Foto: Nuria Turmo.

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El tejido de algodón de la hamaca abrigaba su cuerpo desnudo. Se había desprendido de la falda, la blusa y los tacones que la habían cubierto de casa al club y del club a casa. El clima era agradable. Una brisa muy leve soplaba aliviando el calor que ya en esos días de verano sofocaba temprano por la mañana. A esa hora, el sol caía sobre toda la terraza, a excepción de una esquina en el borde, justo para que su rostro y su torso, al descansar sobre la hamaca, quedaran a la sombra.

Comenzó a acariciarse suavemente la zona de los muslos. Le gustaba acariciarse, pasear sus manos por su culo, alcanzar su cintura, acoger sus pechos en los cuencos de sus manos. Le era sencillamente placentero hacérselo a si misma, tanto o más que cuando era otra quien se entretenía con su piel. En ese recorrido solía acabar irremediablemente alcanzando las inglés. Su cara se iluminaba de gusto mientras con sus dos manos llenaba los surcos que formaban sus muslos con la pelvis.

De ahí a sus labios, apenas debía dejar a los dedos deslizarse. Se adentraba en su entrepierna rozando con las yemas de sus dedos la superficie de sus labios, cubiertos de pelo rizado, natural y oscuro. Jugaba a alborotarlo, mientras se fascinaba con cómo contrastaba con su piel muy blanca.

Tenían las palmas de las manos frías. Ese frescor y la suavidad del envés de sus manos ejercían de bálsamo para el resto del cuerpo que todavía le ardía. La piel seguía enrojecida en aquellas partes en las que las correas se habían detenido con más insistencia.

Mientras sus dedos seguían adentrándose entre sus pliegues, comenzó a sentir mucho calor, en el torso y por el cuello. El sol comenzaba a invadir ese pequeño rincón ocupado hasta ahora por la sombra. El cabello, suelto, lacio, sudoroso, se pegaba a su piel. Abrió sus ojos, adormilada. No sabía por cuánto tiempo pero había caído en un sueño muy profundo, en el que, excitada, acariciaba su clítoris con sus dedos, con movimientos en círculos y constantes, hasta viciar el balanceo de la hamaca.

Durante el sueño sus manos no se habían movido de su interior. Los sacó y los llevó hasta la boca, introduciéndolos para lamerlos. Podía sentir la textura arrugada de las yemas cuando pasan cierto tiempo a remojo. La hamaca dejó de mecerse. Una nube ocultó el sol. El viento se levantó con más fuerza. Cuando sacaba los dedos de su boca, desperté.

Com ela sonho

Traducción: Renata del Campo

Foto: Nuria Turmo.
Foto: Nuria Turmo.

O tecido de algodão da rede abrigava seu corpo nu. Tinha se desprendido da saia, da blusa e dos saltos que a tinham coberto de casa ao clube e do clube até a casa. O clima era agradável. Uma leve brisa soprava aliviando o calor que já naqueles dias de verão sufocava de manhã cedo. Nessa hora, o sol caia sobre o terraço todo, com exceção de uma esquina na borda, apenas para que seu rosto e seu colo, ao descansar sobre a rede, ficassem na sombra.

Começou a acariciar suavemente a área da suas coxas. Gostava de acariciar-se, passear suas mãos pela bunda, alcançar sua cintura, acolher seus seios nas tigelas de suas mãos. Era simplesmente prazeroso fazê-lo para si mesma, mais até do que quando era outra quem se entretinha com sua pele. Nesse trajeto costumava gozar,irremediavelmente alcançando as virilhas. Seu rosto iluminava-se de prazer quando, com suas duas mãos, habitava os sulcos que formavam-se entre as coxas e a pélvis.

Daí a seus lábios, apenas devia deixar os dedos deslizarem. Adentrava, entre pernas, roçando com as pontas dos dedos a superfície de seus lábios, cobertos de pelo crespo, natural e escuro. Brincava de alvoroçá-lo, enquanto fascinava-se por como contrastava com a sua pele tão branca.

Tinha as palmas das mãos frias. Esse frescor e a suavidade das costas das suas mãos eram como bálsamo para o resto do corpo que ainda lhe ardia. A pele continuava avermelhada naquelas partes em que os elásticos se detiveram com mais insistência.

Enquanto seus dedos continuavam adentrando-se entre suas dobras, começou a sentir muito calor, no tronco todo e pelo pescoço. O sol começava a invadir esse pequeno canto ocupado até agora pela sombra. O cabelo, solto, liso, suado, grudava-se na pele. Abriu seus olhos, adormecida. Não sabia há quanto tempo mas caíra num sono muito profundo, em que excitada, acariciava seu clitóris com os dedos, com movimentos em círculos e constantes, até viciar o balanço da rede.

Durante o sono, suas mãos não haviam se movido do seu interior. Os tirou e levou até à boca,introduzindo-os para lambê-los. Podia sentir a textura enrugada dos dedos quando passam certo tempo encharcados.

A rede parou de balançar. Uma nuvem ocultou o sol. O vento se levantou com mais força. Quando tirava os dedos da sua boca, acordei.

 

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