Cristina Burneo Salazar

“Toma a tu sirvienta cuando quieras, es tu derecho.” Este es un grafiti del antiguo Imperio Romano. En otro, en un burdel en Pompeya, puede leerse: “¡Que arda el amor en las montañas solitarias para quien viole a mi mujer!” En un callejón, aparece la escritura de una mujer: “Atimetus me preñó.” El grafiti es una práctica de apropiación histórica del espacio de la ciudad y de la resignificación constante de dicha apropiación. En la antigua Roma, por ejemplo, daba cuenta de una sociedad misógina, pero también permitía ver que algunas mujeres esclavizadas sabían escribir y debajan marcados hitos de su vida a modo de denuncia o registro.

La escritura es un derecho adquirido y ampliado a diversos grupos humanos que ha tomado miles de años, y es, al mismo tiempo, el ingreso al mundo de la ley. La escritura en prisión o vigilada —como en cárceles o escuelas—, la escritura prohibida a las mujeres —Inés de la Cruz, símbolo de la obediencia-desobediencia que cuesta la vida—, nos permiten comprender el mundo a través de la relación específica entre sujeto, ley y escritura cuando hay algo que decir que nos ha sido negado. 

El grafiti contemporáneo suele ser una práctica de desobediencia que parte del derecho a la libertad fundamental a expresarse. Crea comunidades de sentido aunque sea fugaz en tanto es palabra colectiva, como lo define Véronique Plesch. El grafiti expresa “la lucha desigual que se establece entre las reglas impuestas por un sistema social y la expansión natural, creativa y emocional del individuo”, ha escrito Fernando Figueroa Saavedra. Hay una vitalidad en él capaz de convocar por medio de un sentido compartido, de signos y estéticas. Por ejemplo, el grafiti feminista “Ni una menos” es resultado de largas luchas sociales, condensa miles de historias en tres palabras, y es la respuesta colectiva a un orden de vida que ha denigrado la existencia de las mujeres. 

El grafiti no siempre ha sido sancionado por la ley penal. Su carácter lícito o ilícito es difícil de probar pues ha variado con los siglos, y no siempre ha sido marginal respecto del espacio que ocupa: ha estado en iglesias y cárceles, en callejones y grandes muros. Tampoco hay una perspectiva histórica que pruebe que la punición es la única relación posible con el grafiti. Por el contrario, los estudios al respecto observan que las leyes de prohibición, regulación o castigo a lo largo de las útimas décadas han sido vacilantes o infructuosas. Hoy parece que la única relación establecida entre grafiti y sociedad fuera vandalismo-castigo, pero el pasado tiene huellas resistentes. Si quienes se apresuran a exigir castigo para quienes escriben en paredes supieran, por ejemplo, que los muros de las iglesias en siglos anteriores se tomaban para mensajes de agradecimiento, consagración o amor profano, y que no se borraban, pensarían dos veces. Miremos hoy, por ejemplo, las paredes escritas de la iglesia de San Francisco, en Quito. Hay mensajes de amistad, agradecimiento, hay números de teléfono que se dejan para el encuentro. ¿Qué pensamos del patrimonio cuando miramos esto? ¿Por qué seleccionamos unas prácticas escriturarias como delitos y otras no? ¿En qué nos alivia clamar por cárcel para quienes escriben algo que oprime? 

A lo largo de la Historia las paredes han sustituido o acompañado la prensa, la hoja volante, el grito colectivo, han sido espacios de desfogue social. El registro del pasado y su resonancia en el presente cambian nuestra idea de la vida, los muros realmente hablan. Cuando una pared dice “Toma a tu sirvienta”, una dimensión de la Historia está hablando a través de ella. Cuando otra pared responde “Ni la tierra ni las mujeres somos territorios de conquista”, alguien ha recurrido al mismo gesto con una fuerza totalmente distinta. Un grafiti se considera histórico y el otro se considera vandalismo. Pero entre ambos hay un diálogo y ambos son palimpsestos, es decir, en ambos hay acumulación de capas de la Historia, capas hechas de textos y de  cuerpos. El grafiti, como escribe Véronique Plesch, es la toma de posesión de un lugar para afirmar algo. Entre Roma y las ciudades latinoamericanas de hoy, se resignifica desde la praxis feminista multitudinaria el gesto de escribir sobre la pared en donde antes escribieron violadores o esclavistas. En donde decía “violen a mi mujer y gocen”, hoy dice “Hermana, yo sí te creo”. Por eso, la lengua que hablan las paredes altera “la narrativa pretendidamente invencible de los poderes, interrumpe el monólogo de los poderes propietarios”, como escribe Rossana Reguillo. La palabra pública muestra mundos posibles donde el poder quiere borrarlos con pintura blanca. Esto, que no es una apología del grafiti, es apenas la constatación de que algo existe y se está expresando de este modo. Es la toma pública de la palabra de las mujeres en “territorios de insurrección”, como los llama Reguillo, a los que nos aproximamos quienes nos hemos dejado afectar por esa palabra. En ese sentido, como han escrito historiadoras del arte, cientistas sociales, restauradoras, el grafiti del presente es un patrimonio, un bien común que está registrando hoy las demandas  de un mundo con mañana, aunque en dicho mundo asesinen a las mujeres cada diez horas.  

Este ejercicio de libertad de expresión y del derecho a disentir tienen fuertes reacciones punitivistas. “Donde no hay norma hay caos”, dice el Derecho. El miedo al desorden público, como lo llaman (es conocido el caso de Pussy Riot, presas de conciencia), es en gran parte una respuesta basada en la ignorancia: falta de exposición a estas prácticas y discusiones, repetición de lugares comunes, prejuicios o desconocimiento del campo cultural. A la visión técnica del Derecho, la desobediencia política responde que si el Estado —o la sociedad, valga decir— es tirano, tengo derecho de negarle mi lealtad, retirarme y mantenerme al margen, porque ese Estado no recurrirá a mi conciencia moral ni a mi inteligencia para convencerme, sino que usará simple fuerza física. Estas son palabras de Thoreau, reconocido autor de Del deber de la desobediencia civil. El apego a la norma responde también a un estado social de pánico.

En 1972, Stanley Cohen publicó un volumen que tituló Demonios populares y pánico moral. Su trabajo abordaba desde los estudios culturales las prácticas de algunas contraculturas juveniles, sobre todo los rockers. Los “demonios populares” eran jóvenes desobedientes, y lo que se generaba como reacción era pánico. Lo mismo pasa hoy en nuestros contextos con ciertas visualidades, posturas estéticas, activismos, etc. “Cuando la reacción oficial de una persona, un grupo de personas, una serie de acontecimientos no guarda absolutamente ninguna proporción con la amenaza real existente, cuando los expertos, bajo la forma de jefes de policía, el poder judicial, los políticos y editores, perciben la amenaza en términos casi idénticos (…) podemos hablar de pánico moral”, escribe Cohen. En el caso del grafiti, el pánico moral no permite detenerse sobre lo que gritan las paredes y ve una amenaza desmedida —¡Oh, Humanidad!— en la pinta en la pared y no en lo que esa pinta denuncia. Una sociedad en pánico no es capaz de pensar.

Ante el feminicidio y la cultura de la violación, que degrada nuestra humanidad por medio de la violencia selectiva contra nuestros cuerpos, la sociedad en pánico ve una amenaza desmedida en la denuncia social y no en la degradación. “Se responde a un delito con otro delito”, responde el punitivista. Se equipara así el feminicidio con el grafiti: se criminaliza la acción de desobediencia elevándola a un delito, y se relativiza la acción de violencia bajándola a un delito. Se ubican así ambas acciones en el mismo plano y en el mismo rango: entre asesinar a una mujer y escribir un grafiti se sella una relación en donde ambas son judicializables dentro de una proporción aproximada entre sí. Esta falsa simetría, establecida para criminalizar lo primero y relativizar lo segundo, se justifica en el peligro de que la sociedad se vea “hundida en el caos”. Pero es el orden que administra nuestras vidas el que las ha desprotegido. Es un régimen político que se llama patriarcado. El problema es ese orden, no el desorden.

Al contrario de lo que piensa el punitivista en pánico, que halla calma en marcos jurídico-técnicos, es la desobediencia lo que ha dotado de fundamentos a su propio cuerpo de leyes. Ejemplo: acto histórico de intervención en paredes de la ciudad de Quito: la noche del 21 de octubre de 1794, un grupo de letrados en quienes muchos hombres doctos de hoy sitúan a sus antepasados intelectuales —Mariano Villalobos, Juan Pío Montúfar— sale a colgar banderas rojas. La frase: “Seamos libres. Consigamos felicidad y gloria”. Esa acción con grafitis en tela se atribuyó sin pruebas a Eugenio Espejo, ilustrado fundamental en la Historia de Ecuador. En todo caso, fueron reconocidos autores y hombres públicos quienes abogaron por la libertad por medio de un acto de desobediencia. Sus acciones consolidaron un movimiento que luego llevaría al proceso independentista ecuatoriano y a la fundación de una República cuyo cuerpo de leyes hoy ignora los fundamentos de dicha desobediencia y la ampliación, aunque lenta y con enormes deudas, del concepto de “ciudadanía”. Hoy, ningún letrado despreciaría el legado de Espejo, pero lo seleccionamos a conveniencia para no dar cuenta de nuestras contradicciones. 

El punitivista suele volverse pacifista para oponer unas luchas a otras sin ver sus horizontes comunes: “Gandhi hizo una revolución sin violencia.” Empezando por el hecho de que la protesta social no es violencia, aunque sea agitadora, cabe atender a lugares comunes que pasan por argumentos. Kasturba Gandhi, esposa del líder mundial, compartió prisión con éste en el palacio del Aga Khan, donde enfermó de neumonía. Su hijo Devadas insistió en que su madre tomara penicilina. Mahatma Gandhi se opuso, pues “estaba en manos de dios”. Kasturba murió por falta de tratamiento. Más tarde, al enfermar de malaria, Gandhi sí aceptó antibióticos y salvó su vida. Por otro lado, tomó sus estrategias de resistencia pasiva de las sufraguistas. Si queremos entender el presente necesitamos nuevos universos de referencia o, por lo menos, analizar los que tenemos. Cuando Gandhi descubrió a las sufraguistas, incorporó sus luchas a la “fuerza de la verdad”, como llamaba su resistencia, que incluía la creencia en la desobediencia civil y que, por cierto, asumía las consecuencias jurídicas de sus actos, como rezan los manifiestos. El pacifismo no promueve una pasividad plana. Gandhi tuvo terribles contradicciones y fue responsable de violencias como la de dejar morir a Kasturba Gandhi. ¿Vamos a seguir citando un pacifismo chato y borrando a Kasturba cuando hablamos de luchas feministas? Lo que más me sigue sorprendiendo del lugar común del pacifismo cuando se lo quiere hacer pasar por argumento, es que se demanda paz social, cultural y política, como si los grafitis de las paredes fueran capaces de derribarla. Si son tan frágiles la paz y el “orden” a los que llaman los punitivistas, los medios conservadores y la interpretación limitada y paranoica del Derecho, tan frágiles que pueden caerse con un grafiti, seguro hay un problema más grave. Me sorprende también que se demande paz: en el cuerpo de las mujeres no hay paz. A nuestros cuerpos no ha llegado la paz de la que hablan.

Estos son apenas dos ejemplos de los lugares comunes a los que me vi enfrentada en un debate entre un abogado penalista de posición conservadora y un periodista fuertemente inclinado hacia la punición respecto del grafiti como protesta social. A ninguno de los dos le escuché citar contenidos de los grafitis que condenaban. No escuché preguntas sobre lo que las paredes dicen, de hecho, se afirmaban sobre lugares comunes —pacifismo, Gandhi, nazismo— sin elaboración. No registré en la discusión argumentos sobre Kasturba Gandhi ni las sufraguistas al hablar de pacifismo. Tampoco localicé en su reflexión sobre la ley y la protesta argumentos que historizaran el problema. ¿Hay alguna relación entre ley y protesta social que no se resuelva en la punición? Los lugares comunes con que pensamos nos conducen a otros lugares comunes que no permiten abordar la densidad de la realidad. A la lucha social por la dignidad la acompaña la lucha intelectual, encarnada en el reconocimiento de la existencia concreta y compleja del otro, no en su reducción a clichés. La respuesta a la violencia feminicida, a la cultura de la violación, no puede ser técnica, ni los discursos del poder pueden simplificarla, porque al borrarla, se borran de las paredes las frases que la denuncian. ¿Por qué no queremos leer las pintas? “Si no nos dejan hablar tenemos las paredes para que griten por nosotras”, escribía Alejandra Ramírez desde el movimiento feminista ecuatoriano como reacción a estas posiciones, reivindicando la palabra colectiva de las pintas. Aquí hay un discurso que trabajará para fortalecer la punición y una creciente intervención penal en la vida, hasta que la única comprensión que podamos tener de la vida sea penal, hasta que hayamos naturalizado que todo acto vital o desobediente es criminal, y que por tanto merece castigo.  

México: cuando los grafitis son leídos como denuncia y no como delito

El acto de leer entraña un riesgo. Comparezco ante una idea que me exige poner en valor un sentido del mundo. La lucha feminista ha construido en este mismo año una relación entre protesta social, grafiti y “vandalismo” que se ha sustraído de la lógica de la punición. En los casos que estoy por mencionar, el feminismo ha logrado des-criminalizar la práctica del grafiti, es decir, legitimarlo como forma de denuncia, poner en primer plano sus mensajes y en segundo plano el carácter lícito o ilícito el canal que eligen: la pared. Durante la huelga mundial feminista del 8 de Marzo de 2020, paredes de la Universidad de Guadalajara aparecieron con grafiti. El día 9, las autoridades de la universidad comunican oficialmente que “las consignas que mujeres plasmaron en muros y pisos del edificio de Rectoría General y el Museo de las Artes durante la marcha de este domingo no serán borradas hasta completar la debida documentación de las mismas. Esto con el fin de conocer y atender cada una de las denuncias e ideas de las manifestantes. Esta casa de estudios escuchará cada palabra consignada en las paredes y pisos de sus espacios. Respetará la libre expresión de sus manifestantes (…)”. Aquí, un gesto de desobediencia que, en su repetición, logra cambiar el sentido con que son interpretados los hechos. La acción que surge de los principios cambia las relaciones, escribía Thoreau. Hoy, lo sabemos, esos cambios en las relaciones entre las cosas, sus sentidos y el mundo producen nuevos paisajes de lo posible. El grafiti, sea vandalismo o no, se convierte en documento de denuncia, incluso con valor institucional.

Por su parte, la Universidad Iberoamericana, de Ciudad de México, vio uno de sus muros llenarse de denuncias con la acción 8M “Cuelga a tu abusador”. El comunicado de la institución dice: “En la Ibero se respeta la libertad de expresión. Nuestras alumnas, académicas y trabajadoras son libres en manifestarse y en generar acciones que visibilicen la violencia de género. Entendemos que la denuncia pública, tanto en espacios físicos como digitales, es una forma de manifestar la impotencia ante la falta de credibilidad que se muestra ante las víctimas, la desconfianza, la revictimización o la impunidad”, y se llama a las mujeres que denunciaron a presentar una denuncia formal para abrir investigaciones, al tiempo que se llama a una mesa institucional de género, con expertas del campo. 

En ambos casos, el grafiti es puesto en valor como bien común, denuncia y documento. La filósofa Elsa Dorlin habla de modos de esclavizar una vida cuando se le impide ejercer su propia defensa. Un esclavo es quien se ve despojado del derecho de preservarse a sí mismo, dice Dorlin. El acto de emancipación, por tanto, consiste en apropiarse de medios de defensa de la propia vida, y aparece la función de la desobediencia. Hay que preservar la vida propia cuando nadie más la cuida para construir una forma de justicia en un orden de dominio. Esto, marca Dorlin, se da del modo más concreto, desde el cuerpo. Las feministas, los pacifistas de base, las grafiteras enmascaradas, ponen el cuerpo en la acción de emancipación. Me pregunto dónde queda el cuerpo del punitivista en esa escena. 

Frente a esto, el argumento de la propiedad privada y el grafiti también tambalea. Se tutela un derecho, dice el punitivista: defender la propiedad. Se confunde propiedad con patrimonio, primero, y se confunde patrimonio con falsificación, segundo. En este artículo imprescindible de LatFem de Ana Masiello, restauradora argentina, quedan muy claros algunos puntos. 1) Restaurar no es blanquear, pues eso supone una falsificación. No se puede pintar a diestra y siniestra sobre grafiti, ni restaurar para que algo quede “como nuevo”. Aquí esta bella pregunta sobre la Historia y el tiempo: “¿por qué no le ponemos los brazos a la Venus de Milo?” 2) Llamar vandalismo al grafiti. Dice Masiello: “Estas enunciaciones descontextualizan el momento que se produce la pintada y no ponen en valor los procesos políticos y sociales que existieron para que un grupo de personas se organice ante un reclamo”, es decir, se despoja a todo patrimonio de los contextos en que convive con el presente. 

Por otro lado, la gentrificación, la derribada de casas patrimoniales, el ensanchamiento de calles, también pueden ser vistos como vandálicos, dice Masiello, en tanto destruyen lo que estaba en su lugar antes. ¿Por qué nadie se alarma ante esto? No hay criterios consistentes, sino prejuicio contra las pintas porque los mensajes que llevan nos obligan a vernos como sociedad: una sociedad que viola y mata. 3)La tarea de quienes restauran no se reduce a una técnica de borrado. “Decidir qué borrar y qué conservar es una decisión que afecta directamente al relato que se construirá alrededor” de un hecho, por tanto, es política, dice Masiello, y no sólo técnica. Aparte están los problemas, como continúa, de elección de materiales, destrucción de capas históricas de inmuebles, en nombre de un blanqueamiento que daña el patrimonio.

Esta comprensión de patrimonio y restauración debe ser tomada en cuenta para tener discusiones reales y no reducir sus elementos a propiedad/patrimonio-borradura. Todo esto tiene que ver con los profundos sentidos políticos del arte, de la producción simbólica del presente para comprender el mundo en que vivimos. Está el ejemplo del escultor Javier Marín, autor de una escultura de Francisco Madero en Ciudad de México que fue grafiteada el 8M de este año. Marín celebró las pintas y explicó el criterio de colocación de la escultura, que no tiene pedestal para coincidir con las protestas y marchas con ellas. Las intervenciones en la obra, dijo Marín, son ahora parte de la obra. 

La vida de las mujeres, a través de quienes se mira el estado de nuestras sociedades, merece más que lugares comunes. Su defensa merece impugnar la ley, construir movimientos destituyentes de las instituciones que no han sabido preservar la vida, tomar públicamente la palabra hasta que dejen de meter nuestros miembros en bolsas, cortar nuestros labios vaginales con tijeras, segar nuestra respiración. En el mundo, las grafiteras enmascaradas han hecho una concesión: dejaremos de pintar las paredes cuando dejen de violarnos y de asesinarnos. ¿Podemos darles una fecha aproximada?

Não há paz no corpo das mulheres

Ilustración: Pilar Emitzin.

Cristina Burneo Salazar
Traduzido por Larissa Bontempi.

“Pegue a sua criada quando quiser, é seu direito”. Isso é um grafite do antigo Império Romano. Em outro, em um bordei em Pompeya, lê-se: “Que arda o amor nas montanhas solitárias para quem estuprar a minha mulher!” Em um beco sem saída, aparece a escrita de uma mulher: Atimetus me engravidou” O grafite é a prática de apropriação histórica do espaço da cidade e da ressignificação constante dessa apropriação. Na Roma antiga, por exemplo, via-se uma sociedade misógina, mas também era perceptível que algumas mulheres escravizadas sabiam escrever e deixavam os marcos históricos de suas vidas marcados como forma de denúncia ou registro.

A escrita é um direito adquirido e ampliado a diversos grupos humanos que existe há milhares de anos e é, ao mesmo tempo, o ingresso ao mundo da lei. A escrita na prisão ou vigiada — como em cadeias ou escolas — e a escrita proibida às mulheres — Inés de la Cruz, símbolo da obediência-desobediência como custo da vida — nos permitem compreender o mundo através da relação específica entre sujeito, lei e escrita quando há algo a dizer e que nos tenha sido negado. 

O grafite contemporâneo costuma ser uma prática de desobediência que parte do direito à fundamental liberdade de expressão. Cria comunidades de sentido, ainda que seja fugaz enquanto palavra coletiva, como define Véronique Plesch. Fernando Figueroa Saavedra afirma que o grafite expressa “a luta desigual que estabelecida entre as regras impostas por um sistema social e a expansão natural, criativa e emocional do indivíduo”. Há uma vitalidade nele capaz de convocar, através de um sentido compartilhado e de signos e estéticas. Por exemplo, o grafite feminista “Ni una menos” é resultado de longas lutas sociais, condensa milhares de histórias em três palavras e é a resposta coletiva a uma ordem de vida que rebaixou a existência das mulheres. 

Nem sempre o grafite foi sancionado pela legislação penal. Seu caráter lícito ou ilícito é difícil de provar, pois variou com o passar dos séculos e nem sempre foi marginal, dependendo do espaço que ocupava: já esteve em igrejas, cadeias, becos e muros. Tampouco existe uma perspectiva histórica que prova que a punição é a única relação possível com o grafite. Ao contrário, os estudos a respeito observam que as leis de proibição, regulamentação ou castigo ao longo das últimas décadas foram vacilantes ou infrutíferas. Hoje, parece que a única relação estabelecida entre o grafite e a sociedade é a de vandalismo-castigo, mas o passado deixou marcas resistentes. Se os que se apressam a pedir castigo para quem escreve em paredes soubessem, por exemplo, que os muros das igrejas em séculos anteriores eram utilizados para mensagens de agradecimento, consagração ou amor profano e que não eram apagados, pensariam duas vezes. Vejamos hoje, por exemplo, as paredes escritas da igreja de São Francisco, em Quito. Há mensagens de amizade, agradecimento, números de telefone deixados para encontros. O que pensamos do patrimônio quando olhamos para isso? Por que selecionamos algumas práticas de escrita como delito e outras não? De que forma nos alivia clamar por cadeia para quem escreve sobre algo que oprime? 

Ao longo da história, as paredes substituíram ou acompanharam a imprensa, a “hoja volante”, o grito coletivo; foram espaços de desafogamento social. O registro do passado e sua ressonância com o presente mudam nossa ideia de vida; os muros realmente falam. Quando uma parede diz “Pegue sua criada”, uma dimensão da História fala através dela. Quando outra parede responde “Nem a terra nem as mulheres são territórios de conquista”, alguém recorreu ao mesmo gesto com uma força totalmente diferente. Um grafite é considerado histórico e o outro é considerado vandalismo. Mas existe um diálogo entre ambos e eles são palimpsestos, isto é, há nos dois um acúmulo de capas da História feitas de textos e de corpos. O grafite, como escreve Véronique Plesch, é a tomada de posse de um lugar para afirmar algo. Entre Roma e as cidades latino-americanas de hoje, a práxis feminista multitudinária ressignifica o gesto de escrever nas paredes onde antes os escravagistas ou estupradores escreveram. Onde dizia “estuprem a minha mulher e gozem”, hoje diz “Irmã, eu, sim, te amo”. Por isso, a língua que as paredes falam altera “a narrativa que se pretende invencível dos poderes, interrompe o monólogo dos poderes proprietários”, como escreve Rossana Reguillo. A palavra pública mostra mundos possíveis que o poder quer apagar com tinta branca. Isto, que não é uma apologia ao grafite, é apenas a constatação de que algo existe e está sendo expresso desta forma. É a tomada pública da palavra das mulheres em “territórios de insurreição”, como Reguillo chama, aos quais se aproximam os que se deixaram afetar por essa palavra. Nesse sentido, como escreveram historiadoras da arte, cientistas sociais, restauradoras, o grafite do presente é um patrimônio, um bem comum que está registrando hoje as demandas de um mundo com um amanhã, ainda que nesse mundo uma mulher seja assassinada a cada dez horas.  

Este exercício de liberdade de expressão e do direito de dissentir têm fortes reações punitivistas. “Onde não há norma, há caos”, diz o Direito. O medo da desordem pública, como chamam (é conhecido o caso das Pussy Riot, presas de consciência), é em grande parte uma resposta baseada na ignorância, falta de exposição a essas práticas e discussões, repetição, de lugares comuns, preconceitos ou desconhecimento do campo cultural. Para a visão técnica do Direito, a desobediência política responde que se o Estado – ou, cabe dizer, a sociedade, – é tirano, tenho direito de negar minha lealdade, me retirar e me manter à margem, porque esse Estado não recorrerá à minha consciência moral nem à minha inteligência para me convencer, mas usará a simples força física. Estas são palavras de Thoreau, reconhecido autor de A desobediência civil. O apego à norma corresponde também a um estado de pânico.

Em 1972, Stanley Cohen publicou um volume intitulado Folk Devils and Moral Panics. Seu trabalho abordava a partir dos estudos culturais a prática de algumas contraculturas juvenis, sobretudo os rockers. Os “demônios populares” eram jovens, desobedientes e a reação que geravam era pânico. O mesmo acontece hoje em dia em nossos contextos com certas visualidades, posturas estéticas, ativismos etc. “Quando a reação oficial de uma pessoa, um grupo de pessoas, uma série de acontecimentos não guarda absolutamente nenhuma proporção com a ameaça real existente; quando os especialistas sob a forma de chefes de polícia, o poder judicial, os políticos e editores, percebem a ameaça em termos quase idênticos (…) podemos falar de pânico moral”, escreve Cohen. No caso do grafite, o pânico moral não permite se deter no que as paredes gritam e vê uma ameaça desmedida. – Oh, Humanidade! – no grafite da parede e não no que ele denuncia. Uma sociedade em pânico não é capaz de pensar.

Diante do feminicídio e da cultura do estupro, que degrada nossa humanidade por meio da violência seletiva contra nossos corpos, a sociedade em pânico vê uma ameaça desmedida na denúncia social e não na degradação. “Um delito é respondido com outro delito”, responde o punitivista. Assim, se equipara o feminicídio com o grafite: se criminaliza a ação de desobediência elevando-a a um delito e se relativiza a ação de violência rebaixando-a a um delito. Assim, ambas ações são colocadas no mesmo plano e na mesma categoria: entre assassinar uma mulher e escrever um grafite, é selada uma relação onde ambas são judicializáveis dentro de uma proporção aproximada entre si. Essa falsa simetria, estabelecida para criminalizar o primeiro e relativizar o segundo, é justificada no perigo de que a sociedade se veja “afundada no caos”. Mas a ordem que administra nossas vidas é a mesma que as desprotegeu. É um regime político chamado patriarcado. O problema é essa ordem, não a desordem.

Ao contrário do que pensam os punitivistas em pânico, que encontram calma em marcos jurídico-técnicos, foi a desobediência que dotou de fundamentos no seu próprio corpo de leis. Por exemplo: ato histórico de intervenção em paredes da cidade de Quito na noite de 21 de outubro de 1974; um grupo de letrados em quem muitos homens cultos de hoje situam seus antepassados intelectuais sai pendurando bandeiras vermelhas – Mariano Villalobos, Juan Pío Montúfar. A frase: “Sejamos livres. Consigamos felicidade e glória”. Essa ação com grafites em tecido foi atribuída sem provas a Eugenio Espejo, ilustração fundamental da história do Equador. Em todo caso, foram reconhecidos autores e homens públicos que advogaram pela liberdade por meio de um ato de desobediência. Suas ações consolidaram um movimento que logo levaria ao processo de independência equatoriano e à fundação de uma República cujo corpo de leis hoje ignora os fundamentos daquela desobediência e a ampliação do conceito de “cidadania”, mesmo que lenta e com enormes dívidas. Hoje, nenhum letrado depreciaria o legado de Espejo, mas o selecionamos por conveniência, para não dar conta de nossas contradições. 

Os punitivistas costumam se tornar pacifistas para opor algumas lutas a outras sem ver seus horizontes comuns: “Gandhi fez uma revolução sem violência.” Começando pelo fato de que o protesto social não é violência, ainda que seja agitador, cabe atender a lugares comuns que passam por argumentos. Kasturba Gandhi, esposa do líder mundial, compartilhou a prisão com ele no palácio do Aga Khan, onde adoeceu de pneumonia. Seu filho Devadas insistiu que sua mãe tomasse penicilina. Mahatma Gandhi se opôs, pois “estava nas mãos de deus”. Kasturba morreu por falta de tratamento. Mais tarde, ao contrair malária, Gandhi aceitou os antibióticos e salvou sua vida. Por outro lado, tomou suas estratégias de resistência passiva das sufragistas. Se queremos entender o presente, precisamos de novos universos de referência ou, pelo menos, analisar os que temos. Quando Gandhi descobriu as sufragistas, incorporou suas lutas à “força da verdade”, como chamava a sua resistência, que incluía a crença na desobediência civil e que, certamente, assumia as consequências jurídicas de seus atos, como rezam os manifestos. O pacifismo não promove uma passividade plana. Gandhi teve terríveis contradições e foi responsável por violências como a de deixar que Kasturba Gandhi morresse. Vamos continuar citando um pacifismo chato e apagando Kasturba quando falamos de lutas feministas? O que mais me surpreende do lugar comum do pacifismo quando querem fazê-lo passar por argumento, é que se demanda paz social, cultural e política, como se os grafites das paredes fossem capazes de derrubá-las. Se a paz e a “ordem”, como chamadas pelos punitivistas, são tão frágeis, bem como os meios conservadores e a interpretação limitada e paranoica do Direito, tão frágeis que podem cair com um grafite, certamente existe um problema mais grave. Também fico surpresa que se demande paz: não há paz no corpo das mulheres. A paz de que falam não chegou aos nossos corpos.

Esses são apenas dois exemplos dos lugares comuns que presenciei em um debate entre um advogado penalista de posição conservadora e um jornalista fortemente inclinado à punição com relação ao grafite como protesto social. Não ouvi nenhum dos dois citar os conteúdos dos grafites que condenavam. Não ouvi perguntas sobre o que as paredes dizem; de fato, afirmavam sobre lugares comuns – pacifismo, Gandhi, nazismo – sem elaboração. Não registrei na discussão argumentos sobre Kasturba Gandhi nem as sufragistas ao falarem de pacifismo. Tampouco localizei na sua reflexão sobre a lei e o protesto argumentos que historiavam o problema. Há alguma relação entre lei e protesto social que não seja resolvido com punição? Os lugares comuns com que pensamos nos conduzem a outros lugares comuns que não permitem abordar a densidade da realidade. A luta social pela dignidade acompanha a luta intelectual, encarnada no reconhecimento da existência concreta e complexa do outro, não na sua redução a clichês. A resposta à violência feminicida e à cultura do estupro não pode ser técnica, nem os discursos do poder podem simplificá-la, porque ao apagá-la, apagam das paredes as frases que as denunciam. Por que queremos ler os grafites? “Se não nos deixam falar, temos as paredes para que gritem por nós”, escrevia Alejandra Ramirez do movimento feminista equatoriano como reação a estas posições, reivindicando a palavra coletiva dos grafites. Aqui, há um discurso que trabalha para fortalecer a punição e uma crescente intervenção penal na vida até que a única compreensão que podemos ter da vida seja penal; até que tenhamos naturalizado que todo ato vital ou desobediente é criminal e que, portanto, merece castigo.  

México: quando os grafites são lidos como denúncia e não como delito.

O ato de ler entranha um risco. Me percebo diante de uma ideia que exige de mim a valorização de um sentido do mundo. A luta feminista construiu neste mesmo ano uma relação entre protesto social, grafite e “vandalismo” que foi subtraído da lógica da punição. Nos casos mencionados adiante, o feminismo conseguiu descriminalizar a prática do grafite, ou seja, legitimá-lo como forma de denúncia; colocar suas mensagens em primeiro plano e, em segundo, o caráter lícito ou ilícito do canal escolhido: a parede. Durante a greve mundial feminista do 8M de 2020, as paredes da Universidade de Guadalajara apareceram grafitadas. No dia 9, as autoridades da universidade comunicam oficialmente que “as palavras que as mulheres estamparam em muros e pisos do edifício da Reitoria Geral e do Museu de Artes durante a marcha desse domingo não serão apagadas até que a devida documentação das mesmas seja concluída. A intenção é conhecer a atender cada uma das denúncias e ideias das manifestantes. Esta casa de estudos escutará cada palavra escrita nas paredes e pisos de seus espaços. Respeitará a livre expressão de suas manifestantes (…)”. Aqui, um gesto de desobediência que, em sua repetição, logra mudar o sentido em que os fatos são interpretados. A ação que surge dos princípios muda as relações, escrevia Thoreau. Hoje sabemos que essas mudanças nas relações entre as coisas, seus sentidos e o mundo produzem novas paisagens de possibilidades. O grafite, seja vandalismo ou não, se transforma em documento de denúncia, inclusive com valor institucional.

Por sua vez, a Universidade Ibero-americana da Cidade do México, viu um dos seus muros cheios de denúncias com a ação 8M “Pendure o seu abusador”. O comunicado da instituição diz: “Na Ibero, é respeitada a liberdade de expressão. Nossas alunas, acadêmicas e trabalhadoras são livres para manifestar-se e gerar ações que visibilizem a violência de gênero. Entendemos que a denúncia pública, tanto em espaços físicos como digitais, é uma forma de manifestar a impotência diante da falta de credibilidade para com as vítimas, a desconfiança, a reivindicação ou a impunidade”, e chamamos as mulheres que denunciaram a apresentar uma denúncia formal para abrir inquéritos, enquanto abrimos uma mesa institucional de gênero, com mulheres especialistas do campo. 

Em ambos os casos, o grafite é valorizado como bem comum, denúncia ou documento. A filósofa Elsa Dori fala de modos de escravizar uma vida quando ela é impedida de exercer sua própria defesa. Um escravo é quem se vê desprovido do direito de preservar a si mesmo, diz Dorlin. O ato de emancipação, pois, consiste em apropriar-se de meios de defesa da própria vida e aparece a função da desobediência. Devemos preservar a própria vida quando ninguém mais cuida dela para construir uma forma de justiça em uma ordem de domínio. Dorlin destaca que isso se dá de modo mais concreto, a partir do corpo. As feministas, os pacifistas de base, as grafiteiras mascaradas, colocam o corpo na ação da emancipação. Me pergunto onde fica o corpo do punitivista nessa cena. 

Frente a isso, o argumento da propriedade privada e o grafite também vacila. Um direito é tutelado, diz o punitivista: defender a propriedade. Primeiro, propriedade é confundida com patrimônio e, segundo o patrimônio é confundido com falsificação. Neste artigo imprescindível do LatFem, por Ana Masiello, restauradora argentina, alguns pontos ficam muito claros. 1) Restaurar não é apagar, isso supõe uma falsificação. Não se pode pintar a torto e a direito em cima do grafite, nem restaurar para que algo pareça “novo”. Aqui, esta bela pergunta sobre a história e o tempo: “por que não colocamos braços na Vênus de Milo?” 2) Chamar o grafite de vandalismo. Masiello diz: “Estas enunciações descontextualizam o momento que se produz o grafite e não valorizam os processos políticos e sociais que existiram para que um grupo de pessoas se organize em protesto”, isto é, todo o patrimônio é retirado dos contextos em que convive com o presente. 

Por outro lado, a gentrificação, a derrubada de casas patrimoniais, o alargamento de ruas também podem ser vistos como vandalismos, diz Masiello, por destruírem o que havia antes nesses lugares. Por que ninguém se alarma com isso? Não há critérios consistentes, mas preconceitos contra os grafites, porque as mensagens que estampam nos obrigam a nos vermos como sociedade: uma sociedade que estupra e mata. 3) A tarefa de quem restaura não é reduzida a uma técnica de apagamento. “Dizer o que deve ser apagado e o que deve ser conservado é uma decisão que afeta diretamente o relato construído em torno” de um fato, portanto, é política, diz Masiello, e não somente técnica. Além disso, há problemas como escolha de materiais, destruição de capas históricas de imóveis em nome de um apagamento que danifica o patrimônio.

Esta compreensão de patrimônio e restauração deve ser levada em conta para ter discussões reais e não reduzir seus elementos a propriedade/patrimônio-apagamento. Tudo isso tem a ver com os profundos sentidos políticos da arte, da produção simbólica do presente para compreender o mundo em que vivemos. Veja o exemplo do escultor Javier Marín, autor de uma escultura de Francisco Madero na Cidade do México que foi grafitada no 8M deste ano. Martin celebrou os grafites e explicou o critério de colocação da escultura, que não tem pedestal para ficar lado a lado com os protestos e marchas. As intervenções na obra, ele diz, são agora parte dela. 

A vida das mulheres, através de quem observamos o estado das nossas sociedades, merece mais lugares comuns. Sua defesa merece impugnar a lei, construir movimentos destituintes das instituições que não souberam preservar a vida, tomar publicamente a palavra até que deixem de enfiar nossos membros em sacos, cortar nossos lábios vaginais com tesouras, sugar nossa respiração. No mundo, as grafiteiras mascaradas fizeram uma concessão: deixaremos de pintar as paredes quando parem de nos estuprar e nos matar. Podemos dar uma data aproximada?


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