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por Nazaret Castro

 

Antropóloga, ingeniera, profesora, activista ecofeminista, directora de FUHEM, militante en Ecologistas en Acción, en grupos de consumo y otras iniciativas de la economía social y solidaria (ESS): la española Yayo Herrero es una de las figuras más señaladas del ecologismo y también del feminismo dentro del Estado español; tanto, que tuvo que enfrentar recientemente el embate de la caverna mediática de la derecha española. Conversamos con ella en Madrid sobre cómo buscar salidas a través de iniciativas locales y del feminismo como movimiento capaz de trazar las transversalidades entre las diferentes luchas emancipatorias, en un momento de acuciante crisis no solo socioeconómica y ambiental, sino civilizatoria. Son tantos los temas por hablar y es tan dictador el tiempo, que disparo a bocajarro:

 

Nazaret: El ecofeminismo suele definirse como el diálogo entre el ecologismo y el feminismo; a menudo se le atribuye a este cruce un gran potencial emancipador. ¿Por qué?

 

Yayo: El ecofeminismo es una corriente de pensamiento que ya tiene una trayectoria académica, pero es también un movimiento social; ambas dimensiones son importantes, sobre todo puestas en diálogo. Es un pensamiento crítico de nuestra realidad económica, política y también simbólica, que se propone la construcción de un movimiento social superador, constructor de identidad en un momento de guerra contra la vida. Supone un diálogo entre el movimiento feminista, que es mucho más antiguo, y el ecologista, y busca sinergias entre ambos: porque, cuando exploramos la raíz de la invisibilidad y de la desvalorización de las mujeres, por un lado, y de la destrucción de la vida por el otro, vemos que existen causas comunes y, por tanto, también desde ahí se pueden pensar los puntos de salida.

 

A menudo se distingue, dentro del ecofeminismo, la corriente llamada esencialista -a la que se critica su tendencia a naturalizar los roles tradicionalmente asignados a la mujer- y la constructivista, que plantea que tales roles son construidos socialmente. ¿Dónde te situarías?

 

Creo que esa es una división útil en el plano epistemológico, pero en la práctica, me identifico con ambas posturas, y de hecho hay mucho diálogo entre ellas. En efecto, como se afirma desde el ecofeminismo esencialista, hay elementos del cuerpo -fundamentalmente, el hecho de que las mujeres gestamos y parimos- que condicionan nuestras experiencias de un modo que no vivencian los hombres; pero ellos también están dotados para la ternura y deben estar obligados a realizar las tareas de cuidado. Existe un orden, una forma de entender la economía y las instituciones, que les y nos condiciona a cumplir un cierto mandato de género: es eso de lo que tenemos que liberarnos, sin encasillarnos.

 

Aludes a cómo la experiencia corporal, como la gestación y el parto, condiciona la experiencia de las mujeres. ¿De ahí el hecho de que, en muchos países del Sur global, las mujeres indígenas y campesinas se declaren guardianas de las semillas y de los ríos?

 

Las mujeres han vivido históricamente la experiencia de custodiar las semillas, de cuidar el agua, así como los cuerpos; desde una perspectiva ecofeminista, se trata de visibilizar esas experiencias y conocimientos que son imprescindibles para el sostenimiento de la vida. Se trata, en definitiva, de valorizar el cuidado, que es algo indispensable para nuestra supervivencia. La clave está en desbancar a los mercados y poner en valor la conservación de la vida; y, en lo político, esto tiene dimensiones muy valiosas. Desde la Grecia clásica, el espacio público se ha separado del doméstico: las mujeres no son sujeto político, no participan en el bien común. La concepción del interés general se ha desarraigado del cuerpo y de la tierra; se ha desgajado el mundo político de la vida. Y eso es lo que hay que cambiar de raíz.

 

Hablas de cambios de raíz, es decir, radicales; pero pareciera que, ahora que el ecologismo y, más recientemente el feminismo, están de moda, el sistema capitalista tiene una gran capacidad para absorber esas inquietudes sociales. ¿Existen riesgos de cooptación del movimiento social?

 

Sin duda. Hoy vemos cómo se le pone la etiqueta ‘verde’ o ‘sostenible’ a todo, se crea un mercado del ‘capitalismo verde’ a través del que el capital pretende sacar tajada de la reparación del daño. De esta forma, con un baño verde o morado con retoques cosméticos intentan permanentemente que no se altere el fondo, la estructura. Pero el capitalismo es violento, colonial y patriarcal. Cuando hay rupturas más intensas, vemos cómo el capital se esfuerza por reconducir las tensiones, para que lo estructural no cambie. Son medidas cosméticas que no afrontan el problema social de fondo, que reside en la explotación y la acumulación. Existen ciertos feminismos que encajan más con esa institucionalidad, como sucede en todo movimiento social (así, la diferencia entre socialistas y socialdemócratas); pero lo que debemos entender es que no basta con añadir a lo que ya hay un ingrediente ‘verde’ o ‘morado’ y revolver, sino que hay que afrontar cambios mucho más profundos: debemos asumir que la naturaleza tiene límites físicos; y que las relaciones sociales suponen valores intangibles.

 

Dentro de este debate, las ecofeministas vienen impulsando el concepto de cuerpo-territorio: ¿qué significa exactamente?

 

Es importante señalar, en primer lugar, que el término “cuerpo-territorio” viene de los feminismos originarios e indígenas latinoamericanos. Es un concepto de una enorme potencia. El cuerpo es el territorio del ser; pero la civilización occidental es un sistema dicotómico. En Platón, hay un mundo de las cosas, aquello que no perdura; y hay un mundo de las ideas, de la racionalidad, lo que se puede nombrar, lo eterno. Desde esta visión, lo que nos hace humanos es la razón; el cuerpo es apenas un soporte accidental. Sin embargo, no hay vida humana al margen del cuerpo, así como toda vida está arraigada a un territorio. El cuerpo y el territorio son el soporte material en que se encarna la vida, el sentir, el tocar, todo lo sensorial. Recibimos sensaciones, nos interconectamos; es el cuerpo lo que nos permite ser y ser con el otro. Sin cuerpo no hay vida. Del mismo modo, el territorio hace posible la vida en comunidad; y, en el marco de las luchas que enfrentan muchos pueblos del Sur frente al avance de proyectos extractivos, el territorio se convierte en el campo de batalla. Nuestro cuerpo-territorio es también el campo donde el poder económico y patriarcal, intenta librar la batalla. Se utiliza el cuerpo de las mujeres para deshonrar a los hombres; pero el cuerpo de las mujeres es también el cuerpo que resiste, reconstruye, lucha; es el cuerpo que gesta, que pare, que regenera la vida humana.

 

Poner en valor la vida, el cuerpo y el territorio, ¿no implica cuestionar la misma idea de progreso?

 

Desde luego. La noción de progreso implica una visión de la historia en la que siempre hay algún limite a ser superado. Somos seres finitos; sin embargo, la sociedad premia al niño caprichoso, al que no conoce límites. Se desvaloriza el cuidado de la vida mientras se ensalza la heroicidad viril del que está dispuesto a morir. El optimismo tecnológico, la fe ciega en que la innovación científica nos sacará de cualquier atolladero, es la religión moderna. Y ese es un problema enorme, porque si calculas los recursos que tenemos, la población y el ritmo de consumo, las cuentas no cierran, por muchos avances tecnológicos que vengan. Existen alternativas más limpias que son viables, pero no escalables. Un ejemplo es el coche eléctrico, que mejora la eficiencia y resuelve parte del problema, pero solo para una fracción de la población, que es la que tiene el poder económico, social y militar. Se corre así el riesgo de una suerte de ecofascismo: se garantiza la continuidad de la vida de ciertos sectores, pero se expulsa a otros. Desde nuestro enfoque, por el contrario, la recomposición del metabolismo social tiene que ver con una redistribución radical de la riqueza y de las obligaciones que implica que seamos cuerpo y seamos especie; es decir, las tareas de cuidado. La acumulación por desposesión puede ser por lo material o por los vínculos; esto último es caldo de cultivo para los neofascismos.

 

Algo parecido sucede con la moda de los alimentos etiquetados como ‘ecológicos’, ‘orgánicos’ o ‘bio’…

 

El riesgo es ir hacia una mayor marginalización, hacia un ‘pijoecologismo’ que te lleve a comer ecológico, usar cosméticos naturales y desplazarte en tu coche eléctrico, pero sin tener en cuenta quiénes a tu alrededor pueden hacerlo. A diferencia de este planteamiento, en los grupos de consumo existe una preocupación por los precios, la inclusión, la articulación social y barrial; se buscan soluciones viables y transformadoras, como los comedores escolares ecológicos.

 

Los grupos de consumo son experiencias encaminadas a ofrecer alternativas al modo hegemónico de producción, distribución y consumo, que podemos encuadrar dentro de la economía social y solidaria. ¿Es la economía social un programa de transición hacia un mundo postcapitalista?

 

Más que un programa, es un laboratorio político, un ensayo de experiencias. La ESS da mucha atención a las iniciativas locales y autoorganizadas; no se trata de encerrarse en ellas, pero sí de observarlas. Creo que es muy importante que seamos capaces de experimentar el éxito; y la potencia de estas iniciativas es que nos permiten recuperar la articulación con otros, la capacidad de cooperar, de compartir, de reinventar lo colectivo. La complejidad de los problemas que afrontamos nos abruma, pero donde sentimos bienestares y malestares es en la vida cotidiana. En ese espacio cotidiano podemos sentirnos acompañadas, sentir que si hay carestía existe un colectivo que nos va a ayudar.

 

En efecto, como dices, la complejidad de los problemas que afrontamos es abrumadora; es un desafío cómo trasladar esa información sin que el pesimismo colapse la acción.

 

En charlas y formaciones, yo intento ser muy clara: que no parezca un discurso terrible, pero sí contar lo que está pasando. Esta crisis es civilizatoria porque permanece inadvertida: estoy convencida de que, si la gente sabe la gravedad de la situación, se mueve. Ese homo economicus maximizador de la utilidad del que hablan los economistas no existe: a las personas reales nos preocupa que nuestros hijos no tengan un vida terrible. Se trata de dar salidas en lo concreto; establecer vías para vivir ese miedo colectivamente.

 

¿Se pueden modificar las estructuras desde la política institucional?

 

La institucionalidad no solo son las políticas que están en esta coyuntura, sino que existen procesos diseñados para que nada cambie. Es el neoliberalismo. Las experiencias prácticas en los ayuntamientos del cambio se enfrentan a obstáculos y a límites que afrontan como pueden. Llegar a ser alcalde no garantiza tomar el poder cuando existe una institucionalidad neoliberal. Por eso es necesaria una ciudadanía organizada que quiera, que esté dispuesta a los cambios y que se movilice para lograrlos. De lo que se trata es de democratizar la política, y eso no se va a lograr sin conflicto. No es fácil. Lo vimos en Grecia con la intervención de la Troika y lo vemos en España con las trabas que el Gobierno central le pone a ayuntamientos como el de Madrid [gobernado por una alianza del cambio encabezada por Manuela Carmena]. Para ciertos cambios es necesaria la desobediencia, porque las reglas del juego son escasamente democráticas: son neoliberales. Ninguna ley importante se alcanzó sin lucha. Es lo que sucede con el caso de La Manada: sin movilización en las calles, no va a cambiar la ley.

 

La lamentable sentencia del caso de La Manada evidenció la enorme capacidad del movimiento feminista para sacar a la gente a la calle.

 

Fue un decir: ‘hasta aquí hemos llegado’. Fue muy pedagógico para personas que no han estado dentro del movimiento. Mi hija y mi sobrina, que rondan la edad de la víctima [18 años], me cuentan cómo rabiaban con la sentencia: se sentían abandonadas, angustiadas. El Estado prefirió proteger a esos cinco energúmenos que proteger a las mujeres, mientras continúa el drama horrible de la violencia patriarcal que a diario mata y viola. Aquel día, cada barrio fue un clamor, no solo en las grandes urbes, también en las pequeñas ciudades, incluso en los pueblos. Creo que hoy el feminismo es el único movimiento que puede reivindicarse como tal. Hasta hace dos o tres años el propio término ‘feminismo’ era denostado; el éxito del movimiento también genera la polarización de sectores reaccionarios. Pero vemos una suerte de estado de alerta permanente del movimiento. En el caso de La Manada, vemos cómo aparece el afán de cuidar a esa chica, de decir: ‘Yo sí te creo’ Supone retomar, materializar esa idea de que lo personal es político. Una persona concreta que sufre y se yergue en símbolo.

 

Después llegó, además, el hashtag #Cuéntalo, a través del cual miles de mujeres, en apenas unos días, contaron sus experiencias personales y mostraron cómo las mujeres vivimos cada día con miedo de los hombres.

 

#Cuéntalo supone una visibilización del continuum de violencias. Supone un contrapoder: te sientes apoyada, con más radicalidad y profundidad. Más allá de los años de cárcel que les impongan a esos energúmenos, lo que preocupa es cómo se tipifica, cómo se interpreta desde el poder violento, cuándo estás siento intimidada y cuándo no; si no peleas, no has sufrido violencia. Un juez incluso ve síntomas de excitación. ¿Qué vidas sexuales tienen esos hombres, como tantos otros hombres en posiciones de poder? Se trata de qué es el deseo; de si le damos al deseo de las mujeres la misma importancia que al de los varones.

 

La masiva contestación a aquella sentencia confirmó lo que ya se había visto el 8 de marzo en todo el territorio español: la fortaleza del movimiento feminista. Sin embargo, hubo colectivos de mujeres negras y gitanas que decidieron no sumarse a la huelga ni a la marcha, como denuncia de la escasa visibilidad que tienen dentro del movimiento. ¿Qué se hizo mal?

 

El argumentario de la huelga del pasado 8M incluyó con honestidad la transversalidad y doble discriminación de las mujeres racializadas, y hubo colectivos inmigrantes que intervinieron en la huelga de cuidados. Sin embargo, en las asambleas había grupos de mujeres diversas que no estaban presentes: había migrantes latinoamericanas, pero pocas negras o gitanas. Y es ahí que debemos dirigir nuestra mirada crítica: pensar por qué no estaban, si los espacios de participación que creamos son incluyentes o no. Esa debe ser una preocupación permanente: una mirada decolonial.

 

El 8M en España, como en Argentina, se construyó a través de un sostenido trabajo asambleario. ¿Es este proceso heredero del 15M?

 

El 15M fue un movimiento asambleario que posibilitó la articulación; algunos dicen que se plasmó en Podemos, pero lo cierto es que hizo crecer la economía social, las iniciativas barriales, el feminismo. En un mes de asambleas en Sol, el uso de un lenguaje sexista estaba mal visto.

 

Pareciera que el movimiento feminista es, a nivel internacional, el único movimiento que está sabiendo construir interseccionalidad entre las diferentes luchas…

 

Los feminismos lanzan un órdago a todo: a la economía, la ecología, el consumo, la organización política, la forma de entender la sexualidad. La organización social que tenemos es una locura. La pregunta que debemos hacernos es, ¿de qué depende la vida? Y, desde ahí, analizar las diferentes tensiones. Creo que vivimos tiempos excepcionales, en que suceden procesos vertiginosos. Se producen polarizaciones, tensiones provocadas por el miedo; el poder mediático es brutal. Hasta a la mentira se le llama ‘posverdad’. Bajo el rótulo de la libertad de expresión, puedes decir lo que quieras, aunque sea totalmente falso. En Alemania, surgen movimientos de corte nazi, a la vez que movimientos de acogida a los refugiados. En España, lo vemos con Cataluña, cómo es difícil mantener posturas intermedias. Se impone hacer un sosegado ejercicio de reflexión.

 

Y ya que hablamos de Cataluña, ¿cuál es tu posición al respecto?

 

El referéndum del 1 de octubre fue el acto de desobediencia civil más hermoso que he tenido ocasión de ver. Se llegó a una situación de tensión tremenda debido, sobre todo, a la irresponsabilidad del Gobierno, que negó todo debate e impuso una política de la humillación, eliminando artículos del Estatut catalán [la ley de mayor rango para la comunidad autónoma de Cataluña] que habían sido admitidos en otras comunidades autónomas. Sin embargo, dentro del movimiento independentista catalán hay cosas bastante diferentes: hay burguesías que tienen una reivindicación identitaria respetable, pero desde una posición política y de clase que no comparto; y también hay un sector de las izquierdas que pugna por hablar de autonomía. A mí me gusta mucho Anna Gabriel, una mujer valiosísima, que habla de autonomías interdependientes, y que explica el proceso soberanista como una oportunidad de independizarse de esta España del PP, de la autoridad, de la corrupción como forma de gobierno, esta España que no desentierra los muertos de las cunetas. Si se hubiera realizado con todas las garantías un referéndum, probablemente hubiera sido bueno no solo para Cataluña, sino para todo el país.

 

 

Yayo Herrero: “Corremos o risco de uma espécie de ecofascismo: garante-se a continuidade da vida de certos setores, mas expulsa-se a outros”

 

Por Nazaret Castro

Nota editorial

 

Antropóloga, engenheira, professora, ativista ecofeminista, diretora do FUHEM, militante dos Ecologistas em Ação, grupos de consumidores e outras iniciativas da economia social e solidária (ESS): a espanhola Yayo Herrero é uma das figuras mais destacadas do ambientalismo e também do feminismo dentro do Estado espanhol; tanto que teve que enfrentar recentemente a investida da “caverna midiática” da direita espanhola. Conversamos com ela em Madri sobre como buscar saídas através de iniciativas locais e do feminismo como um movimento capaz de traçar as transversalidades entre as diferentes lutas emancipatórias, em um momento de crise premente não só socioeconômica e ambiental, mas civilizadora. Há tantos tópicos para falar e o tempo é tão ditador que atirei em branco:

 

N.: O ecofeminismo é geralmente definido como o diálogo entre o ambientalismo e o feminismo; muitas vezes, um grande potencial emancipatório é atribuído a esse cruzamento. Por quê?

O ecofeminismo é uma corrente de pensamento que já tem uma trajetória acadêmica, mas também é um movimento social; Ambas as dimensões são importantes, especialmente colocadas em diálogo. É um pensamento crítico de nossa realidade econômica, política e também simbólica, que propõe a construção de um movimento social que supere, construtor de identidade, em um momento de guerra contra a vida. Envolve um diálogo entre o movimento feminista, que é muito mais antigo, e o ecologista, e busca sinergias entre os dois: porque, quando exploramos a raiz da invisibilidade e desvalorização das mulheres, por um lado, e a destruição de vida para o outro, vemos que existem causas comuns e, portanto, também a partir daí você pode pensar nos pontos de saída.

 

N.: com frequência se diferencia, dentro do ecofeminismo, uma corrente – chamada essencialista – que critica a naturalização dos papéis tradicionalmente atribuídos à mulher – e a construtivista, que afirma que tais papéis são socialmente construídos. Onde você se situaría?

 

Eu acho que é uma divisão útil no plano epistemológico, mas, na prática, eu me identifico com as duas posições e, de fato, há muito diálogo entre elas. De fato, como se afirma a partir do ecofeminismo essencialista, há elementos do corpo – principalmente o fato de que nós mulheres gestamos e parimos – que determinam nossas experiências de uma forma que nenhum homem vivencia; mas eles também são dotados de ternura e devem estar obrigados a realizar as tarefas de cuidado. Há uma ordem, uma forma de entender a economia e as instituições, que os condiciona e nos condiciona a cumprir determinado padrão de gênero: é disso que temos de nos libertar, sem nos rotularmos.

 

N.: Você aludiu a como a experiência do corpo, como gravidez e parto, condiciona a experiência das mulheres. Daí o fato de que, em muitos países do Sul global, as mulheres indígenas e camponesas se declararen guardiãs de sementes e rios?

Yayo: As mulheres historicamente viveram a experiência de guardar as sementes, de cuidar da água e dos corpos; De uma perspectiva ecofeminista, trata-se de tornar visíveis as experiências e conhecimentos essenciais para sustentar a vida. Em suma, trata-se de valorizar o cuidado, essencial para nossa sobrevivência. A chave é desbancar os mercados e valorizar a conservação da vida; e, politicamente, isso tem dimensões muito valiosas. Desde a Grécia clássica, o espaço público foi separado do doméstico: as mulheres não são sujeitos políticos, elas não participam do bem comum. A concepção do interesse geral foi arrancada do corpo e da terra; O mundo político da vida foi quebrado. E isso é o que você tem que mudar de raiz.

 

N.:Você fala sobre mudanças na raiz, isto é, radicais; mas parece que, agora que o ambientalismo e, mais recentemente, o feminismo estão na moda, o sistema capitalista tem uma grande capacidade de absorver essas ansiedades sociais. Há riscos de cooptação do movimento social?

Yayo: Sem dúvida hoje vemos como o rótulo “verde” ou “sustentável”, colocado em tudo, cria um mercado do “capitalismo verde” através do qual o capital procura tirar proveito até da reparação de danos . Desta forma, com um banho verde ou lilás, com retoques cosméticos, tentam constantemente não que não se altere o fundo, a estrutura. Mas o capitalismo é violento, colonial e patriarcal. Quando há rupturas mais intensas, vemos como o capital se empenha para reconduzir as tensões, para que o estrutural não mude; são medidas cosméticas, que não abordam o problema social subjacente, que se encontra na exploração e na acumulação. Existem certos feminismos que se encaixam mais nessa institucionalidade, como acontece em qualquer movimento social (assim: a diferença entre socialistas e social-democratas); mas o que devemos entender é que não basta adicionar ao que já existe um ingrediente “verde” ou “lilás”, e que devemos é enfrentar mudanças muito mais profundas: devemos assumir que a natureza tem limites físicos; e que as relações sociais supõem valores intangíveis.

 

N.:Nesse debate, as ecofeministas têm trabalhado o conceito de corpo-território: o que exatamente significa isso?

 

Yayo: É importante notar, em primeiro lugar, que o termo “corpo-território” vem dos feminismos originários e indígenas latino-americanos. É um conceito de enorme poder. O corpo é o território do ser; mas a civilização ocidental é um sistema dicotômico. Em Platão, existe um mundo das coisas, aquilo que não perdura; e há um mundo das idéias, da racionalidade, do que pode ser chamado, o eterno. A partir dessa visão, o que nos torna humanos é a razão; o corpo é apenas um suporte acidental. No entanto, não há vida humana fora do corpo, assim como toda a vida está enraizada em um território. O corpo e o território são o suporte material no qual a vida, sentimento, toque, tudo o que é sensorial está encarnado. Nós recebemos sensações, nos inter-conectamos; é o corpo que nos permite estar e estar com o outro. Sem corpo não há vida. Da mesma forma, o território possibilita a vida em comunidade; e, no marco das lutas que muitos povos do Sul enfrentam diante do avanço dos projetos extrativistas, o território se torna o campo de batalha. Nosso corpo-território é também o campo onde o poder econômico e patriarcal, tenta decidir a batalha. O corpo das mulheres é usado para desonrar os homens; mas o corpo das mulheres é também o corpo que resiste, reconstrói, luta; é o corpo que gesta, que dá a luz, que regenera a vida humana.

 

N.: Valorizar a vida, o corpo e o território, não implica questionar a ideia mesmo de progresso?

 

Yayo: É claro. A noção de progresso implica uma visão de história em que sempre há algum limite a ser superado. Somos seres finitos; no entanto, a sociedade recompensa a criança caprichosa, que não conhece limites; o cuidado com a vida é desvalorizado, enquanto o heroísmo viril daqueles que estão dispostos a morrer é exaltado. O otimismo tecnológico, a fé cega de que a inovação científica nos tirará de qualquer pântano, é a religião moderna. E isso é um problema enorme, porque se você calcular os recursos que temos, a população e o ritmo de consumo, as contas não fecham, ainda que venham muitos avanços tecnológicos. Existem alternativas mais limpas que são viáveis, mas não são em escala: um exemplo é o carro elétrico, que melhora a eficiência e resolve parte do problema, mas apenas para uma fração da população, que é a que tem o poder econômico, social e militar . Isso nos coloca o risco de uma espécie de ecofascismo: a continuidade da vida de certos setores é garantida, mas outros são expulsos. Em nossa abordagem, pelo contrário, a recomposição do metabolismo social tem a ver com uma redistribuição radical da riqueza e das obrigações que implicam que sejamos e sejamos espécie; isto é, as tarefas de cuidado. A acumulação por desapropriação pode acontecer pelo material ou pelos vínculos; estes últimos são um terreno fértil para os neofascismos.

 

N.: Algo parecido acontece com a moda dos alimentos etiquetados como ‘ecológicos’, ‘orgânicos’ ou ‘bio’…

 

Yayo: O risco é ir em direção a uma maior marginalização, em direção a um ‘Chato-ecologismo’ que leva você a comer orgânicos, a usar cosméticos naturais e a se mover em seu carro elétrico, sem levar em conta quem ao seu redor pode fazer isso. Diferentemente dessa abordagem, nos grupos de consumidores há uma preocupação com preços, inclusão, articulação social e nos bairros; buscam-se soluções viáveis e transformadoras, como os restaurantes escolares ecológicos.

 

N.: Os grupos de consumidores são experiências que visam oferecer alternativas ao modo hegemônico de produção, distribuição e consumo, que podem ser enquadradas na economia social e solidária. O ESS é um programa de transição para um mundo pós-capitalista?

 

Yayo: Mais que um programa, é um laboratório político, um ensaio de experiências. A ESS presta muita atenção às iniciativas locais e auto-organizadas; não é uma questão de se fechar nelas, mas de observá-las. Eu acho que é muito importante que nós possamos experimentar o sucesso; e o poder dessas iniciativas é que elas nos permitem recuperar a articulação com os outros, a capacidade de cooperar, compartilhar, reinventar o coletivo. A complexidade dos problemas que enfrentamos nos subjuga; mas onde sentimos bem-estar e desconforto é na vida cotidiana. Neste espaço cotidiano podemos nos sentir acompanhados, sentir que se houver escassez existe um coletivo em que podemos nos apoiar.

 

N.: De fato, como você diz, a complexidade dos problemas que enfrentamos é esmagadora; é um desafio como transmitir essa informação sem que o pessimismo colapse a ação …

 

Yayo: Em conversas e formações, tento ser muito clara: que não pareça um discurso terrível, mas sim dizer o que está acontecendo. Essa crise é civilizatória porque permanece despercebida: estou convencida de que, se as pessoas souberem da gravidade da situação, elas se moverão. Esse homu economicus maximizador da utilidade, de que falam os economistas, não existe: somos pessoas reais preocupadas em que nossos filhos não tenham uma vida terrível. Trata-se de dar saídas concretas; estabelecer maneiras de viver esse medo coletivamente.

 

N.: Se pode mudar as estruturas por dentro da política institucional?

 

Yayo: A institucionalidade não é apenas as políticas que estão nessa conjuntura, mas sim que existem processos projetados para que nada mude. É neoliberalismo. As experiências práticas de mudança nos municípios, enfrentam obstáculos e limites, que combatem como podem: tornar-se prefeito não garante tomar o poder, quando há uma insitucionalidade neoliberal; por isso é necessária uma cidadania organizada que queira, que esteja disposta às mudanças e que se mobilize para realizá-las. O objetivo é democratizar a política, e isso não será alcançado sem conflito. Não é fácil: vimos na Grécia com a intervenção da Troika; e vemos isso na Espanha com os obstáculos que o governo central coloca em municípios como Madri [governada por uma aliança de mudança encabeçada por Manuela Carmena]. A desobediência é necessária para certas mudanças, porque as regras do jogo são pouco democráticas: são neoliberais. Nenhuma lei importante foi alcançada sem uma luta. É o que acontece com o caso de La Manada: sem mobilização nas ruas, a lei não vai mudar.

 

N.: A lamentável sentença do caso La Manada evidenciou la enorme capacidade do movimento feminista para mobilizar as pessoas nas ruas…

 

Yayo: Foi um recado: até agora aguentamos. Foi muito pedagógico para pessoas que não estavam inseridas no movimento. Minha filha e minha sobrinha, que têm mais ou menos a idade da vítima [18 anos], me diziam como estavam iradas com a sentença: sentiam-se abandonadas, angustiadas. O Estado preferiu proteger esses cinco energúmenos do que proteger as mulheres, enquanto segue o horrível drama da violência patriarcal que diariamente mata e estupra. Naquele dia, era um clamor em cada bairro: não apenas nas grandes cidades, mas também nas pequenas e até em povoados menores. Eu acho que hoje o feminismo é o único movimento que pode reivindicar-se como tal. Dois ou três anos atrás, o próprio termo “feminismo” era pejorativo; o sucesso do movimento também gera a polarização de setores reacionários. Mas vemos uma espécie de estado de alerta permanente do movimento. No caso La Manada, nós vemos como surge esse afã de cuidar dessa menina, dizendo: ‘Eu acredito em você’. Implica retomar, materializar a ideia de que o pessoal é político. Uma pessoa concreta que sofre e se ergue no símbolo.

 

N.: Com a chegada da hashtag #Cuéntalo (#Conta), através da qual milhares de mulheres, em poucos dias, contaram suas experiências pessoais e mostraram como as mulheres vivem todos os dias com medo dos homens.

 

Yayo: #Cuéntalo pressupõe uma visualização do continuum de violências. Pressupõe um contrapoder: você se sente apoiada, com mais radicalidade e profundidade. Além dos anos de prisão impostos a essas mulheres, o que preocupa é como se tipifica, como se interpreta, a partir do poder violento, quando você se sente intimidada e quando não; Se você não reage, você não sofreu violência. O juiz vê, inclusive, sintomas de excitação. Que vida sexual esses homens têm, como tantos outros homens em posições de poder? Se trata do que é o desejo; se damos ao desejo das mulheres a mesma importância que ao dos homens.

 

N.: A resposta massiva a essa sentença confirmou o que já havíamos visto no 8 de março em todo o território espanhol: a força do movimento feminista. No entanto, houveram grupos de mulheres negras e ciganas que decidiram não se juntar à greve e nem à marcha, como uma denúncia da pouca visibilidade que têm dentro do movimento. O que foi feito de errado?

 

Yayo: A argumentação da greve do último 8M incluía honestamente a transversalidade e a dupla discriminação das mulheres racializadas, e havia grupos de imigrantes que participaram da greve de cuidados. No entanto, nas assembléias, havia grupos de mulheres diversas que não estavam presentes: havia migrantes latino-americanas, mas poucas negras ou ciganas. E é praí que devemos direcionar nosso olhar crítico: pensar por quê elas não estavam, pensar se os espaços de participação que criamos são inclusivos ou não. Essa deve ser uma preocupação permanente: um olhar descolonizador.

 

N.: O 8M na Espanha, assim como na Argentina, foi construído através de um sólido trabalho assembleário. Este processo é o herdeiro do 15M?

 

Yayo: O 15M foi um movimento assembleário que possibilitou a articulação; alguns dizem que se plasmou no Podemos, mas a verdade é que fez a economia social crescer, as iniciativas de bairro, o feminismo. Em um mês de assembléias em Sol, o uso da linguagem sexista era mal visto.

N.: Parece que o movimento feminista é, em nível internacional, o único movimento que está sabendo construir a interseccionalidade entre diferentes lutas …

 

Yayo: Os feminismos dão um nó em tudo: na economia, na ecologia, no consumo, na organização política, no modo de entender a sexualidade. A organização social que temos é louca. A pergunta que devemos nos fazer é: do que a vida depende? E, a partir daí, analisar as diferentes tensões. Acredito que vivemos um momento extraordinário, em que estão se dando processos vertiginosos. Polarizações ocorrem, tensões causadas pelo medo; o poder da mídia é brutal. Até a mentira agora é chamada de “pós verdade”. Sob o rótulo de liberdade de expressão, você pode dizer o que quiser, mesmo que seja totalmente falso. Na Alemanha, movimentos de estilo nazista estão surgindo, assim como movimentos de acolhimento aos refugiados. Na Espanha, vemos com a Catalunha, como é difícil manter posições intermediárias. É necessário fazer um exercício calmo de reflexão.

 

N.: E já que estamos falando da Catalunha, qual é a sua posição sobre isso?

 

Yayo: O referendo de 1º de outubro foi o mais belo ato de desobediência civil que tive oportunidade de ver. Chegou-se a uma situação de grande estresse, devida, principalmente, à irresponsabilidade do governo, que recusou qualquer discussão e impôs uma política de humilhação, removendo itens Estatuto Catalão [a lei mais importante para a comunidade autónoma da Catalunha] que eles haviam assumido e que haviam sido admitidas em outras comunidades autônomas. No entanto, dentro do movimento de independência da Catalunha há coisas bem diferentes: há burguesias que têm uma reivindicação de identidade respeitável, mas de uma posição política e de classe que eu não compartilho; e há também um setor da esquerda que luta para falar de autonomia. Eu gosto muito de Anna Gabriel, uma mulher valiosíssima, que fala de autonomia interdependente, e que explica o processo soberanista como uma oportunidade para se tornar independente da Espanha do PP, da autoridade, da corrupção como uma forma de governo, desta Espanha que não desenterrou os mortos das valas. Se um referendo tivesse sido realizado com todas as garantias, provavelmente seria bom não apenas para a Catalunha, mas para todo o país.

 

Desde niña, mi mayor pasión es escribir. Soy periodista, madrileña y vivo en América Latina desde 2008. He colaborado con medios como Le Monde Diplomatique, Público y La Marea, y formo parte del colectivo de periodismo independiente Carro de Combate, que analiza los impactos socioambientales de lo que consumimos. Entiendo que el feminismo implica la descolonización de nuestras vidas, cuerpos y mentes y esa es una tarea cotidiana, muchas veces ardua pero también profundamente liberadora.

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