Ilustración: Mayra Citlalli Rojo Gómez

 

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El boxeo llegó a mi infancia a través del cine y de los objetos que Lorenzo, mi padre se dedicó a reparar y vender: cámaras, peras y guantes. En el artefacto descompuesto se terminaba el encanto idílico del “boxeador estrella” del cine de oro, ese modelo perfecto del hombre fortachón, carismático, guapote y con un futuro prometedor se convertía en el objeto reparado con remaches, cemento e hilo cáñamo que regresaba a su vital función en el entrenamiento de amateurs y aficionados.

Pasaba horas cosiendo y pegando las peras locas simples y dobles, las peras fijas, los guantes de segunda y hasta de tercera mano… todo listo para la vendimia de los domingos en el tianguis de San Juan. Y ahí, el carrito de chácharas llevaba el imaginario parchado del boxeador. En las tardes dominicales durante más de 15 años —después de que mis hermanos iban a recogerlo al tianguis y mi mamá preparaba de comer— nos sentábamos frente al televisor para ver películas de Pedro Infante. La típica familia mexicana, calificarían algunos estudiosos de la cultura, que oscilaba entre la permanencia anacrónica del nacionalismo de los años cincuenta y el neoliberalismo de los ochenta.

Lorenzo fue un ferviente admirador de Pepe el Toro ¿¡y cómo no!? si se proyectaba en él como tantos otros hombres de su generación. Cantando el amorcito corazón mientras zurcía las peras de boxeo, pasaba la imaginación de la vida entrañable del carpintero, un macho muy sensible pero también el estereotipo del cotidiano de los barrios pobres y la batalla económica del día a día que personificaba el “hombre”. Esta fórmula instaurada por el cine de oro configuró una estética de lo popular y el éxito, a través de una política de los cuerpos, es decir, de ciertas prácticas culturales y sociales que simbólicamente, a través del cine, se han encargado de instituir relaciones entre el cuerpo, el trabajo y el poder económico entre hombres y mujeres. El boxeador encarna el famoso dicho: “sangre, sudor y lágrimas” que llega a nosotros como la promesa de triunfo de una guerra a punto de perderse. En este sentido, no sólo se instaura la metáfora de la batalla de contrincantes que significa el pugilismo o boxeo, sino también una visión histórica, y es que la idea de “sangre, sudor y lágrimas” nos viene de Winston Churchill, quien la pronuncia en mayo de 1940, tres días después de que Hitler invadiera Francia y Holanda (Luckas, 2008).

 

Cartel: Pepe el Toro
Cartel: Pepe el Toro

En cuanto al cine, los británicos David Lean y Noel Coward en 1942 crean el filme Sangre, sudor y lágrimas donde hablan sobre el patriotismo inglés durante la Segunda Guerra Mundial. Como deporte, el pugilismo se define en Inglaterra a partir del siglo XVIII; partiendo del boxing (o pelea a puño limpio) una práctica que también se popularizó en sus Colonias. Al sistematizarse mundialmente como deporte y entrar en la Nueva Inglaterra (U.S.A) no tardó en llegar a México para construir un imaginario propio y traer consigo las formas estricta y exclusivamente masculinas.

El pugilismo del cine mexicano de mitad del siglo XX escenifica esa política de los cuerpos definida por la dupla canto y trabajo, encarnada en una voz ranchera, un oficio del barrio y la figura del boxeador hombre como modelo de superación social. Piedra clave del melodrama del cuadrilátero y de lo que ha marcado la historia simbólica del ring.

El boxeador en el cine mexicano se caracteriza por su condición económica y social que se definen por su alimentación y su oficio. La primera describe la pobreza económica que es superada por la solidaridad, lealtad, admiración y cariño de la comunidad del barrio. Una dieta basada en tortas, tacos y frijoles, calorías para formar el músculo y los cuerpos que coloquialmente se les llama “cuerpos de albañil”: compactos, torneados, potentes. Tres personajes eje del boxeo en el cine definieron oficios, pero fundamentalmente, personalidades: Kid Terranova (David Silva) es el nevero-boxeador de la Lagunilla en Campeón sin corona (1945), Pepe el Toro (Pedro Infante) es el carpintero-boxeador en Pepe el Toro (1952) y Javier Salinas (Javier Solís) es el chofer-boxeador en Campeón del Barrio (1964).

 

Fotograma: Campeón sin Corona
Fotograma: Campeón sin Corona

 

Estos tres personajes se caracterizan por su acento particular al hablar, así como, el uso e invención lingüística que responde a lo local “del barrio”, son virtuosos en su oficio, apegados a su familia y su comunidad o “palomilla” que siempre serán vistos y tratados como “oro de ley” —dirá Pepe el Toro—. Terranova, Toro y Salinas enaltecen a los “hombres de familia” responsables de la economía de la casa y hasta de los vecinos. Pero es su carácter “peleonero” y alborotador, traducido en habilidad innata de peleas a puño limpio, lo que los certifica como potenciales campeones. Sin excepción, cada uno de estos personajes pasa una faceta de ridículo en el ring cuya moraleja es la diferencia entre las peleas callejeras y las profesionales. La relación económica y de popularidad de la frase Sangre, Sudor y Lágrimas nunca se completa si el boxeador no viaja o boxea con alguien de los Estados Unidos.

Historias que se repiten con variables melodramáticas, por su cuenta, Pepe el Toro se presenta como el carpintero de mal agüero y con una historia de pérdidas y dolor —travesías narradas en sus dos películas anteriores Nosotros los pobres (1948) y Ustedes los ricos (1948)— la muerte de su familia, el encarcelamiento por un asesinato que no cometió y, en esta última parte de la trilogía, el desafortunado éxito como boxeador a costa de la muerte accidental de su mejor amigo Lalo Gallardo (Joaquin Cordero) ocasionada por el golpe en el corazón durante una pelea.

En cuanto a Kid Terranova nos muestra una dramática historia sobre las distintas formas de amar, si bien el eje está en tres mujeres —su novia, su amante y su madre, bajo la dicotomía entre pobres y ricas, morenas y rubias— al final, después de su caída en el alcohol y la indigencia, nos da una moraleja sobre “amor propio” y la falta de seguridad en sí mismo al enfrentarse a su contrincante Joe Ronda (Víctor Parra), mexicano-norteamericano. En una de las escenas dicen: Terranova se intimidará si le hablas en inglés. Un dejo de malinchismo de la sociedad mexicana sale a relucir, sólo el reconocimiento se recibe por alguien superior a uno, como prototipo un país hegemónico. No obstante, siempre hay un personaje que se conduele y personifica el nacionalismo y valor del “mexicano”, Juan Zubieta (Pepe del Río) el que se convierte en campeón mundial en la película de Campeón sin corona, declara: “Estoy muy contento de haber ganado el campeonato y sobre todo orgulloso de ser mexicano, y lo digo porque desgraciadamente hay mucha gente en México que se figura que nada más los extranjeros son buenos y eso no es cierto, porque el que sabe, sabe, no importa de donde sea y que es lo que haga […] lo que pasa es que no tenemos fe en nosotros ni en los nuestros. Yo conocí un boxeador mexicano mejor que yo [refiriéndose a Terranova] y pudo ser campeón desde hace mucho pero no tuvo fe, ni coraje ni fuerza de voluntad […]” En ese momento Kid Terranova sale y es “salvado”, literalmente salvaguardado por su madre, Doña Gracia (María Gentil Arcos) y su novia, Lupita (Amanda del Llano).

En Campeón del barrio Javier Salinas aunque tiene una maravillosa voz y se convierte en un exitoso boxeador, él sólo ambiciona ser mecánico, una casa pequeña y su esposa. En esta trama de los años sesenta su novia Sonia López (“La chamaca de oro”) y él, son una pareja de éxito, mientras una canta el otro boxea por el campeonato mundial. Frente a la popularidad inmanente la pareja posterga su felicidad. Siempre hay una última pelea que dar para ver el final feliz pero la muerte llega implacable. Una muerte cuya metáfora son los límites entre el deseo personal y la presión social.

El contrincante de los tres personajes es la moral. A partir del desarrollo de la metáfora de la confrontación, de la batalla que se perderá por la incompatibilidad, que el cine ha definido, entre pobreza y éxito. El sentimiento moralizador es el que triunfa. A excepción de Pepe el Toro —recordemos que en la excepción está la regla— la moraleja de estas historias es que el boxeador que nace de los barrios, generalmente —es hombre— tendrá una capacidad natural para ser campeón y una mujer abnegada que lo cuide porque siempre está expuesto al exceso que lo conduce a la muerte física o social.

Ilustración: Mayra Citlalli Rojo Gómez
Ilustración: Mayra Citlalli Rojo Gómez

 

El cine de oro mexicano ha sido el causante de muchos prejuicios y modelos culturales que preservan el machismo, la violencia y prejuicios sobre la mujer bajo una mirada católica que se desbordada en nuestra sociedad, y que se ratifica una y otra vez en su formato de telenovela y en ciertas producciones de cine mexicanos. Pero al mirarlo desde la memoria del hogar también cabría resguardarlo como un archivo de afectos, porque el boxeo cinematográfico está más allá de la moral y quien lo mira una y otra vez está expuesta al afecto de la imagen. En el concienzudo análisis de Pepe el Toro, a sabiendas de su final, no puede evitar derramar lágrimas cuando Lalo Gallardo cae en la lona, por enésima vez reí con Chachita, el Pichi y el Mantequilla. A pesar de todo, recordé aquellas tardes de domingo en casa, las visitas con mi madre y mis hermanas para llevar el café con leche al puesto y desayunar mientras ese padre borroso vendía sus chácharas y ahí sin darme cuenta nació mi afición por boxear.

 

 

O CARRINHO DE BUGIGANGAS

Ilustración: Mayra Citlalli Rojo Gómez
Ilustración: Mayra Citlalli Rojo Gómez

O boxe chegou à minha infância através do cinema e dos objetos que Lorenzo, meu pai, se dedicou a consertar e vender: câmeras, peras de boxe e luvas. No artefato decomposto terminava-se o encanto idílico do “boxeador estrela” do cinema de ouro, esse modelo perfeito do homem fortão, carismático, bonito e com um futuro promissor, se transformava no objeto remendado com rebites, cimento e fio de cânhamo que retornava à sua função vital no treinamento de amadores e fãs.

Passava horas costurando e colando as peras simples e duplas, as peras fixas, as luvas de segunda e até de terceira mão. Tudo pronto para a vindima dos domingos na feira de San Juan. E ali, o carrinho de bugigangas levava o imaginário remendado do boxeador. Nas tardes de domingo, durante mais de 15 anos – depois de que meus irmãos iam buscá-lo na feira e minha mãe preparava a comida – nos sentávamos em frente à televisão para assistir os filmes de Pedro Infante. A típica família mexicana, considerariam  alguns estudiosos da cultura, que oscilava entre a permanência anacrônica do nacionalismo dos anos cinquenta e o neoliberalismo dos oitenta.

Lorenzo foi um ferrenho admirador de Pepe el Toro, e como não sê-lo? Se inspirava nele como tantos outros homens de sua geração. Cantando el amorcito corazón enquanto cerzia as peras de boxe, passava a imaginação da vida cativante do carpinteiro, um macho muito sensível, mas também o estereótipo do cotidiano dos bairros pobres e a batalha econômica do dia a dia que personificava o “homem”. Esta fórmula instaurada pelo cinema de ouro configurou uma estética do popular e do sucesso, através de uma política de corpos, isto é, de certas práticas culturais e sociais que simbolicamente, através do cinema, se encarregaram de instituir relações entre o corpo, o trabalho e o poder econômico entre homens e mulheres. O boxeador encarna o famoso ditado: “sangue, suor e lágrimas” que chega até nós como a promessa do triunfo de uma guerra a ponto da derrota. Nesse sentido, não apenas se instaura a metáfora da batalha de oponentes que significa o pugilismo ou o boxe, mas também uma visão histórica, é que a ideia de “sangue, suor e lágrimas” vem de Winston Churchill, que a pronunciou em maio de 1940, três dias depois da invasão de Hitler à França e Holanda (Luckas, 2008).

 

Cartel: Pepe el Toro
Cartel: Pepe el Toro

 

Enquanto ao cinema, os britânicos David Lean e Noel Coward criam em 1942 o filme Sangue, suor e lágrimas, onde falam sobre o patriotismo inglês durante a Segunda Guerra Mundial. Como esporte, o pugilismo se define na Inglaterra a partir do século XVIII; partindo do boxing (ou lutar com o punho limpo) uma prática que também se popularizou nas colônias. Ao sistematizar-se mundialmente como esporte e entrar na Nova Inglaterra (EUA), não demorou em chegar ao México para construir um imaginário próprio e trazer consigo as formas estritas e exclusivamente masculinas.

O pugilismo do cinema mexicano da metade do século XX encena essa política dos corpos definida pela dupla canto e trabalho, encarnada em uma voz rancheira, um ofício de bairro e a figura do homem boxeador como modelo de superação social. Peça chave do melodrama do quadrilátero e que marcou a história simbólica do ring.

O boxeador no cinema mexicano se caracteriza por sua condição econômica e social que se definem por sua alimentação e seu trabalho. A primeira descreve a pobreza econômica que é superada pela solidariedade, lealdade, admiração e carinho da comunidade e do bairro. Uma dieta baseada em tortas, tacos e feijão, calorias para formar os músculos e os corpos que são coloquialmente chamados de “corpos de pedreiro”: compactos, torneados, potentes. Três personagens principais do boxe no cinema definiram trabalhos, mas fundamentalmente, personalidades: Kid Terranova (David Silva) é o sorveteiro-boxeador de Langunilla em Campeón sin corona (1945), Pepe el Toro (Pedro Infante) é o carpinteiro-boxeador em Pepe el Toro (1952) e Javier Salinas (Javier Solís) é o motorista-boxeador em Campeón del Barrio (1964).

 

Fotograma: Campeón sin Corona
Fotograma: Campeón sin Corona

Estes três personagens se caracterizam por seu sotaque particular ao falar, assim como o uso e invenção linguística que corresponde ao local “do bairro”,  são virtuosos em seu ofício, apegados a sua família e comunidade, que sempre serão vistos e tratados como “ouro de lei” — diria Pepe el Toro —. Terranova, Toro e Salinas enaltecem os “homens de família”, responsáveis pela economia da casa e até pela dos vizinhos. Porém, é sua personalidade “encrenqueira” e brigona, traduzida em habilidade inata de brigas a punho limpo, o que certifica-os como potenciais campeões. Sem exceção, cada um desses personagens transmite uma faceta de ridículo no ringue cuja moral é a diferença entre as brigas de rua e as profissionais. A relação econômica e de popularidade da frase Sangue, Suor e Lágrimas nunca se completa se o boxeador não viaja ou luta com alguém dos Estados Unidos.

Histórias que se repetem com variáveis melodramáticas. Por conta própria, Pepe el Toro se apresenta como o carpinteiro azarado com uma história de perdas e dor — travessias narradas em seus dois filmes anteriores, Nosotros los pobres (1948) e Ustedes los ricos (1948) — a morte de sua família, o encarceramento por um assassinato que não cometeu e, na última parte da trilogia, o desafortunado êxito como boxeador ao custo da morte acidental de seus melhor amigo, Lalo Gallardo (Joaquín Cordero), ocasionada por uma pancada no coração durante uma luta.

Enquanto a Kid Terranova, este nos mostra uma dramática história sobre as diferentes formas de amar, ainda que o eixo esteja em três mulheres — sua namorada, sua amante e sua mãe, sob a dicotomia entre pobres e ricas, morenas e loiras — no final, depois de sua queda no álcool e na indigência, nos dá uma lição de moral sobre o “amor próprio” e a falta de confiança em si mesmo ao enfrentar-se com seu rival Joe Ronda (Víctor Parra), mexicano-norte americano. Em uma das cenas dizem: Terranova se intimidará se você falar com ele em inglês.  Uma sugestão do quão má torcedora é a sociedade mexicana vem à luz, o reconhecimento só é recebido por alguém superior a eles mesmos, como protótipo de um país hegemônico. Não obstante, sempre há um personagem que simpatiza e personifica o nacionalismo e o valor do “mexicano”. Juan Zubieta (Pepe del Río), o que se torna campeão mundial no filme Campeón sin corona declara: “Estou muito feliz por ter ganhado o campeonato e, sobretudo, orgulhoso de ser mexicano, e digo isso porque infelizmente há muita gente no México que pensa que só os estrangeiros são bons e isso não é verdade, porque quem sabe, sabe, não importa de onde seja nem o que faça […] o que acontece é que não temos fé em nós e tampouco nos nossos. Eu conheci um boxeador mexicano melhor que eu [referindo-se a Terranova] e poderia ter sido campeão há muito tempo, mas não teve fé, nem coragem, nem força de vontade […]” Nesse momento, Kid Terranova sai e é “salvo”, literalmente protegido por sua mãe, Dona Gracia (María Gentil Arcos) e sua namorada, Lupita (Amanda del Llano).

Em Campeón del barrio, Javier Salinas ainda que tenha uma maravilhosa voz e torne-se um exitoso boxeador, apenas ambiciona ser mecânico, ter uma casa pequena e sua esposa. Nessa trama dos anos sessenta, sua namorada Sonia López (“La chamaca de oro”) e ele, são um casal de sucesso, enquanto ela canta, ele luta pelo campeonato mundial. Em face a popularidade inmanente, o casal posterga sua felicidade. Sempre há uma última luta antes do final feliz, mas a morte chega implacável. Uma morte cuja metáfora são os limites entre o desejo pessoal e a pressão social.

O adversário dos três personagens é a moral. A partir do desenvolvimento da metáfora do confrontamento, da batalha que será perdida pela incompatibilidade, que o cinema definiu entre pobreza e sucesso. O sentimento moralizador é o que triunfa. Com exceção de Pepe el Toro —relembramos que na exceção está a regra— a moral dessas histórias é que o boxeador que nasce no bairro pobre, geralmente —  homem— terá uma capacidade natural para ser campeão e uma mulher abnegada que cuide dele, porque o mesmo está sempre exposto ao excesso que o conduz à morte física ou social.

 

Ilustración: Mayra Citlalli Rojo Gómez
Ilustración: Mayra Citlalli Rojo Gómez

 

O cinema de ouro mexicano foi a causa de muitos preconceitos e modelos culturais que preservam o machismo, a violência e preconceitos com a mulher sob um olhar católico que transborda em nossa sociedade e que se ratifica uma ou outra vez em seu formato de telenovela e em certas produções do cinema mexicano. Porém ao observá-lo a partir da memória do lar, também caberia resguardá-lo como um arquivo de afetos, porque o boxe cinematográfico está além da moral e quem assiste uma e outra vez está exposto ao afeto da imagem. Na conscienciosa análise de Pepe el Toro, conhecendo seu fim, não pude segurar as lágrimas quando Lalo Gallardo cai na lona, pela enésima vez ri com Chachita, o Pichi e Mantequilla. Apesar de tudo, relembrei aquelas tardes de domingo em casa, as visitas com minha mãe e minhas irmãs para levar o café com leite à banca e tomar o café da manhã enquanto esse pai difuso vendia suas bugigangas e aí, sem me dar conta, nasceu minha fixação pelo boxe.

 

Tejo distintas técnicas e ideas para desobedecer el deber ser y poder reinventarme en los bordes de la imagen, la ciencia, la historia y la escritura.

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