Crédito imagen: Cristina Amariles

 

por Nazaret Castro (Buenos Aires)

Como suele suceder, el despertar se manifestó de un día para otro, con acelerada urgencia, pero venía cocinándose a fuego lento desde hacía años; durante generaciones enteras de mujeres guerreras, como mi madre, que me enseñó el valor de la independencia; y antes de ella mi abuela, que resistió silenciosamente alzándose sobre su propia fortaleza, robusta y flexible como un árbol. Apoyadas en su memoria, nosotras recogimos su testigo, y en 2015 todo ese acumulado tomó forma en las calles, de Buenos Aires y de todo el mundo, tornando evidente que la revolución será feminista, o no será…

Hablo de mí, pero creo que mi experiencia es similar a la de muchas mujeres argentinas y migrantes que tuvimos la certeza de estar participando de un momento histórico. Todo empezó el 3 de junio de 2015, el primer Ni Una Menos. La inesperada contundencia y masividad de aquella concentración, organizada espontáneamente por un grupo de periodistas feministas, dejó algunas certezas: una, que si luchamos juntas somos imparables; otra, que, como le escuché a la mexicana Raquel Gutiérrez, estamos decididas a mover la línea de lo soportable: a no tolerar más muertes, violaciones, insultos, acosos o agravios. Sigue sucediendo: cada 30 horas, una mujer es asesinada en Argentina por ser mujer. Pero hoy sabemos que si nos tocan a una, respondemos todas.

Ese mismo año fui a mi primer Encuentro Nacional de Mujeres, que desde hace 32 años se celebra en Argentina, cada octubre en una ciudad diferente. Aquella vez fue en Mar del Plata. Durante tres días se convocan talleres de todo tipo, y el evento se cierra con una manifestación masiva y, casi siempre, envuelta en polémica a su paso por la catedral de la ciudad de turno. Pero, más allá de los talleres y de la marcha, hay algo experiencial en el encuentro que sólo entiende quien lo vivió. Es una experiencia que atraviesa la mente, el cuerpo y el alma hasta llegar a las entrañas. Algo hace clic: es la conciencia de la opresión. Como cuando la humorista argentina Malena Pichot dice en sus monólogos que los 20 años son “la década violada” porque todas las mujeres tenemos sexo sin desearlo, y se te queda una mueca tragicómica en los labios cuando te acuerdas de aquella vez, y aquella otra, y aquella de más allá, que no querías pero te dejaste follar, porque temiste la reacción de él, porque habías entrado en su casa, ya habías llegado hasta ahí, y cómo le ibas a dejar con las ganas. Y ahora, con casi 40, al rememorarlo, sabes que te violaron y te dejaste, simplemente porque esa fue tu estrategia de supervivencia.

El 3 de junio de 2016 la manifestación volvió a ser masiva, aunque ya no nos sorprendió. Quedó claro que esa fecha no era flor de un día, sino una llama que nos guía mientras sigamos oprimidas por esos hombres con miedo a la mujer sin miedo, como escribió Eduardo Galeano. Hoy, seguimos sintiendo  miedo -cada noche, cuando volvemos a casa solas por calles mal iluminadas-, pero sabemos también que eso no va a pararnos. Aquel octubre, el Encuentro fue en Rosario y nos reunió a 90 mil mujeres. Pocos días después supimos que, mientras nosotras caminábamos orgullosas por las calles rosarinas, Lucía era violada, torturada y empalada en Mar del Plata. Tenía 16 años. Murió de dolor. Desgarrada en sus entrañas. A manos de dos hombres que no son monstruos, sino sanos hijos del patriarcado que impone su brutalidad asesina desde la aparente inocuidad de lo cotidiano. A la conmoción siguió la acción: el 19 de octubre, el miércoles negro y lluvioso que marchamos furiosas, por Lucía y por las miles de mujeres que ya no están, y por nosotras, que no queremos seguir viviendo con miedo.

Ese día, como en el Encuentro, como el 8M, entendimos bien la potencia de estar y construir “entre mujeres”, como dice también Raquel Gutiérrez. La posibilidad de pensar, entre nosotras, qué significa ser mujeres en una sociedad patriarcal que, desde nuestro mismo nacimiento envuelto en color de rosa, nos dice qué no somos -a las mujeres, desde niñas, se nos describe desde la carencia: somos lo que somos porque no tenemos pene- y cómo debemos comportarnos para no ser represaliadas como tantas brujas que ya quemaron por negarse a obedecer. Algo especial sucede cuando construimos entre mujeres; por eso les pedimos a los hombres que, aunque apoyen nuestra lucha, esta vez se hagan a un lado y nos dejen construir a nosotras; asumiendo, por supuesto, que no todas las mujeres tienen vagina, y que hay tantas formas de ser mujer como mujeres pueblan la Tierra.

 

Creo que fue aquel 19 de octubre de 2016 el día que entendí que me había convertido en feminista. Radical, porque el feminismo sólo puede ir a la raíz de la opresión, y por tanto, implica necesariamente luchar contra todas las formas de dominación. Yo ya me consideraba feminista, pero ese día comprendí. Que hay una guerra en curso desde hace miles de años, y que, si bien los varones no son el enemigo, sí son el sujeto opresor y privilegiado. Que la radicalidad del feminismo implica comenzar por una misma, mirarse una muy dentro, entender cuántas veces obedecí a la lógica patriarcal y cuándo lo sigo haciendo todavía hoy, por ejemplo, cuando sigo comiéndome el cuento del amor romántico o aceptando que patrones de belleza capitalistas y patriarcales determinen el valor que me doy a mí misma. Ese día entendí la posición incómoda y el camino interminable que implica ser feminista; que, si una mujer no nace sino se hace, como escribió Simone de Beauvoir, una feminista se construye y deconstruye a lo largo de una vida entera. El camino es largo, pero los cambios se están sucediendo tan rápido que la mueca perpleja a la que antes me refería se ha transformado en una sonrisa cómplice. Estamos más despiertas y más acompañadas que nunca. Juntas y hermanadas.

 

Desde niña, mi mayor pasión es escribir. Soy periodista, madrileña y vivo en América Latina desde 2008. He colaborado con medios como Le Monde Diplomatique, Público y La Marea, y formo parte del colectivo de periodismo independiente Carro de Combate, que analiza los impactos socioambientales de lo que consumimos. Entiendo que el feminismo implica la descolonización de nuestras vidas, cuerpos y mentes y esa es una tarea cotidiana, muchas veces ardua pero también profundamente liberadora.

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