Imagen: Amanda Martínez

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You’ll be older too

And if you say the word

I could stay with you

The Beatles, 1967.

Los reyes de ese mundo son ancianos

Todo volverá a ser grande y violento

También tu serás grande

R. M. Rilke, 1903.

Menopausia.  Amarga palabra.  Del griego mens y pausi, indica el final del mundo de los ciclos mensuales femeninos.  Según la enciclopedia popular Wikipedia, es un proceso que ocasiona un reajuste de rol -en la familia o comunidad- por la toma de consciencia de la vulnerabilidad de la vida.  Vivir es riesgoso. A cualquier hora podemos morir.

Tengo 47 años y estoy acercándome a la menopausia.  Mi cuerpo lo dice todos los días. Habituarse a las gafas presbicirianas, a la piel que poco a poco pierde su brillo y firmeza, al pelo cada vez más gris, al cansancio de ciertos días.  Adaptarse a perecer. El fin de la vida; el cuerpo me lo recuerda. Aunque rellenara mis tetas, pintara mi pelo o planchara mi rostro, eventualmente llegaría la ausencia de lunas, acompañada por el testimonio de una hija que crece y me florece en ella. También persistirían la pérdida gradual de visión y mis manos que empiezan a verse viejas. No hay remedio. Finalizando posibilidades reproductivas, me encontraré más cerca de un final que de un inicio.

Mi madre decidió afrontar la amenaza de la impermanencia desde la intangibilidad de su belleza. Cirugías estéticas, vitaminas y caminatas religiosas a cada mañana de las semanas que vuelan. Su estrategia es un éxito, y ella es beldad de ojos verdes a lo alto de sus casi 80 años. Una estrategia exitosa que no me sirve. En mi juventud mis tácticas de supervivencia social me llevaron a buscar la belleza en otra parte.

Crecida suburbana e interiorana en el sur de América del Sur, comprendí muy temprano que mi aceptación social no se daría por la apostura de mis tetas o la sabrosura de mi culo. Cuando tenía 11 o 12 años, un compañero me dijo “eres la chica más bella de la clase, si yo fuese tu novio te llevaría a correr todos los días hasta la playa”. Un alago a mi rostro, un reproche a mi talla. ¿Qué podría hacer? Mais au bout du corps, l’esprit, me dijo Paul Valéry. El espíritu me salvaría de la esquizofrenia atribuida a mi cuerpo.

El compañerito me ayudó. Junto a otros y otras, me obligó, por medio del dolor, a buscar lugares alternos donde acoplarme como adolescente y luego como una joven mujer. En la música ochentera de cinta-casete y en la literatura de iniciación, al lado de mis también desencajados amigos que con inteligencia, angustia y alegría me acompañaron en aquellas búsquedas preliminares. También me acompañaron en la bohemia, en las drogas y en el alcohol. Tanta distancia quise tomar de lo que me era propuesto como femenino, que mi iniciación sexual fue voluntariamente patética. Quería, más que todo, librarme de la “virginidad”, una carne sin transcendencia, más estorbo que tesoro. Los jóvenes que estaban disponibles a la vuelta, eran tan o más confusos que yo. A los buenos chicos los hacía de amigos: ¿para qué perderlos en los descaminos de la pasión inmatura?  

Acercarme a la menopausia no me trae tantos dramas con el aspecto de mi cuerpo, forjé belleza y feminidad en otros lugares. Me molesta la permanencia de las gafas. También algún cansancio de ciertos días. Por ahora es sólo eso. Pero hay una gran novedad que me asombra gratamente. Empecé a percibir y escuchar el fin de la vida. Mi cuerpo me hace vivir lo perecedero, y esa consciencia corporal trae preguntas serias. ¿Qué es lo que tengo por delante ahora, cuando se desvanece la juventud? Si todo sale como con mis ancestros longevos, tendré unos 30 o 40 años más de envejecimiento. La decadencia recién empieza, ¿cómo la viviré? ¿Cómo se supone que envejece el cuerpo de un alma libre?  

El término menopausia es infeliz porque sólo apunta lo que se termina. Nombre que la medicina patriarcal da a un proceso exclusivamente femenino, que no es lineal ni tajante. Cierto que es el fin de la vida reproductiva, pero es además una transformación rica y profunda en el templo de la mujer. Es un duelo también. Duele transformar. Como un parto al revés y bastante más largo. No siendo más necesarias las crecientes y bajantes de la luna, el agua va pausando y empezamos a contemplar. Recién comprendo lo que no podía ver allá en los ochentas o noventas: mi cuerpo no es más ni menos que la carga genética que todas traemos y llevamos, de aquí hacia allá en la ruta del tiempo. No es posible detener ni el cuerpo ni el tiempo, sólo atravesarlos.  

Al igual que cuando devenía joven, ahora también cuento con unas guías que crispetean por ahí. Andrea Echeverri lamenta hermosamente de su vida malparida de la juventud asesina, una calavera bajando paso a paso la escalera, cuenta regresiva para ser de los gusanos la comida (Vieja, 2018). Todas envejecemos, incluso las maravillosas como ella. Entonces Andrea nos deja, finalmente, igualarnos a ella. Porque las divas quizá se enamoren mejor que las comunes (¿como no?), vivan con más delirio y rock’n roll, pero a esa esquina también llegan, con sus cuerpos.  ¿Para que me sirve mi cuerpo? Para salir en bikini y que todos me admiren, ¿o pa’ sentir la brisa sin ninguna prisa? Gracias, Diva.  Asimismo Gilberto Gil, quien me enseñó a amar con ligereza y optimismo, ha dicho que grabó su primer “disco de viejo” (Ok, ok, ok, 2018). ¿Quieren mi opinión?, pregunta Gil. Espero que minha alma seja nobre o suficiente enquanto eu estiver vivo. Ok, Gil. Comprendo y suscribo. El Gran Mayor Pepe Mujica se retiró del escenario político porque hay un tiempo para morir, dijo. Y él no quiere hacerlo dentro de un salón de egos. Morir en paz y con los suyos es parte del buenvivir. La muerte siempre fue el único futuro predecible. La decadencia nos hace comprender: tú también serás. And that’s ok

Tu também serás 

Imagem: Amanda Martínez

You’ll be older too

And if you say the word

I could stay with you

The Beatles, 1967

Os reis deste mundo são anciãos

Tudo voltará a ser grande e violento

Tu também serás velho

R. M. Rilke, 1903

Menopausa. Palavra amarga. Do grego mens e pausi, indica o final do mundo dos ciclos menstruais femininos. Segundo a enciclopédia popular Wikipedia, é um processo que ocasiona um reajuste de papel – na família ou comunidade – pela tomada de consciência da vulnerabilidade da vida. Viver é arriscado. A qualquer hora podemos morrer.

Tenho 47 anos e estou me aproximando da menopausa. Meu corpo me diz todos os dias. Habituar-me aos óculos, a pele que pouco a pouco vai perdendo seu brilho e firmeza, ao cabelo cada vez mais cinza, ao cansaço de certos dias. Adaptar-me ao perecer. O fim da vida, o corpo me faz lembrar. Mesmo se eu recheasse os seios, pintasse o cabelo ou esticasse meu rosto, eventualmente chegaria a ausência de luas, acompanhada pelo testemunho de uma filha que cresce e me faz florescer nela. Também persistiriam a perda gradual da visão e as mãos, que começam a parecer velhas. Não há remédio. Finalizando as possibilidades reprodutivas, estarei mais perto de um fim do que de um começo. 

Minha mãe decidiu enfrentar a ameaça da impermanência desde a intangibilidade de sua beleza.  Cirurgias estéticas, vitaminas e caminhadas religiosas todas as manhãs de todas as semanas que passam voando. Sua estratégia é um sucesso e ela é uma beldade de olhos verdes no alto de seus quase 80 anos. Uma estratégia bem sucedida que não serve para mim. Na minha juventude, minhas táticas de sobrevivência social me levaram a buscar a beleza em outro lugar.

Crescida suburbana e interiorana no sul da América do Sul, compreendi muito cedo que minha aceitação social não se daria pela beleza das minhas tetas ou a gostosura da minha bunda. Quando tinha 11 ou 13 anos, um companheiro me disse “tu és a guria mais linda da sala, se eu fosse teu namorado te levaria para correr todos os dias até a praia”. Um elogio ao meu rosto, uma censura ao meu tamanho. O que eu poderia fazer? Mais au bout du corps, l’esprit, me disse Paul Valéry. O espírito me salvaria da esquizofrenia atribuída ao meu corpo.

O coleguinha me ajudou. Junto a outros e outras, me obrigou, através da dor, a procurar lugares alternativos para encontrar-me como adolescente e depois, como uma jovem mulher. Na música dos anos oitenta, nas fitas cassete e na literatura de iniciação, ao lado dos meus amigos também desorientados que, com inteligência, angústia e alegria me acompanharam naquelas buscas preliminares. Também me acompanharam na boêmia, nas drogas e no álcool. Queria tanto me distanciar que me era proposto como feminino, que minha iniciação sexual foi voluntariamente patética. Queria, mais do que tudo, me livrar da “virgindade”, uma carne sem transcendência, mais estorvo que tesouro. Os jovens que estavam disponíveis perto de mim eram tão ou mais confusos do que eu. Com os bons meninos, eu fazia amizade: para que perdê-los nos descaminhos da paixão imatura? 

Aproximar-me da menopausa não me traz tantos dramas com o aspecto do meu corpo; forjei beleza e feminilidade em outros lugares. A permanência dos óculos me incomoda. Também o cansaço de alguns dias. No momento é apenas isso. Porém há uma grande novidade que me assombra gratamente. Comecei a perceber e escutar o fim da vida. Meu corpo me faz viver o perecível, e essa consciência corpórea me traz perguntas sérias. O que tenho pela frente agora, quando a juventude desvanece? Se tudo correr como com meus longevos ancestrais, terei uns 30 ou 40 anos de envelhecimento pela frente. O declínio está apenas começando, como o viverei? Como é que deve envelhecer o corpo de uma alma livre?    

O termo menopausa é infeliz porque indica apenas o que termina. Nome que a medicina patriarcal dá a um processo exclusivamente feminino, que não é linear nem terminante. É certo que significa o final da vida reprodutiva, mas também é uma transformação rica e profunda no templo da mulher. É, ainda, um luto. Transformar dói. Como um parto, só que ao revés e muito mais longo. Não sendo mais necessárias as crescentes e minguantes da lua, a água vai acalmando e começamos a contemplar. Recém entendo o que não conseguia ver lá nos anos oitenta ou noventa: o meu corpo não é nada mais, nada menos, que a carga genética que todas carregamos e levamos daqui pra lá na rota do tempo. Não é possível deter, nem o corpo nem o tempo, somente atravessar.

Assim como quando eu era jovem, agora também conto com algumas guias que vão pipocando por aí. Andrea Echeverri lamenta belamente da sua vida malparida de la juventud asesina, una calavera bajando paso a paso la escalera, cuenta regresiva para ser de los gusanos la comida (Vieja, 2018). Todas envelhecemos, inclusive as maravilhosas como ela. Assim a Andrea nos deixa, finalmente, igualar-nos a ela.  Porque as divas talvez se apaixonem melhor que as comuns (como não?), vivam com mais delírio e rock and roll, mas elas também chegam nessa esquina, com seus corpos.  ¿Para que me sirve mi cuerpo? Para salir en bikini y que todos me admiren, ¿o pa’ sentir la brisa sin ninguna prisa? Obrigada, Diva. Também Gilberto Gil, quem me ensinou a amar com leveza e otimismo, disse que gravou seu primeiro disco de velho (Ok, ok, ok, 2018). Querem saber minha opinião? Pergunta Gil. Espero que minha alma seja nobre o suficiente enquanto eu estiver vivo. Ok, Gil. Entendo e assino embaixo. O Grande Avô Pepe Mujica se aposentou do cenário político porque hay un tiempo para morir, como ele disse. E ele não quer morrer dentro de um salão de egos. Morrer em paz e com os seus é parte do bemviver. A morte sempre foi o único futuro previsível. A decadência nos faz compreender: tu também serás. And that’s ok.


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