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Imangen: RF Studio

Lisset González Batista 

Para las personas que disfrutamos de la música cubana bailable, nos resulta familiar escuchar la palabra ¨negra¨ en las letras, coros, y frases sueltas entre las guías de las canciones más conocidas. Esta voz alude a esa mujer que es figura central, alrededor de la cual gira el guión que inspira los temas, que en los conciertos en vivo el público corea a toda voz puesto que se reconoce en ellos.  

Muchas de estas composiciones, algunas más elaboradas que otras, dedican a esa ¨negra¨ sus mejores halagos. Ella es la musa que inspira al cantante, la dueña de sus desvelos y pasiones, la epítome de lo deseable y lo odiado, todo el mismo tiempo, una suerte de dramatismo a la cubana que se añora cuando no se tiene y se sufre cuando se vive. 

Esta tendencia no es privativa de la música bailable contemporánea. En los temas más ¨pegaos¨ del acervo cultural cubano aparece esta mención,¨Estoy tan enamorao´ de la negra Tomasa…¨, ¨…yo quiero que tu me hagas, esos platicos sabrosos como tú sabes mi prieta que a tu papito le gustan, camina y prende el fogón.¨ Pero son otros tiempos, y ellos traen nuevos significados. No creo que la representación de la ¨negra¨ de aquellos años, sea la misma que tienen los músicos cubanos, en su mayoría negros y mestizos, de la ¨negra¨ del presente. 

Más allá de la impronta sexista de buena parte de las letras de las agrupaciones bailables, cuestión esta que merece una nota, cuando he participado de varias de sus presentaciones en vivo y observado a las personas que se ubican en las áreas destinadas a los artistas, he constatado que, !oh sorpresa!, casi ninguna de las mujeres que acompañan a estos músicos son negras. Esto es una suerte de condición implícita que se da entre buena parte de los exponentes del gremio y no solo de este; músico negro/mestizo es igual a pareja sexo-afectiva blanca, mestiza clara, o mestiza clarificada por medio de la transformación keratinizada de la textura de su cabello, así en este orden.  

Ni hablar de su aparición en los videos clips que estas orquestas promocionan, y que consume una audiencia con alto porcentaje de personas negras. En estas produccciones esa ¨negra¨ de la canción llega en su cromaticidad hasta la mestiza, esa mulata deseable curvilínea, y la blanca que es el factor común presente en todos los audiovisuales. 

¿Quién es entonces la negra? La negra es el sustantivo que se nombra pero que no se representa. Es mestiza o blanca, pero definitivamente no una negra como las que se conocen en Cuba, con su afro que no se mueve al viento, ni al ejecutar los pasos de la coreografía que se ensaya. Recuerdo una vez que estaba de visita con una de mis mejores amigas en casa de uno de estos músicos, y coincidimos con otro de la misma banda, el cual conocíamos pero no teníamos demasiada confianza. Era o es, un hombre negro hermoso, de esos que decimos ¨hecho a mano¨. Entre conversaciones varias, salió el tema acerca de sus experiencias con alguna ¨niche¨* o ¨mulañé¨** en la escuela (de arte), y con tono entre sorprendido y reflexivo dijo que ¨ no había tenido suerte con las negras.¨. En fracciones de segundo mi amiga y yo cruzamos miradas, y nos echamos a reír ante semejante respuesta. El insistía que era cierto. Este músico atractivo, estudiante del Instituto Superior de Arte, ubicado a un paso de la Escuela Nacional de Arte, con tantas y diversas estudiantes de todo el país, instrumentista de una de las orquestas más populares del momento, respondió que su fracaso sexo-afectivo con las chicas negras había sido obra de su falta de ¨suerte¨ con ellas. Puede ser, !pero está duro!

Casi de manera general, el hombre cubano negro y mestizo, prefiere escoger a mujeres mestizas o blancas para concretar sus vínculos afectivos. Si bien es un fenómeno que es casi la norma en el ámbito artístico, no es algo exclusivo de este. 

He observado que estas prácticas al parecer se dan con más frecuencia en los varones afro que tienen un mejor nivel económico, o se mueven en espacios cotidianos racialmente blancos, lo que me hace pensar en la relación de su selección, con una mejor posición social vinculada con el poder adquisitivo, que les brinda ventajas competitivas en el mercado amoroso blanco, y a la poca presencia de mujeres negras en estos lugares.  

Las modalidades son varias. Se dan los casos de hombres que empiezan su vida sentimental con mujeres negras, que en ocasiones coincide con su poco desenvolvimiento económico, y una vez que su éxito les llega, ¨mágicamente¨ cambian sus preferencias afectivas y comienzan a vincularse con mujeres más claras o blancas. Están los que se pueden llegar a sentir atraídos por una mujer negra, pero no para concretar una relación amorosa estable y pública, sin embargo se muestran disponibles, atentos y solícitos ante la mínima posibilidad de construir un vínculo de pareja duradero con mujeres más claras que su tono de piel. Como otro ejemplo, tenemos a aquellos más radicales, que simplemente no contemplan posibilidad alguna de plantearse una relación afectiva, y muchas veces ni amistosa, con una mujer negra. Hay tantas situaciones que desembocan en el mismo resultado, que plantearlas todas superaría las cuartillas de esta nota. 

Cuando en conversaciones cotidianas surge este tema, entre otras muchas opiniones relacionadas al ideal añorado de belleza blanca, la frase que se convierte en comodín y pretende dar fin al debate es, ¨cada cual tiene su gusto…¨ seguido de varios ejemplos casi siempre relacionados con el hecho de escoger un objeto. Lamento desilusionarles, estas ¨selecciones¨ no son obra de la casualidad, ni se reducen al simple gusto que expresamos cuando elegimos entre un helado de fresa u otro de chocolate. Es mucho más complejo. Los gustos sociales son eficazmente (re) construidos.  

Sin intención de generalizar, podría decirse que para un hombre negro o mestizo, estar en pareja con una mujer blanca, significa un triunfo, una suerte de meta lograda que garantiza, o al menos facilita, su aceptación social y pertenencia grupal, sobre todo en lugares racialmente blancos. Acceder a una mujer blanca es un fin que merece cada esfuerzo para lograrlo. Es como estar a la moda, es cumplir con la norma de grupo y de estrato social ¨establecido¨, es andar ¨por el buen camino¨. Por otro lado, un vínculo amoroso con una mujer negra, en ciertos espacios y tipos de hombres negros/ mestizos, es motivo para ¨el cuero¨, es ¨gustarle la pinta¨, es quedarse en el ¨atraso¨, es no tener perspectiva de futuro, y estar fuera de las dinámicas vinculares del grupo.  

En el caso de las mujeres negras, las dinámicas y razones para vincularse con hombres blancos guardan algunas similitudes con las de los hombres negros. Con ellos comparten los preconceptos estigmatizantes por su color de piel. No obstante, el hecho de ser mujeres las somete a otras formas de encasillamiento y exigencias genéricas, aún preestablecidas y naturalizadas por la heteronormativa social. La intersección entre su género y pertenencia racial, son dos sólidos factores que condicionan los modos en que las mujeres negras encaran y son encaradas en una relación interracial, lo que hace que no sea una cuestión idéntica a la de los hombres negros. 

No es casual entonces, que se observe un mayor número de parejas interraciales entre hombres negros/mestizos y mujeres blancas/blancas mestizas, que entre mujeres negras y hombres blancos/blancos mestizos. Las causas son múltiples y complejas, y en ellas el género juega un papel central para entenderlas.  

Todavía hoy, la mujer negra es usualmente relacionada con el trabajo de servidumbre o aquellos forzados, pues también se le considera fuerte, resistente, ¨aguantadora¨. Sus atributos y estética negra, no encajan en el canon de belleza normativo impuesto socialmente, y que es deseado por

hombres blancos y hombres negros/mestizos. Su mujeridad negra, le demanda una doble exigencia para ser aceptada socialmente. 

Retomo nuevamente los audiovisuales en los que las canciones relacionadas con el amor, la ternura, el afecto, lo feliz, se representa en un modelo de mujer específico. ¿Cómo son las protagonistas que inspiran tales sentimientos? 

Dicho esto, podría decirse que el promedio de las mujeres negras, no somos contempladas como opción en el momento de construir un vínculo afectivo-sexual estable y duradero con un hombre blanco/blanco mestizo. 

Lo que parece ser la tendencia desde hace algunos años, es que los hombres negros/mestizos no se muestran demasiado interesados en mujeres negras, y los blancos/blancos mestizos tampoco. ¿Y entonces? 

Aún hoy, la blanquitud y lo blanco simbolizan el éxito, la belleza, lo civilizado, el ideal que debe ser alcanzado como manera de estar en el mundo, mientras que la negritud y lo negro, remite a la pobreza, lo feo, el atraso, la barbarie, la folclorización o lo inmoral.  

Esta distribución de significados, hunde sus raíces en los inicios de la Modernidad con la colonización de las Américas, en la que el proceso de esclavitud dio lugar a la estratificación y jerarquización poblacional, atendiendo a la clasificación por ¨raza¨ ,como forma de ejercer dominación y explotación social de un grupo cultural hegemónico (blancos conquistadores), sobre los otros subalternos (esclavizados africanos e indígenas). 

Esta hegemonía blanca, que sometió brutalmente a negros(as) e indígenas, y de los cuales obtuvo la mayor parte de su poderío económico, construyó una serie de discursos racistas alrededor de estas poblaciones, con el fin de estigmatizarlos y perpetuarse en el poder. 

Los esteoreotipos y prácticas racistas que presenta a las personas blancas con una imagen positiva, y a las negras con una negativa, han sido estrategias eficazmente reproducidas en los medios de comunicación, la educación, prensa plana, la literatura, las artes, y en general en todo producto que pueda influenciar las mentalidades de las audiencias. Lamentablemente, Cuba no ha quedado al margen de estas narrativas. 

Dicen que una mentira repetida muchas veces se convierte en verdad, y estos discursos que por siglos han sido elaborados en torno a las personas negras, han hecho estragos en la autopercepción y confianza de estas, que puede expresarse en su automarginación, la excesiva necesidad de ser reconocidas, de pertenecer al grupo ¨dominante¨, de ser aceptadas, o el rechazo u ocultamiento de su origen y de todo lo que se relacione con lo negro. 

Son estas algunas marcas de la colonialidad del poder, y del colonialismo interno que se cristalizan en las subjetividades individuales, maneras de pensar y actuar, así como en la sicología social de las sociedades racializadas que fueron atravesadas por la colonización, y de la que Cuba forma parte. En los años que viví en Cuba, en mis espacios cotidianos de relacionamiento nunca pude concretar un vínculo sentimental. Lo llegué a sentir como algo complicado de lograr. Más allá de las cuestiones personales que siempre influyen, y aquí digo que lo personal también se va construyendo en interacción con lo público, podía intuir que yo no era totalmente responsable de lo que estaba ocurriendo. Había algo más fuerte en el afuera que al parecer marcaba el ritmo y los modos en que mis relaciones sentimentales se iban dando. Lo interesante fue constatar que era un patrón similar al de otras muchachas negras. Estas situaciones laceraron mi autoconfianza, causaron confusión. Frente a mi espejo yo me reconocía como una joven con atributos físicos e intelectuales, pero el afuera me devolvía algo diferente. Asumí las consecuencias de ser y reconocerme negra. En mi experiencia de vivir en el extranjero y conocer a mujeres de distintos países parecidas a mi, he podido observar que estas vivencias son bastante similares. 

Existen estudios en Brasil, acerca de la soledad como componente de la vida de muchas mujeres negras. Hay algunas tesis interesantes sobre cómo se expresa en sus vivencias amorosas, y en espacios de poder y jerarquía, donde el número de personas blancas es bastante alto. Cuando hago mención a esto, no es para que seamos vistas como víctimas porque definitivamente no lo somos,también escogemos, pero nuestra mujeridad negra nos pone en una posición y resultados distintos a los del hombre negro en el momento de encarar una vínculo interracial. 

Algunas hemos sentido que en materia afectiva hemos sido mejor reconocidas fuera de nuestros países. Digo esto desde la desidelización de las relaciones sentimentales en el extranjero. Afuera el racismo, la fetichización, y la objetualización del cuerpo de la mujer negra si existe, pero también hay otras aproximaciones que matizan los vínculos afectivos y los modos de lidiar con ellos. 

Para mí la migración ha sido una poderosa herramienta para fortalecer mi autoestima, y en el aspecto sentimental ha sido de las más importantes. Esto podría sonar paradójico, porque salir de tu país podría no haber sido una solución para reconstruirse desde adentro, pero entendí que no siempre se puede ser profeta en su tierra. A veces me pregunto cómo habría pasado si hubiera sido diferente, pero ya eso es otro tema… 

* negro(a) 

** mestiza. En Cuba, mulata.

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Imagem: RF Studio

“O coco branco mesmo que esse cheire mal”. Uma reflexão experiencial de uma mulher negra sobre as relações inter-raciais em Cuba.

Lisset González Batista

Tradução ao português: Denise Braz

Para aqueles de nós que gostam de música de dança cubana, estamos familiarizados com a palavra “negra’ na letra, refrão e frases individuais entre os guias das canções mais populares. Esta voz alude àquela mulher que é a figura central, em torno da qual o roteiro  que inspira nos concertos ao vivo, o público cantará em voz alta porque se reconhecem nas canções.

Muitas destas composições, umas mais elaboradas do que outras, são dedicadas a que “negra” os seus os melhores elogios. Ela é a musa que inspira o cantor, o mestre da sua insônia e das suas paixões, a epítome do desejável e do odiado, tudo ao mesmo tempo, uma espécie de drama ao estilo cubano que se perde quando não se tem e se sofre quando se vive.

Esta tendência não é exclusiva da música de dança contemporânea. No mais “piegas” do patrimônio cultural cubano aparece esta menção: “Estou tão apaixonado da negra Tomasa…”, “… eu quero que me faça, esses pratinhos saborosos como só você sabe, do jeito que o papai aqui gosta minha preta; andar e acender o fogo.” Mas estes são outros tempos, e trazem novos significados. Eu não acho que a representação da “negra” daqueles anos, seja a mesma que “têm” músicos cubanos, na sua maioria, negros e mestiços, a partir da “negra” do presente.

Para além do teor sexista de muitas das letras dos grupos de música cubana, questão essa merece uma artigo a parte, tenho observado, quando participei em várias das suas atuações ao vivo, as pessoas que estão localizadas nas áreas dos artistas, notei que – oh! Que surpresa! –  quase nenhuma das mulheres que acompanham estes músicos é negra. Isso é um fato. Uma espécie de condição implícita que existe entre uma grande parte dos membros da indústria artística, não só o músico preto/mestiço é igual a sexo-afetiva branca, mestiça ou mestiça clara embranquecida por meio da transformação queratinizada da textura de seu cabelo, assim, nessa ordem.

Para não mencionar a participação das mesmas nos vídeo clips que estas orquestras promovem, e que consomem uma audiência com uma elevada percentagem de pessoas negras. Nestas produções que “negra” da canção chega em sua cromaticidade até a mestiça, nessa «mulata» desejável «cheia de curvas», e a branca que é o fator comum presente em todos os audiovisuais.

Então, quem é a negra? A negra é o substantivo que se evoca, mas não está representada. É a mestiça ou branca, mas definitivamente não uma preta como as que conhecem em Cuba, com o seu afro que não se move ao vento, nem mesmo quando ela executa os passos da coreografia ensaiada.

Lembro-me de uma vez ter estado de visita com uma das minhas melhores amigas na casa de um destes músicos, e nos encontramos por acaso com outro músico da mesma banda, que conhecíamos, mas não tínhamos muita liberdade. Ele era, ou é, um belo homem negro, do tipo que dizemos «feito a mão». Entre várias conversas, o assunto surgiu sobre as suas experiências com alguns «niche» (negro/a) ou «mulañé» (mestiço/a em no dialeto cubano) na escola (de arte), e com um tom entre surpreso e pensativo disse que «não tinha tido sorte com as negras». Numa fração de segundo, eu e a minha amiga olhamos uma para a outra e rimos de tal resposta. Ele insistiu que era verdade. Este atraente músico, aluno do Instituto Superior de Arte, localizado a um passo da Escola Nacional de Arte, com tantas e diversas estudantes de todo o país, um instrumentista numa das orquestras mais populares do momento, respondeu que o seu fracasso sexo-afectivo com as mulheres negras tinha sido o resultado da sua falta de «sorte» com elas. Pode ser, mas é difícil!

Quase maneira geral, o homem cubano negro e mestiço, prefere escolher às mulheres mestiças ou brancas para os seus laços afetivos. Embora se trate de um fenômeno que é quase a norma, no âmbito artístico não seria diferente. 

Tenho observado que estas práticas parecem ocorrer mais frequentemente com homens afros que têm um melhor estatus econômico, ou movem-se cotidianamente em espaços brancos, no que me faz pensar na relação da sua seleção, uma vez que esse possui uma melhor posição social vinculada com o poder aquisitivo, que lhe garante vantagens competitivas no mercado do amoroso branco e, já que ao mesmo tempo, nestes espaços há pouca presença de mulheres negras.

Há várias modalidades. Há os casos de homens que começam a sua vida sentimental com mulheres negras, que por vezes coincide com o seu pouco desenvolvimento econômico, e uma vez que o seu sucesso lhes chega, «magicamente» eles mudam as suas preferências afetivas e começam a criar laços com mulheres mais claras ou brancas. Estão aqueles que podem até se sentir atraídos por uma mulher negra, mas não ao ponto de concretizar uma relação de amorosa, estável e pública, no entanto, esses se demonstram disponíveis, atentos e solícitos diante da mínima possibilidade de construir uma relação duradoura com mulheres mais claras do que o seu tom de pele. 

Como outro exemplo, temos aqueles mais radicais, que simplesmente não contemplam qualquer possibilidade de considerar uma relação afetiva, e muitas vezes nem sequer amigável, com uma mulher negra. Há tantas situações que conduzem ao mesmo resultado, que citá-las todas iria para além das páginas deste artigo.

Quando nas conversas cotidianas surge esse tema, entre muitas outras opiniões muitas opiniões relacionadas com o ideal de beleza branca, a frase que se torna um clichê e que pretende acabar com o debate é, «cada que tem o seu gosto…» seguido de vários exemplos quase sempre relacionados com o fato escolher um objeto. Lamento decepcioná-las/os, estas «escolhas» não são casualidades do acaso, nem reduzem ao simples gosto que expressamos quando escolhemos entre um sorvete de morango ou chocolate. É muito mais complexo. Os gostos sociais são efetivamente (re) construídos.

Sem a intenção de generalizar, poderíamos  dizer que para um homem negro ou mestiço, estar comprometido com uma mulher branca significa um triunfo, uma espécie de objetivo alcançado que garante, ou pelo menos facilita, a sua aceitação social e pertencimento grupal, especialmente em lugares racialmente brancos. Ter «acesso» a uma mulher branca é um fim que merece todos os esforços para alcançar. É como estar na moda, é cumprir a norma do grupo e do nível social «estabelecido», é caminhar «por um bom caminho». Por outro lado, um vínculo amoroso com uma mulher negra, em certos espaços frequentados por homens negros/mestiços, é uma razão para «estar na seca», é «estar mal, é ficar no «atraso», é não ter perspectiva futuro, e estar fora das dinâmicas de vinculação do grupo.

No caso das mulheres negras, a dinâmica e as razões para se unirem aos homens brancos têm algumas semelhanças com os homens negros. Partilham com eles os pré-conceitos estigmatizante devido à sua cor de pele. No entanto, o fato de serem mulheres sujeita-as a outras formas e requisitos genéricos, ainda pré-estabelecidos e naturalizados pelo heteronormativa social. A intersecção entre o seu gênero e a sua identidade racial são dois sólidos fatores que condicionam as formas como as mulheres negras enfrentam e são confrontadas numa relação interracial, o que faz com que não seja uma questão idêntica à dos homens negros.

Não é então coincidência que se observem mais casais inter-raciais entre homens negros/mestiços e mulheres brancas/mestiças do que entre mulheres negras e homens brancos/mestiços. As causas são múltiplas e complexas, e o gênero desempenha um papel central para entendê-las.

Ainda hoje, as mulheres negras são normalmente associadas ao trabalho serviçal ou aqueles em piores condições, uma vez que também são consideradas fortes e resistentes, «as que suportam tudo». Os seus atributos e a sua estética negra não se enquadram no cânone de beleza normativa socialmente imposta que é desejado tanto pelos homens brancos como pelos negros/mestiços. A sua feminilidade negra exige um padrão duplo a fim de ser socialmente aceita.

Retomo novamente aos vídeos clipes das canções relacionadas com o amor, a ternura, o afeto, a felicidade, nos quais se inspiram num modelo de mulher específico. Como são as protagonistas que inspiraram tais sentimentos?

Dito isto, poderíamos dizer que a maioria das mulheres negras não é contemplada como opção quando se trata de construir um vinculo afetivo-sexual estável e duradoura com um homem mestiço branco/branco. 

O que parece ser a tendência há já alguns anos é que os homens negros/mestiços não estão muito interessados nas mulheres negras, e os homens brancos/mestiços também não estão muito interessados nas mulheres negras. E então?

Ainda hoje, a brancura e o branco simbolizam o sucesso, a beleza, o civilizado, o ideal que deve ser alcançado como forma de estar no mundo, enquanto a negritude e o negro remetem a pobreza, o feio, o atraso, a barbárie, a folclorização ou ao imoral.

Esta distribuição de significados tem as suas raízes nos primórdios da Modernidade com a colonização das Américas, em que o processo de escravatura levou à estratificação e hierarquização populacional, atendendo a classificação por «raça», como forma de exercer a dominação e a exploração social de um grupo cultural hegemônico (brancos conquistadores), sobre os outros subalternos (africanos escravizados e indígenas).

Esta hegemonia branca, que subjugou brutalmente a negros e aos índios, e da qual derivou a maior parte do seu poder econômico, construiu uma série de discursos racistas em torno destas populações, a fim de estigmatizá-las e de se perpetuarem no poder.

Os estereótipos e práticas racistas que apresentam os brancos com uma imagem positiva, e as negras com uma imagem negativa, têm sido estratégias efetivamente reproduzidas nos meios de comunicação, às revistas e jornais impressos, a educação, a  literatura, às artes, e em geral em todo e qualquer produto que possa influenciar a mente do público. Infelizmente, Cuba não foi deixada de fora destas narrativas.

Dizem que uma mentira repetida muitas vezes se torna verdade, e estes discursos que durante séculos foram elaborados em torno das pessoas negras, causaram estragos na auto-percepção e confiança desse grupo, que pode ser expressa na sua auto-marginalização, na necessidade excessiva de ser reconhecida, de pertencer ao grupo “dominante”, de ser aceitas, ou na rejeição ou dissimulação de a sua origem e tudo que se relacione com o negro.

Estas são algumas das marcas da colonialidade do poder e do colonialismo interno, que se cristalizam em subjetividades individuais, modos de pensar e de agir, bem como na psicologia social de sociedades racializadas que passaram pela colonização, e das quais Cuba faz parte. Nos anos em que vivi em Cuba, nos meus espaços cotidianos de relacionamento nunca pude criar um laço sentimental. Sentir que era difícil de conseguir. Para além das questões pessoais que sempre influenciam, e aqui digo que o pessoal também é construído em interação com o público, pude sentir que eu não era totalmente responsável pelo que estava acontecendo. Havia algo mais forte no exterior que ao que tudo indica marcava o ritmo e as formas como as minhas relações amorosas iam acontecendo. O  interessante foi constatar que era um padrão semelhante ao de outras mulheres negras. Estas situações feriram a minha auto-confiança, causaram confusão. Em frente ao meu espelho eu me via como uma jovem com atributos físicos e intelectuais, mas o exterior me deu algo diferente. Assumi as consequências de ser e de me reconhecer como negra. Na minha experiência de viver no estrangeiro e de conhecer mulheres de diferentes países parecidas a mim, pude observar que estas experiências são bastante semelhantes.

Há estudos no Brasil sobre a solidão como um componente da vida de muitas mulheres negras. Há algumas teses interessantes sobre como elas se expressam nas suas experiências amorosas, e em espaços de poder e hierarquia, onde o número de pessoas brancas é bastante elevado. Quando faço menção a isto, não é para ser vista como vítima porque definitivamente não nós somos, nós também escolhemos, mas a nossa feminilidade negra nos coloca numa posição e resultados para além do homem negro no momento de encarar um vínculo inter-racial. Alguns de nós sentimos que em questões de afeto fomos mais bem reconhecidas fora dos nossos países. Digo isto a partir da perspectiva do desinteresse das relações sentimentais no estrangeiro. O racismo, a fetichização e a objetificação dos corpos das mulheres negras existem, mas há também outras abordagens que matizam os laços emocionais e as formas de lidar com eles.

Para mim, a migração tem sido um instrumento poderoso para fortalecer a minha auto-estima, e no aspecto sentimental tem sido mais importantes. Isto pode soar paradoxal, porque ao sair do seu país poderia não ser uma solução para reconstruir-se interiormente, mas compreendi que nem sempre pode ser profeta na sua própria terra. Por vezes me pergunto como as coisas aconteceriam se tivesse sido diferente, mas isso é outro tema…

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