma grande carga de trabalho diária. “Ninguém pergunta se você pode dar três horas de aula virtual, se tem alguém para cuidar do seu filho enquanto você faz isso. Simplesmente exigem o mesmo que qualquer outro trabalhador sem filhos, sendo que as condições não são as mesmas. Antes da pandemia, eu contava com o apoio da escolinha e o cuidado dos avós. De um dia para o outro perdemos tudo isso”. Enquanto Annie relata a cadeia de tarefas e preocupações que a acompanham em um dia de sua vida neste contexto, e as dificuldades de não ter alguém para cuidar de seu filho enquanto ela e o marido trabalham, é impossível não pensar na sobrecarga mental que este sistema deposita nas pessoas que estão maternando. Annie vive contraída e angustiada. Embora a distribuição das tarefas dentro de casa seja bastante justa, a escala sempre se inclina mais para o seu lado. 

É justo que um grande setor de nossa sociedade concentre as preocupações e o cansaço físico e mental que advêm de cuidar de outres, sozinha, sem serviços de cuidado ou compensação financeira? O que nós devolvemos como sociedade às pessoas que maternam? Quem cuida das que cuidam? Uma das demandas do feminismo é poder socializar o cuidado não só entre homens e mulheres, mas também entre diferentes agentes sociais. Cuidar não deve ser uma responsabilidade individual: repita como um mantra. 

As redes sociais são um espaço de interação que, como qualquer outro, é atravessado pela ambivalência: permite que nos expressemos e também nos deparemos com a censura; podemos pesquisar informações e nos desinformar ao mesmo tempo; construir redes que transcendam o virtual e ainda nos sentirmos  mais solitárias do que nunca. No Facebook e no Instagram existem centenas de grupos que falam sobre maternidade e criação, que funcionam como espaços de circulação de informações para quem materna ou como espaços de encontro, alguns de posições feministas, e muitos outros, longe de qualquer reivindicação próxima ao feminismo. Além disso, a maternidade como experiência social se infiltra em grupos e páginas feministas e aqui voltamos ao ponto inicial. Em que medida a demanda por corresponsabilidade no cuidado está se distanciando das maternidades? Que lugar ocupam as maternidades nos feminismos, já que são as mães que concentram grande parte dos cuidados não remunerados?

As publicações antifilhos e antimaternidade que circulam nas redes têm origens diversas e são mais fáceis de encontrar no Facebook. Alguns vêm de páginas feministas, outros de páginas ou grupos childfree e outros simplesmente de perfis de usuários do Facebook. Os comentários podem aparecer nos espaços menos imagináveis, como no caso de um grupo feminista criado para encontrar um lugar para morar: 95% dos posts não são “adequados para crianças” e acontecem desentendimentos porque há mães solteiras que comentam que é muito difícil encontrar um lugar: vão nos excluir aqui também? Estamos falando de um grupo feminista”, me conta Mayra indignada e adiciona: “há dois dias li um comentário dizendo que trazer crianças a este mundo é ser autocentrado”.

Mayra é a mãe de Tamir, de 9 meses. Assim como seu companheiro, ela é artesã e está animada para começar a dar aulas particulares. Os três moram ao sul da Cidade de Buenos Aires e acumularam nestes meses dívidas porque o trabalho parou. Estão se preparando para o próximo verão, na esperança de poderem recuperar e compensar este 2020 que começou promissor e que de um dia para o outro decidiu mudar de rumo. 

Por muito tempo (hoje acontece menos, mas ainda acontece) mulheres que não queriam ter filhos ouviam que eram egoístas. Agora, acontece que tê-los também é? É a constante: pessoas opinando sobre as mulheres, seus corpos, seus projetos de vida e sua capacidade de decisão. A disciplina não é propriedade exclusiva de uma posição ideológica específica, como às vezes gostamos de acreditar. “Parece que eles não têm a menor ideia do que é escolher, ter um filho e usufruir da maternidade, para além do fato de que não é perfeita. O problema da maternidade faz parte da luta feminista”, responde Mayra.

“Ultimamente, costumo encontrar, em perfis de amigos em comum nas redes, comentários sobre maternidade contra filhos, com memes, de pessoas que ficam gratas por não ter filhos nesta pandemia”, diz Yamila. “E eu digo a eles ‘Você acha certo dizer isso? Você está salvando a vida de alguém com seu comentário? Você contribui para melhorar a situação daquela pessoa que você acha que sofre disso?’ Por isso, no início da quarentena publiquei nas redes que certas pessoas de que gostava, agora, neste contexto, detesto”. 

***

Micaela, balconista de atendimento e mãe de um bebê de oito meses, pensa algo semelhante. Ela qualifica esses posts como parte de um discurso “childfree” e de um feminismo que não soube – ou não se interessou – em incluir as maternidades e as infâncias em suas reivindicações: “Acredito que exista um feminismo que exalta as mulheres que não querem ter filhos e que demoniza a decisão de tê-los. Sinto que sempre me tratam como uma babaca por ter decidido ser mãe e essas coisas me angustiam”. 

Se Micaela e Mayra se conhecessem, certamente teriam muito o que conversar. Mayra diz: “Concordemos que as mulheres ficam muito sozinhas enquanto maternam e isso tem a ver pura e exclusivamente com o patriarcado. É a ideia de que se você tem um filho, você tem que bancá-lo de qualquer maneira, faça um esforço duplo, triplo, quádruplo ou quíntuplo. Se isso não tem nada a ver com patriarcado ou se as feministas acreditam que isso não é algo para apoiar, então é uma loucura e eu não sou feminista. É como uma espécie ódio, o que é horrível porque você sente que cometeu um pecado mortal por ter escolhido ser mãe”.

Onde estão os slogans sobre a escolha da maternidade que trazemos nas marchas? 

As reações de algumas pessoas que amamentam se manifestam como respostas políticas virtuais às mensagens de desvalorização do trabalho materno que às vezes são encontradas nas redes: “Fico de saco cheio que minhas companheiras se achem melhores por não serem mães ou que acreditem que nós mães somos idiotas”; “Elas falam coisas do tipo não pensar em ser mães e falam e falam sobre a maternidade”; Você não quer filhos? Excelente. Mas não anule o meu direito de gestar, muito menos diminua a minha capacidade humana de me desenvolver como mãe”; “Cada uma vive a sua experiência e toma as próprias decisões. Talvez, para muitas, a maternidade seja como diz o meme e não seja bonita nem romântica. Para muitas outras, por outro lado, talvez seja o máximo que pode acontecer com você”. 

As redes, especialmente neste contexto, são principalmente espaços hostis para as maternidades? Ou talvez haja algo a mais que não estamos vendo? Sabrina, que é empregada doméstica e mãe de duas meninas, faz alguns comentários. Para ela, assim que começaram as medidas de isolamento, as redes de ajuda e a colaboração horizontal foram criadas de maneira rápida e eficiente. No entanto, essas redes são articuladas por pessoas que criam: “Basicamente porque, em geral, são elas que entendem e sabem o que é maternar e se oferecem para cuidar”. Talvez, precisamente, o que não estávamos vendo tenha a ver com o fato de que nós que escrevemos não somos mães.

Mayra fala de trocas, acolhimento e redes que vão além dos laços de sangue, de grupos onde fez contatos que continuam dando uma mão até hoje: “O aquecedor que eu tenho agora, é graças à rede, todas as roupas de inverno do meu filho são graças à rede. Para mim, essas redes foram um suporte total que não recebi do contexto fora do virtual”. As interações on-line às vezes recebem um status de realidade ou importância “menor” quando, na prática, funciona como um continuum da realidade off-line.

Que acontece com esse desentendimento (e, em muitos casos, desprezo) de quem não materna para com as maternidades e a infância? De onde vem? Será que, ao querer escapar da maternidade como destino, a relegamos como fenômeno de luta política? Será que no esforço de desmistificar o «instinto materno» e na romantização da maternidade, desvaloriza-se ainda mais o trabalho do cuidado e, consequentemente, o papel materno – aquele que hoje, mais do que nunca, tem uma função social essencial e vital? Essas questões podem ser pontos de partida fundamentais para (re)pensar politicamente sobre nossa sociedade e nossos feminismos. É tempo de, como propõe Joan Tronto, colocar o cuidado  – e quem cuida  – no centro da vida social e política e construir sociedades onde o cuidado não possa mais ser ignorado e se constitua, em vez disso, como um elemento chave para as decisões políticas e o exercício da responsabilidade coletiva pelo bem-estar social.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.