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Foto: Nuria Turmo

Qué delicioso es el olor a limpio. Recorro la cocina. Todos los trastes están acomodaditos en el escurridor. No hay cochambre en la estufa. Huelo los azahares del árbol de limón. Ya barrí toda la hierba: el jardín es nuestro pequeño paraíso. Entro a la recámara, nuestro lugar en el mundo. No hago ruido, camino descalza; está aquí, en el abandono del cuerpo: dormita. En una esquina, la ropa limpia que tallé esta mañana, todo con mis manos, no me importa que se estropee la manicura. Restriego su ropa, sus calzones, los míos: no hay diferencia. Qué deliciosa es la ropa limpia. Me meto en ella que está formada como una montaña y la huelo toda. Qué frescura. Amo la limpieza, el cuerpo recién lavado, el agua fría que bebo cuando acabo el quehacer y estoy limpia y está todo en orden. Entonces corto un trozo de papaya del otro árbol y lo pruebo con fruición. Benditas frutas silvestres. Todo resplandece. Me siento a leer a Onetti, frente a la cama, en nuestro sillón azul. La ropa sucia achipotada en el suelo. Más tarde la pondré a remojar, es ropa blanca y cuesta más quitar lo percudido. La gata va y se arremolina entre esa ropa. Qué asco. ¿Será que así nos siente cerca, por nuestro olor? Apacible se queda dormida entre esa mezcla de aromas y pienso: ¡Qué desagradable animal! Ahora levanto la vista, miro la gran cama postrada frente a mí, toda nuestra, abarcable sólo para nuestros cuerpos. Ella está mirándome, sonríe, todo su cuerpo expuesto para mí, su cabello castaño enmarañado le cae entre sus senos, entre sus pezones trigueños erguidos que, creo, también fueron cosechados en nuestro jardín: duraznos jugosos. Me pide. Ya no hay mugre por ningún lugar. Tengo a Onetti entre las manos; tendrá que esperar.

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A espera

Foto: Nuria Turmo

Tradução: Indira Visnu

Que delicioso é o cheiro de limpeza. Percorro a cozinha. Todos os pratos e panelas arrumadinhos no escorredor. Não há gordura sobre o fogão. Sinto o cheiro das flores brancas no pé de limão. Já varri todo o mato: o jardim é o nosso pequeno paraíso. Entro no quarto, nosso cantinho no mundo. Não faço barulho, caminho descalça; está aqui, no abandono do corpo: cochila. Num canto, a roupa limpa que dobrei pela manhã, tudo com minhas mãos, não me importa se estrago a manicure. Esfrego a roupa dela, suas calcinhas, as minhas: não tem diferença. Que delícia é a roupa limpa. Entro nela, que forma uma montanha e a cheiro inteira. Que frescor. Amo a limpeza, o corpo recém lavado, a água fria que bebo quando acabo as tarefas e estou limpa e tudo está em ordem. Então corto um pedaço de mamão da outra árvore e o provo com fruição. Benditas frutas silvestres. Tudo resplandece. Sento-me para ler a Onetti, de frente pra cama, na nossa poltrona azul. A roupa suja jogada no chão. Mais tarde a colocarei de molho, é roupa branca e custa mais pra remover o encardido. A gata vai e se enrosca nessa roupa. Que nojo. Será que assim nos sente mais próximas, pelo nosso cheiro? Tranquila adormece entre essa mistura de aromas e penso: Que animal desagradável! Agora levanto a vista, olho a grande cama prostrada na minha frente, toda nossa, disponível apenas para nossos corpos. Ela está me olhando, sorri, todo seu corpo exposto para mim, seu cabelo castanho emaranhado cai entre seus seios, entre seus mamilos morenos erguidos que, acredito, também foram colhidos no nosso jardim: pêssegos sucosos. Se insinua. Não há sujeira por nenhuma parte. Tenho a Onetti nas mão; terás que esperar.

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