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Marichuy, la mujer indígena que desmontó la democracia mexicana

Por Liliana Chávez-Luna

 

Desde hace meses México ha dado mucho de qué hablar, no sólo por las estremecedoras y preocupantes cifras de desaparecidos y desaparecidas que asciende cada vez más, ni por la profunda crisis que se vive en materia de justicia y derechos humanos, tampoco por encabezar la lista de los países con mayores índices de violencia en la región y a nivel mundial. La noticia que ha girado por el mundo entero se llama María de Jesús Patricio Martínez, cariñosamente nombrada “Marichuy”, vocera del Concejo Indígena de Gobierno quien aspiró a ser candidata independiente para las elecciones presidenciales que tendrán lugar en julio de este año.

 

Cabe aclarar que es la primera vez en la historia de este país que habrá candidaturas independientes. Esto se habilita en mayo de 2014 al implementarse la reforma político-electoral, que vino a marcar nuevas reglas de juego para las votaciones presidenciales. Bajo el supuesto de desarticular la burocracia partidista, prometer mayor transparencia al proceso electivo y fortalecer la democracia, esta reforma posibilita –entre otras cosas- que puedan postularse candidatos/as independientes, y destina al Instituto Nacional Electoral (INE) como único ente para organizar y conducir los procesos electorales.

 

Lo que antecede a todo esto es garantizar que sólo las élites conservadoras participen en tales comicios; además, que las candidaturas independientes sean una opción para aquellos no fueron elegidos candidatos por sus partidos políticos. En esa maraña electoral, protagonizada por la burguesía y la partidocracia mexicana, Marichuy –indígena nahua del pueblo de Tuxpan, Jalisco- logró colarse en los intersticios de esa reforma pudiendo evidenciar el clasismo y el racismo del sistema electoral mexicano.

 

Mandar obedeciendo: otra manera de pensar la política

 

En el marco del 20 aniversario del Congreso Nacional Indígena (CNI), espacio de organización de los pueblos indígenas de México convocado en octubre de 1996 por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), nace la iniciativa de conformar un Concejo Indígena de Gobierno a nivel nacional, como un espacio de articulación, organización y resistencia de las luchas de abajo y a la izquierda. Esta propuesta –que se afirma anticapitalista, antirracista y antipatriarcal, a favor de la vida y no de la muerte- plantea otra manera de hacer política desde “el mandar obedeciendo”; e invita a pensar otras formas de hacer gobierno por fuera de las lógicas estatales y los partidos políticos.

 

Avalado por más de 500 comunidades, de 43 pueblos indígenas y de 25 estados del país, en mayo de 2017 se constituye formalmente la estructura de funcionamiento del Concejo Indígena de Gobierno (CIG), el cual se rige por los siete principios promulgados por el CNI: obedecer y no mandar, representar y no suplantar, servir y no servirse, bajar y no subir, convencer y no vencer, proponer y no imponer, construir y no destruir. El CIG está integrado por aproximadamente 150 concejales (mujeres y varones) de distintos pueblos indígenas, quienes fueron elegidos en asamblea por sus comunidades. A Marichuy se le asigna ser la vocera del Concejo, para hacer caminar la palabra colectiva.

 

El CIG irrumpe el escenario político y propone que su vocera Marichuy participará de la contienda electoral como candidata independiente. Distanciándose de toda lógica partidaria, desde el primer momento advirtieron que no buscaban el poder ni ganar las elecciones. Desde una estrategia, “muy otra”, su propósito se orientaba a visibilizar la lucha de los pueblos indígenas y las diversas problemáticas que atraviesan la geografía mexicana; tejer las resistencias que hay en los territorios indígenas, en los campos y en las ciudades; además de llamar a la sociedad civil a organizarse desde sus espacios locales para luchar y reconstruir juntos el tejido social de este país, por fuera de las lógicas estatales, los partidos políticos, el patriarcado y la democracia formal.

 

Una democracia racista, clasista y excluyente

 

El INE estableció una serie de requisitos arbitrarios para aquellos que buscaban registrarse y aparecer en la boleta electoral como candidatos independientes. Por un lado, tenían que reunir -en un plazo de 120 días- alrededor de 867 mil firmas ciudadanas en apoyo a su postulación, en al menos 17 estados del país y en cada uno de ellos lograr la representatividad del 1% del padrón electoral. Por otro lado, bajo el supuesto de democratizar y trasparentar este proceso, el mecanismo para acopiar las firmas debía ser a través de una aplicación de celular diseñada por el INE.

 

Para descargar dicha aplicación se requería no sólo tener acceso a internet sino contar con un teléfono móvil de gama media, cuyo precio es muy alto y supera la posibilidad de compra de la mayoría de la población. También cabe subrayar que hay muchas zonas en el país donde las personas no tienen acceso a luz eléctrica, mucho menos a internet. De manera que participar del “proceso democrático” establecido por el INE, quedaba circunscrito a un determinado tipo de población (la minoría en el país) que goza de ciertos privilegios. Dicho llanamente, en la democracia del INE no caben los pobres.

 

Hacer caminar la palabra colectiva y la digna rabia

 

En México, ser mujer significa vivir en una guerra constante; son botín del Estado, de las empresas nacionales y multinacionales, del narcotráfico y de cualquier varón machista que concibe a la mujer como su propiedad privada. Sistemáticamente las mujeres sufren miles de violencias. Todos los días son violadas, torturadas, mutiladas, asesinadas, despojadas de sus cuerpos y sus territorios. Ser mujer y vivir en México es casi un acto subversivo. La vida misma se encarna como una lucha constante.

 

Que el Concejo Indígena de Gobierno haya elegido como vocera a una mujer, indígena y pobre, fue algo similar como poner en el rostro de las personas el espejo llamado México; cuyo reflejo muestra la triple condición subalterna que se vive en el país y que está representada en la mayoría de su población. Desde el momento en que se hizo pública la noticia que una mujer indígena buscaría aparecer en la boleta electoral, se dejó ver -sin reserva- ese México machista, racista, clasista y patriarcal.

 

Aun con todo el panorama en contra, Marichuy y el CIG comenzaron a dar la batalla dentro del sistema electoral, dejaron claro que su lucha no se limitaba a alcanzar el número de firmas sino que hacían un llamado a confluir las resistencias y a convocar la organización desde abajo. En el mes de octubre de 2017 comenzaron a recorrer el territorio mexicano. Durante cuatro meses visitaron diferentes comunidades, pueblos y ciudades de todo el país, incluso llegaron a lugares jamás visitados por ningún político. Fueron cuatro meses donde la palabra colectiva caminó, abrazó y juntó cada uno de los dolores, las tristezas, los miedos; y también las rebeldías, las luchas y las resistencias de ese México profundo. Esa palabra tuvo eco en los campos y las ciudades, entre aquellos que saben que la transformación profunda del país no se halla en una urna ni en el sistema representativo, sino en la organización.

 

Miles de voluntarios/as de todos los rincones que comprende la geografía mexicana, se adhirieron a la propuesta y –de forma desinteresada- ayudaron a recabar firmas; aparecían en las calles, los parques y las escuelas; organizaban actividades artísticas, culturales y deportivas. La palabra de Marichuy caminó también en cada uno/a de esos auxiliares, quienes se enfrentaron a una serie de adversidades e irregularidades para acopiar las firmas a través de la aplicación del INE.

 

La dignidad no se compra

 

El 19 de febrero de este año fue la fecha límite para reunir las firmas solicitadas y participar así de la contienda electoral en el mes de julio. Si bien la vocera indígena no logró el registro porque obtuvo 280 mil firmas (el 30% de lo que se requería), le hizo ver a todo México que la dignidad no se compra ni se negocia.

 

A diferencia de los candidatos independientes que sí obtuvieron el registro, Marichuy fue la única que no contrató a personas para recabar firmas, no pagó ningún soborno ni apoyo ciudadano, no fue apoyada por partidos políticos, no hizo votar a los muertos, no utilizó recursos públicos (como se presume que hizo Jaime Rodríguez “el Bronco”), entre otros engaños y farsas que protagonizaron los ahora candidatos presidenciales. La honestidad de Marichuy quedó intacta. El propio INE -muy a su pesar- le reconoció que del total de las firmas logradas el 93.20% fueron válidas; fue quien obtuvo el porcentaje más alto comparado con el resto de los candidatos, que en promedio llegaron al 60% de validez.

 

Pero queda claro que la honestidad poco importa para la democracia de este país. Quienes hicieron las cosas mal, los que dieron coimas, falsearon los números y se burlaron de las instituciones mexicanas, son ahora candidatos/as presidenciales. En cambio, Marichuy, quien hizo todo según las reglas definidas por la propia institucionalidad mexicana; la única honesta que no sobornó ni compró firmas, no aparecerá en la boleta electoral. Entonces, ¿de qué democracia se está hablando? ¿Cómo el INE se atreve a avalar a los actuales candidatos reconociendo en ellos su deshonestidad? ¿Cómo creer en una institución que ejerce medidas arbitrarias y discriminadoras como el INE? Aún más, ¿qué clase de democracia se vive en México si ésta excluye a la mayoría de la población, si sólo está a merced de aquellos que más tienen? No obstante, las elecciones presidenciales tendrán lugar el primero de julio.

 

El 19 de febrero de 2018 será recordado como el día en que por primera vez en la historia de México una mujer, indígena y pobre, se coló en el juego de los poderosos. Y que a pesar de tener todo el panorama en contra y estar en total desventaja, ganamos. Sí, ganamos porque desmantelamos la aparente democracia que se vive en el país; porque en México no existe la democracia. Ganamos porque empezamos a mirarnos y a reconocernos en nuestras rebeldías y resistencias. Ganamos porque hay otro México, “muy otro”, que se está gestando colectivamente desde abajo para frenar juntos esta guerra, que sólo ha traído muerte, despojo y destrucción.

 

Que Marichuy no participe de los comicios presidenciales es lo que menos importa, porque nunca fue el verdadero objetivo. La lucha del Concejo Indígena de Gobierno no termina el primero de julio, recién comienza. Esta lucha es de largo aliento y se construye en colectivo. Reconstruir este país desde abajo llevará tiempo -es cierto- y requerirá que caminemos al paso del más lento, como dijeran las y los zapatistas.

 

Marichuy, a mulher indígena que desmantelou a democracia mexicana

Por Liliana Chávez-Luna

 

Há alguns meses o México está dando o que falar, não apenas devido à preocupante quantidade de desaparecidos e desaparecidas que aumenta a cada dia, nem devido à crise profunda que se vive em matéria de justiça e direitos humanos, nem mesmo por encabeçar a lista de países com os maiores índices de violência na região e em nível mundial. A notícia que rodou o mundo inteiro chama-se María de Jesús Patricio Martínez, carinhosamente conhecida como “Marichuy”, porta-voz do Conselho Indígena de Governo, que aspirou ser candidata independente às eleições presidenciais que ocorrerão em julho de 2018.

 

É pertinente esclarecer que é a primeira vez na história mexicana em que haverá candidaturas independentes. Essas candidaturas tornaram-se possíveis em maio de 2014 com a implementação da reforma político-eleitoral, que definiu novas regras para o jogo das eleições presidenciais. Sob o argumento de desarticular a burocracia partidária, promover maior transparência no processo eleitoral e fortalecer a democracia, esta reforma possibilita – entre outras coisas – que pessoas independentes possam candidatar-se e define o Instituto Nacional Eleitoral (INE) como a única instituição a organizar e conduzir processos eleitorais.

 

O que precede tudo isso é garantir que somente as elites conservadoras participem nos comícios; além disso, que as candidaturas independentes sejam uma opção para aqueles que não foram eleitos candidatos pelos seus próprios partidos políticos. Neste emaranhado eleitoral, protagonizado pela burguesia e pela superestrutura partidária burocrática do Mexico, Marichuy – indígena nahua de Tuxpan, Jalisco – conseguiu inserir-se nos interstícios dessa reforma, evidenciando o classismo e o racismo do sistema eleitoral mexicano.

 

Mandar obedecendo: outra maneira de pensar a política

 

No 20º aniversário do Congresso Nacional Indígena (CNI), espaço de organização dos povos indígenas do México convocado em outubro de 1996 pelo Exército Zapatista de Libertação Nacional (EZLN), nasceu a iniciativa de formar um Conselho Indígena de Governo em nível nacional, como um espaço de articulação, organização e resistência das lutas dos de baixo e da esquerda. Esta proposta – que se afirma anticapitalista, antirracista e antipatriarcal, a favor da vida e não da morte – defende outra maneira de fazer política a partir da ideia de “mandar obedecendo”, e convida a pensar sobre outras formas de governar por fora das lógicas estatais e dos partidos políticos.

 

Endossado por mais de 500 comunidades de 43 povos indígenas e de 25 estados do país, em maio de 2017 formou-se a estrutura de funcionamento do Conselho Indígena de Governo (CIG), o qual é regido pelos sete princípios promulgados pelo CNI: obedecer e não mandar, representar e não suplantar, servir e não servir-se, descer e não subir, convencer e não vencer, propor e não impor, construir e não destruir. O CIG é formado por aproximadamente 150 conselheiros e conselheiras de diversos povos indígenas, os quais foram eleitos em assembleias das suas próprias comunidades. Marichuy é porta-voz do Conselho e sua tarefa é levar a palavra do povo.

 

O CIG irrompe no cenário político propondo que sua porta-voz Marichuy participe da campanha eleitoral como candidata independente. Distanciando-se de qualquer lógica partidária, desde o início o CIG advertiu que não aspirava nem o poder nem ganhar as eleições. Sua estratégia, muito diferente, era seguir com o propósito de divulgar a luta dos povos indígenas e os diversos problemas da geografia mexicana; tecer as resistências que existem nos territórios indígenas, no campo e na cidade, além de convocar a sociedade civil a organizar-se em suas localidades para lutar e reconstruir juntos o tecido social mexicano por fora das lógicas estatais, dos partidos políticos, do patriarcado e da democracia formal.

 

Uma democracia racista, classista e excludente

 

O INE estabeleceu uma série de requisitos arbitrários para aqueles que buscavam registrar-se e aparecer na cédula eleitoral como candidatos independentes. Por um lado, teriam que reunir, em apenas 120 dias, cerca de 867 mil assinaturas de cidadãos apoiando a candidatura, em no mínimo 17 estados do país e em cada um deles era necessário conseguir a representatividade de 1% de eleitores. Por outro lado, sob o argumento de democratizar e deixar o processo mais transparente, o mecanismo para conseguir as assinaturas deveria ser por meio de um aplicativo de celular elaborado pelo próprio INE.

 

Para baixar o aplicativo era necessário não apenas ter acesso à internet, como possuir um telefone celular cujo preço é muito mais elevado do que as possibilidades de compra da maioria da população. Cabe também destacar que existem muitas áreas do país em que a população não tem acesso à luz elétrica e muito menos à internet. Dessa maneira, participar do “processo democrático” estabelecido pelo INE estava circunscrito a uma determinada faixa da população – a minoria do país – que goza de certos privilégios. Em outras palavras, na democracia do INE não há lugar para os pobres.

 

Seguir com a voz do povo e a digna raiva

 

No México, ser mulher significa viver em uma guerra constante. As mulheres são pilhadas pelo Estado, pelas empresas nacionais e multinacionais, pelo narcotráfico e por qualquer homem machista que acha que a mulher é sua propriedade privada. Sistematicamente as mulheres sofrem milhares de violências. Todos os dias são estupradas, torturadas, mutiladas, assassinadas, expropriadas de seus corpos e seus territórios. Ser mulher e viver no México é quase um ato subversivo. Viver é uma luta constante.

 

O fato de o Conselho Indígena de Governo ter escolhido como porta-voz uma mulher indígena e pobre foi similar a colocar na cara das pessoas o reflexo do México, que revela a tripla condição subalterna em que se vive no país e que está representada pela maioria da sua população. A partir do momento em que tornou-se pública a notícia de que uma mulher indígena tentaria aparecer na cédula eleitoral, revelou-se este México machista, racista, classista e patriarcal.

 

Contra todo o panorama, Marichuy e o CIG começaram a batalha por dentro do sistema eleitoral, deixando claro que sua luta não se limitava a alcançar o número de assinaturas e que estavam fazendo um chamado para confluir as resistências e convocar a organização dos de baixo. Em outubro de 2017 começaram a percorrer o território mexicano. Durante quatro meses visitaram diferentes comunidades, povos e cidades de todo o país, chegando inclusive a lugares nunca visitados por nenhum político. Foram quatro meses durante os quais a voz do povo seguiu, abraçou e reuniu cada dor, tristeza e medo, assim como as rebeldias, as lutas e as resistências do México profundo. Tal voz ecoou nos campos e nas cidades entre aqueles que sabem que a transformação profunda do país não ocorrerá nem em uma urna nem pelo sistema representativo, mas sim pela organização.

 

Milhares de voluntários/as de todos os rincões do país aderiram à proposta de maneira desinteressada, ajudando a recolher assinaturas. Estavam nas ruas, nos parques e nas escolas, organizaram atividades artísticas, culturais e esportivas. A palavra de Marichuy seguiu também em cada um/a desses voluntários/as, que enfrentaram uma série de adversidades e irregularidades para recolher as assinaturas através do aplicativo do INE.

 

A dignidade não se compra

 

O dia 19 de fevereiro deste ano era a data limite para reunir as assinaturas necessárias e participar da campanha eleitoral em julho. Apesar de a voz indígena não ter atingido a quantidade necessária, pois obteve apenas 280 mil assinaturas (apenas 30% do que era preciso), fez todo o país reconhecer que a dignidade não se compra nem se negocia.

 

Diferentemente dos candidatos independentes que conseguiram registrar-se, Marichuy foi a única que não contratou ninguém para arrecadar as assinaturas, não pagou suborno, não foi apoiada por partidos políticos, não fez mortos votarem, não utilizou recursos públicos (como se presume que fez Jaime Rodríguez “el Bronco”), entre outras farsas protagonizadas pelos atuais candidatos à presidência. A honestidade de Marichuy permaneceu intacta. O próprio INE reconheceu que do total de assinaturas, 93,2% eram válidas, a maior porcentagem de assinaturas válidas em comparação com os outros candidatos, que chegaram a uma média de 60% de assinaturas validadas.

 

No entanto, está claro que a honestidade importa pouco para a democracia mexicana. Aqueles que fizeram mal, subornaram, falsificaram dados e burlaram as instituições mexicanas são agora candidatos/as à presidência. Por outro lado, Marichuy, que fez tudo de acordo com as regras definidas pela própria institucionalidade mexicana, a única pessoa honesta que não subornou nem comprou assinaturas, não aparecerá na cédula eleitoral. Frente a isso, de qual democracia estamos falando? Como o INE se atreve a respaldar os atuais candidatos reconhecendo a sua desonestidade? Como acreditar em uma instituição que exerce medidas arbitrárias e discriminatórias como o INE? E mais, que tipo de democracia se vive no México se esta exclui a maioria da população e está à mercê daqueles que mais tem? Ainda assim, as eleições presidenciais acontecerão no dia 1º de julho.

 

O dia 19 de fevereiro de 2018 será lembrado como o dia em que, pela primeira vez na história mexicana, uma mulher indígena e pobre entrou no jogo dos poderosos. E que apesar de ter todo o panorama contra ela e estar em total desvantagem, venceu. Sim, vencemos, pois desmantelamos a aparência de democracia que se vive no país, já que no México não existe democracia. Vencemos, pois começamos e refletir e a reconhecer nossas rebeldias e resistências. Vencemos, pois existe um outro México, muito diferente, que está nascendo dos de baixo para frear esta guerra que trouxe somente morte, expropriação e destruição.

 

O que menos importa é que Marichuy não participará dos comícios presidenciais, pois este nunca foi o verdadeiro objetivo. A luta do Conselho Indígena de Governo não termina em 1º de julho, porque está apenas começando. Esta luta será longa e construída coletivamente. Reconstruir este país por baixo levará tempo, certamente, e precisará que caminhemos pelo passo mais lento, como disseram os/as zapatistas.

 

Liliana Chávez-Luna

Mexicana migrante en Argentina. Rebelde, feminista, psicóloga comunitaria, educadora popular, investigadora, militante social y autonomista. Apasionada por la música y todas las expresiones artísticas.

e-mail: lichavezluna@gmail.com

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