Fotos: Eloisa Molina

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“El cuerpo de la mujer es tratado cada vez más como una máquina”

Silvia Federicci

Aborto legal (también) en lo de Legrand

Sábado 22:00 horas. En uno de los programas más vistos de la televisión argentina, Mariana Fabbiani, conductora de otro programa del mismo grupo Clarín -creyente, para más datos- es interrogada por Mirtha Legrand sobre su postura en torno a la despenalización del aborto. Inicia su respuesta justificando su cambio de posición, y a sabiendas que quedará enfrentada a la postura de la conductora estrella, responde: “soy católica, siempre estuve en contra del aborto, nunca fue una opción para mí ni lo es, pero cuando me empecé a informar un poco y meterme en el tema, me di cuenta de que las creencias personales en este tema hay que dejarlas de lado. Es realmente un tema de salud pública. Ver a las mujeres que mueren y que no tienen la posibilidad de elegir, me hizo cambiar mi postura. Hoy estoy a favor de la despenalización del aborto” y cierra, ante la cara de molestia y sorpresa de quien conduce: “anticoncepción para no abortar, aborto legal para no morir”. La referencia a este episodio no nos importa tanto por Mariana Fabbiani particularmente, sino porque pone de manifiesto un avance importantísimo en la disputa/lucha por la hegemonía y, sobre todo, en la construcción de una nueva, en el terreno del derecho al aborto legal, seguro y gratuito. Tanto por el contenido de lo que Mariana Fabbiani enuncia, como por las razones: las posturas personales no importan en este debate. Este intercambio televisivo es también una muestra más que deja al descubierto la brecha que existe entre la posición de la institución Iglesia y quienes profesan la religión católica y, cómo, cada vez más, la postura en relación a la legalización del aborto de una de las instituciones más reaccionarias de la historia, se vuelve extranjera de quienes se identifican con su credo. Ahí también se construye esta nueva hegemonía.

La conferencia episcopal argentina continúa hablándole a las y los diputados y senadores, a través de distintos documentos públicos, instándolos a respetar “las dos vidas”, manifestando su posición, orientada a la defensa de una postura antiderechos, que sostiene como base de su argumento la existencia de vida desde la concepción, y a partir de allí, desarrolla sus intervenciones en clave aborto=asesinato. Les respondemos: no es “vida” (y menos aún una persona) sino la posibilidad de una vida, que se funda en el deseo de ejercer la maternidad (en tanto responsabilidad y cuidado colectivo) por parte de quienes tenemos la posibilidad de gestar. Hacemos referencia a esta discusión, porque es, de hecho, la que ellos y ellas plantean. Sin embargo, no quisiéramos dejar de señalar que lo que en realidad desvela/altera a la jerarquía eclesiástica es la imposibilidad de ejercer el control sobre un Estado y que éste a su vez lo ejerza sobre nuestros cuerpos. Este poder, el que les confiere su influencia sobre el Estado y de ahí sobre nuestros cuerpos, es el que se pone en juego cuando hablamos de nuestra soberanía, y el que -al parecer- no están dispuestos a perder. Esta dinámica no hace más que confirmar la estrecha imbricación existente entre ambas instituciones, que apuntalan un mismo proyecto hegemónico signado por el patriarcado, el capitalismo y la colonialidad.

Elegir o no elegir la maternidad, entendiendo que no es nuestro destino natural, exige que el Estado deba garantizar nuestro derecho a decidir. Porque la maternidad nunca puede ser un castigo, o algo que tenemos que padecer (porque no podemos pagarlo, porque a algunos les pone en cuestión su moral y sus creencias personales, porque la Iglesia tiene poder que opera sobre un Estado que se dedica a “administrar” y “tutelar” nuestros cuerpos, porque…)

Romper la espera y la pedagogía de la crueldad

Históricamente por mujeres y por pobres nos han querido someter a la espera. Esa que se vuelve práctica de la dominación cotidiana de quien hace esperar sobre la que espera (las que esperamos). Esa que sucede cuando parece que nada sucede. El Estado nos hace esperar cuando no garantiza el derecho a una educación sexual integral. Cuando no garantiza el acceso a una salud integral, cuando asume las posiciones de la Iglesia. Nos hace esperar en los pasillos de los palacios de la injusticia, en las puertas de cualquier hospital. Cuando pasan 12 años en los que no trata un proyecto de ley de interrupción voluntaria del embarazo.

La espera a la que a diario son (somos) sometidas las clases y los sectores subalternos (que se vuelve más compleja si intentamos analizar o mirar desde una perspectiva de la interseccionalidad) encarna una relación de dominación(es), donde el Estado (nunca pensado como monolítico, sino como entramado contradictorio y asimétrico de relaciones) opera tratando de educar(nos) en la sumisión. La espera lleva consigo, al decir de Javier Auyero, incertidumbre y arbitrariedad pero a la vez, violencia sobre los cuerpos. A partir del ejercicio de lo que Rita Segato denomina una pedagogía de la crueldad  que convierte a la vida en cosa, y que consideramos es ejercida cuando, según sus palabras, se nos “niega la libertad de decidir sobre un embarazo, entendiendo que nuestro cuerpo es colonia de un colectivo que controla los mecanismos y procedimientos de un Estado, entre ellos los mecanismos legislativos y judiciales” que definen no garantizar nuestro derecho a decidir. Son esos controles que se ejercen (también) desde el Estado, los que hacen pensar a quienes manifiestan posturas anti-derechos que están vigilando el interés “colectivo”, que incluye el interés del feto como si fuera un ciudadano. Aquí aparece tal vez más clara la función productiva del poder que se ejerce desde la espera y la pedagogía de la crueldad, con el objetivo de construir mujeres que devengan predicado de un discurso patriarcal, que se expresa en las manifestaciones públicas y argumentos de los sectores que se autodenominan “pro vida”.

Recuperar la soberanía implica romper con esa colonización a la que intentaron ser/son sometidos nuestros cuerpos y que dejen de estar “tutelados” en el marco del Estado. De ahí la importancia de que ese mismo Estado (cristalizado en el poder legislativo) sancione una ley que garantice el derecho a elegir o no un embarazo. Que dejen de ser los jueces, los médicos, los legisladores quienes definan sobre nuestros cuerpos. Las leyes, sabemos, no cambian automáticamente las cosas, pero, tienen, sin duda, una eficacia simbólica (y material) que implicaría, en el caso de la legalización del aborto (y no sólo la despenalización) un enorme avance en la conquista de nuestra autonomía y soberanía, así como evitaría la muerte de miles de mujeres en abortos clandestinos. Se trata de que nuestro cuerpo deje de ser entendido como objeto/cosa sobre el que otros pueden definir, actuar, prohibir, criminalizar. Y se garantice nuestro derecho a decidir.

En romper la espera y esa pedagogía de la crueldad, se escribe la historia de lucha del movimiento feminista, y allí enmarcada, la lucha por el derecho al aborto legal, seguro y gratuito. En esa historia de lucha, en ese no esperar, se gesta lo que María Alicia Gutiérrez llama la despenalización social del aborto, entendida como la consecuencia de las múltiples acciones que la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito viene desarrollando desde su existencia.  Acciones que generan un amplio consenso en enormes sectores de la sociedad a favor de la legalización del aborto, independientemente de que los poderes de turno intenten, en palabras de Claudia Korol,  una pedagogía disciplinadora, ordenadora, conservadora, domesticadora y reproductora de lo existente. Mal que les pese, de lo que nunca se trató para nosotras, es de sentarnos a esperar.

La apuesta por una pedagogía feminista

Ahora podemos entender mejor por qué Mariana Fabbiani cambia de posición (como tantos y tantas otras) y hace suya la consigna de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito. No se trata de un momento, sino de un proceso que se viene gestando en distintas realidades. Esto sucede en el marco de una ebullición del movimiento feminista a partir del grito de Ni Una Menos, en articulación con el Ni Una Menos por Abortos Clandestinos. Esto también responde a una infinidad de espacios, talleres, colectivos, proyectos e iniciativas, que tal vez tengan como una de sus máximas experiencias de largo aliento al Encuentro Nacional de Mujeres, que se realiza desde 1986 de manera federal, autogestiva e itinerante en nuestro país. En conjunto, todas ellas configuran expresiones de una apuesta al diálogo que construye el movimiento feminista y, como parte de este, la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito. Una pedagogía feminista que viene prefigurando el ejercicio de la autonomía sobre nuestros cuerpos-territorios, siempre abierta al intercambio, incluso con quienes no tienen intención alguna de un encuentro fraterno. Ese diálogo es una apuesta y una práctica pedagógico-política que se construye a diario en cada vez más lugares de la sociedad (trabajos, escuelas, fábricas, barrios, sindicatos, medios de comunicación, cárceles, transporte público, facultades, por mencionar solo unos pocos) donde se gestan todos los días más voluntades insumisas a favor de la legalización del aborto. Que desbordan, luego, las colas para llevar el símbolo de esta lucha: el pañuelo verde. La sociedad ya está/estamos preparadas. Los y las senadoras y diputadas que no están a nivel personal de acuerdo, es decir, para quienes el aborto nunca sería una opción, tienen la obligación de comprender (en el sentido más profundo) y aprehender que lo que está en juego no son sus creencias personales, sino nuestras vidas y la posibilidad de ejercer nuestro derecho a decidir sobre nuestros cuerpos, que no son de la iglesia, ni del Estado, ni de los médicos, ni del mercado. Educación sexual para decidir. Anticonceptivos para no abortar. Aborto legal para no morir.

 

 

O direito ao aborto: a nossa soberania contra a crueldade da espera

Traduzido por Florencia Ordoqui

Fotos: Eloisa Molina

O corpo da mulher é tratado cada vez mais como uma máquina

Silvia Federici

 

Aborto legal (também) no programa de TV da Legrand

Sábado 22 horas. Em um dos programas mais assistidos da televisão argentina, Mariana Fabbiani, apresentadora do outro programa do mesmo grupo Clarín- religiosa, para dar mais dados- é questionada pela Mirtha Legrand sobre sua posição em torno á descriminalização do aborto. Fabbiani inicia sua resposta justificando sua mudança de opinião, e, sabendo que ficaria confrontada com a posição da apresentadora estrela, ela fala: “eu sou católica, sempre era em contra do aborto, nunca foi uma opção para mim nem é, mas quando eu comecei a me informar um pouco e entrar no assunto, aí eu percebi que as crenças pessoais tenham que ser deixadas de lado. É realmente um assunto de saúde publica. Ver as mulheres que morrem e que nem tem a possibilidade de escolher, me fiz mudar minha opinião. Hoje eu sou a favor da descriminalização do aborto.” E concluiu, diante o rosto de moléstia e surpresa da apresentadora: “contraceptivos para não abortar, aborto legal para não morrer.” A referencia a esse episódio não é relevante apenas pela Mariana Fabbiani particularmente, mas porque mostra um avanço muito importante na disputa/luta pela hegemonia e, sobre tudo, na construção de uma nova, no terreno do direito ao aborto legal, seguro e gratuito.

Tanto pelo conteúdo do que a Mariana Fabbiani fala, como pelas rações: as posições pessoais não têm importância nesse debate. Além disso, esse encontro televisivo é mais uma mostra que deixa ao descoberto a brecha existente entre a posição da Igreja e aqueles que professam a religião católica e que, a posição em relação á descriminalização do aborto de uma das instituições mais reacionárias da história, se torna estrangeira para quem se identifica com o credo dela. Ali também se constrói essa nova hegemonia.  

A conferência episcopal argentina continua falando para os/as deputados/as e senadores/as, através de diferentes documentos públicos, pedindo-lhes respeitar “as duas vidas”, manifestando sua posição, orientada á defensa de uma postura contrária aos direitos, que tem como fundamento da sua argumentação a existência da vida desde a concepção, e, a partir daí, desenvolve suas intervenções na clave aborto=assassinato. Respondemos-lhes: não é “vida” (e menos ainda uma pessoa), mas a possibilidade de uma vida, que é fundada no desejo de ser mãe (como responsabilidade e cuidado coletivo) daqueles que temos a possibilidade de gestar. Referimo-nos a essa discussão porque é, de fato, a que eles e elas propõem. Mas não queremos deixar de indicar que aquilo que na verdade preocupa/perturba á hierarquia eclesiástica é a impossibilidade de exercer o controle sobre o Estado e, ao mesmo tempo, que ele exerça esse controle sobre os nossos corpos. Esse poder, aquele que lhes dá sua influencia no Estado e daí sobre os nossos corpos, é o que está em jogo quando a gente fala da nossa soberania, e é esse poder o que eles não estão dispostos a perder.

Essa dinâmica só confirma a imbricação entre as duas instituições, e que apontam para o mesmo projeto hegemônico marcado pelo patriarcado, o capitalismo e a colonialidade.  

Escolher ou não escolher a maternidade, quando a gente entende que não é o nosso destino natural, requer que o Estado garanta nosso direito a escolher. Porque a maternidade nunca pode ser um castigo, ou algo que temos que sofrer (porque nós não podemos pagar, porque algumas pessoas colocam adiante seus valores morais e crenças pessoais, porque a igreja tem um poder que exerce sobre o Estado que se dedica a “administrar” e “tutelar” nossos corpos, porque…)

Quebrar a espera e a pedagogia da crueldade

Historicamente, por serem mulheres e também por serem pobres, quiseram nos sujeitar á espera. Essa que se volta pratica da dominação cotidiana de quem faz esperar sobre aquela que espera (as que esperamos). Essa que acontece quando parece que nada acontece. O Estado nos faz esperar quando não garanta o direito á educação sexual integral. Quando não garanta o aceso á saúde integral, quando assume as posições da igreja. Faz-nos esperar nos corredores dos palácios da injustiça, nas portas de qualquer hospital. Quando passam 12 anos nos quais nem se trata um projeto de lei de interrupção voluntaria da gravidez.

A espera á que os setores subalternos estamos sujeitos (que se torna mais complexa se tentamos analisar ou olhar desde a perspectiva da insterseccional) encarna uma relação de dominação ou dominações, onde o Estado (nunca pensado como monolítico, mas como um tecido contraditório e assimétrico de relações) funciona tentando nos educar na sujeição. A espera comporta, em palavras do Javier Auyero, incerteza e arbitrariedade, mas também violência sobre os corpos, a partir do exercício do que a Rita Segato chama uma pedagogia da crueldade que converte a vida em coisa. A autora fala que “essa pedagogia é exercida quando nos recusam a possibilidade de decidir sobre uma gravidez, e entendem que nosso corpo é a colônia de um coletivo que controla os mecanismos e procedimentos de um Estado, entre eles os mecanismos legislativos e judiciais” que definem o fato de não garantir nosso direito a decidir.

Esses controles exercidos (também) desde o Estado, são os que fazem pensar a aqueles que têm posturas contrárias aos direitos que estão cuidando o interesse coletivo, que inclui o interesse do feto como se fosse um cidadão. Nesse ponto aparece mais clara a função produtiva do poder que se exerce desde a espera e a pedagogia da crueldade, com o objetivo de construir mulheres que se transformem em um predicado do discurso patriarcal, que se expressa nas manifestações publicas e nos argumentos dos setores que se autodenominam “pro vida”.

Recuperar a soberania supõe quebrar essa colonização á qual é submetido nosso corpo e também significa que eles não fiquem mais tutelados no âmbito do Estado. Daí a importância de que esse mesmo Estado (ancorado no poder legislativo) faça uma sansão  de uma lei que garanta o direito a escolher ou não uma gravidez. Que deixem de ser os juízes, os médicos, os legisladores aqueles que decidam sobre nossos corpos. As leis, nós sabemos, não mudam automaticamente as coisas, mas têm, sem duvidas, uma eficácia simbólica (e material) que envolveria no caso da legalização do aborto (e não só a descriminalização) um ótimo avanço na conquista da nossa autonomia e soberania, bem como evitar a morte dos milhares de mulheres nos abortos clandestinos. O ponto é que o nosso corpo deixe de ser entendido como objeto/coisa sobre o qual outros podem decidir, agir, proibir, criminalizar. E que o nosso direito a decidir seja garantido.

No fato de quebrar a espera e a pedagogia da crueldade, se escreve a história da luta do movimento feminista, e ali enquadrada, a luta pelo direito ao aborto legal, seguro e gratuito. Nessa história de luta, nesse não esperar se concebe o que a María Alicia Gutierrez chama a descriminalização social do aborto, entendendo por essa frase as múltiplas ações que a Campanha Nacional pelo Direito ao Aborto Legal, Seguro e Gratuito tem desenvolvido desde sua existência. Ações que geram um amplo consenso em grandes setores da sociedade em favor da legalização do aborto, independentemente do que os poderes de turno consigam fazer, em palavras de Claudia Korol, uma pedagogia que tenta disciplinar, ordenar, domesticar e reproduzir o já existente. Porém, nós nunca ficamos quietas na espera.

Tentando uma pedagogia feminista

Agora talvez possamos entender melhor por que a Mariana Fabbiani mudou de posição (ao igual que muitas outras pessoas) e apropria-se do emblema da Campanha Nacional pelo Direito ao Aborto Legal, Seguro e Gratuito. Não é um momento, mas um processo que vem se gerando nas distintas realidades. Isso acontece no contexto da agitação do movimento feminista a partir do grito de Nenhuma a menos, em articulação com o outro emblema Nenhuma a menos por abortos clandestinos. Mas também responde a uma infinidade de espaços, projetos e iniciativas que, talvez tenham como uma das suas maiores experiências o Encontro Nacional de Mulheres, que é feito desde 1986 de uma maneira federal e de auto-gestão no nosso país. Em conjunto, todas elas configuram expressões do dialogo que constrói o movimento feminista e, como parte deste, a Campanha Nacional pelo Direito ao Aborto Legal, Seguro e Gratuito. Uma pedagogia feminista que vem prefigurando o exercício da autonomia sobre os nossos corpos-territórios, sempre aberta ao intercambio, ainda com aqueles que nem têm a intenção de um encontro fraterno. O dialogo que propõe o feminismo é um desafio e uma pratica pedagógico-política que se constrói todos os dias nas distintas áreas da sociedade (no trabalho, nas escolas, nos bairros, nos sindicatos, na mídia, nas cadeias, no transporte publico, nas faculdades, só por citar uns poucos) onde se criam todos os dias mais vontades rebeldes em favor da legalização do aborto. As mesmas vontades que levam o símbolo de essa luta: o lenço verde. A sociedade já está/estamos prontas. Os e as senadores e deputados que, por causa das suas crenças, discordam e consideram que o aborto não seria jamais uma opção, têm a obrigação de compreender (no sentido mais profundo) e apreender que o que está em jogo não são suas crenças pessoais, mas as nossas vidas e a possibilidade de exercer o nosso direito a decidir sobre os nossos corpos, corpos que não são da igreja nem do Estado, nem dos médicos, nem do mercado. Educação sexual para decidir. Contraceptivos para não abortar. Aborto legal para não morrer.

 

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