Imagen: Pilar Emitxin en colaboración con Dante Aguilera Benitez

 

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Apuntes al calor de la lucha por la despenalización del aborto en Argentina

1. La larga jornada del 8A tuvo en Buenos Aires mucho de épica por la inclemencia meteorológica -San Pedro es patriarcal, nos quejábamos esa noche-. El bajón de aquella madrugada, la sensación de injusta derrota, dio paso sin embargo, en los días posteriores de resaca social, a la convicción de haber triunfado en las calles. Aún no es ley, pero sabemos que lo será más pronto que tarde. No fue pequeña nuestra victoria: logramos sacar el aborto de la clandestinidad social. Hoy se habla de ello. Muchas más chicas conocen la experiencia de las Socorristas en Red y de otros tejidos feministas y saben que, si en algún momento deben pasar por la experiencia de abortar, no estarán solas. Hoy entendemos que somos millones y que esta semilla que plantamos explota en mil direcciones.

2. La sensación de victoria a pesar del ninguneo parlamentario tiene mucho que ver con el estallido de manifestaciones, muestras de solidaridad y pañuelos verdes agitados desde esquinas de todo el planeta, de Quito a São Paulo, de Chiapas a Santiago, de Cádiz al Kurdistán. Nuestra revolución se teje planetariamente. Estamos construyendo un internacionalismo desde abajo, de nuevo cuño, que se baila y se reinventa a cada paso del camino. Y las mujeres argentinas nos han regalado un ejemplo de lucha que resuena en toda América Latina.

3. El debate parlamentario sirvió para dejar en claro que, como señala Verónica Gago, el Senado es expresión del decadente poder eclesiástico. Junto con el patriarcado caerá el Estado confesional y la decrépita ‘representatividad’ que sustenta nuestra limitada y limitante idea de democracia burguesa. El pañuelo naranja se yergue como símbolo de la lucha por el Estado laico. El pañuelo verde, que el 8 de agosto fue una inmensa bandera bajo la cual se desplegaba una miríada de creativas formas de lucha que se trenzan, aglutinando multitud de identidades políticas. Frente a la poderosa imagen de una piba de quince años tocando el bombo y ejerciendo su derecho al habla por tantos siglos negado, el monolítico y desfasado discurso de quienes, ataviados con el pañuelo celeste –convertido en símbolo de los anti-derechos–, ocuparon la otra mitad de la plaza sin más propuesta ni argumento que la negación del derecho de las mujeres a disfrutar de sus cuerpos y a decidir su propio destino.

 

 

4. Las intervenciones de ciertos senadores permiten que emerjan y sean visibilizados los perversos discursos que hasta ahora se habían normalizado. La más ilustrativa es seguramente la argumentación de Rodolfo Urtubey: “Hay casos donde la violación no tiene violencia sobre la mujer”, afirmó en la cámara parlamentaria, y distinguió entre aquellas violaciones “clásicas” y aquellas otras que suceden dentro del hogar y que, en su opinión, se producen sin curso de violencia. Más allá de la necesidad pedir con urgencia el desafuero y posterior condena por apología de la violación de este señor, la provocación de Urtubey evidencia, como también apunta Verónica Gago, el rol de la violación como escena fundante del poder masculino sobre los cuerpos feminizados (lo que incluye a lxs niñxs). Urturbey habla de violación sin violencia: es exactamente la misma idea que sustenta la sentencia a los cinco violadores del caso de La Manada en España, que los absuelve de agresión sexual y los condena, con una pena mucho más leve, por abuso, una figura legal que, en España, afirma la posibilidad de que una mujer no dé su consentimiento al acto sexual, sin que sin embargo concurran ni coacción ni violencia. Lo que las feministas llamamos “cultura de la violación” aparece en toda su brutalidad en estos casos extremos y mediáticos, pero se manifiesta en una infinitud de gestos cotidianos que someten el cuerpo de las mujeres a los designios del deseo masculino. Lo que está en juego en el debate en torno al aborto no es sólo evitar las muertes de aquellas mujeres, las más pobres, que deben hacer frente a abortos clandestinos en condiciones de extrema vulnerabilidad, sino también la reivindicación de la soberanía radical sobre nuestros cuerpos – en el Senado, sólo Pino Solanas aludió, en uno de los discursos más elogiados, al derecho al goce de las mujeres –. Lo que está en juego es la consideración de las mujeres como sujetas tan autónomas y deseantes como nuestros pares varones. La idea radical, en fin, de que las mujeres somos personas, como dijo Angela Davis en la más brillante definición del feminismo.

5. Después del 9 de agosto somos más conscientes de ese estado de revolución permanente que empieza por nuestro propios cuerpos y se desparrama en cada práctica cotidiana, en cada gesto, en cada vínculo. Por eso decimos que el patriarcado SE VA A CAER: no es que lo vamos a derrocar, ni mucho menos conquistar, invadir, ocupar o tomar. Nuestra guerra no es como las suyas. El patriarcado se va a caer porque es tan profundo el trabajo de deconstrucción que estamos haciendo de nuestras propias cabezas que eso ya lo está transformando todo. Nuestra revolución ya se conjuga en presente y sabemos que es irreversible. Se está cayendo. Y no queremos darle vuelta a la tortilla: queremos cambiarlo todo desde la raíz.

6. En esta revolución permanente que va de abajo a arriba, de dentro afuera, cada una de nosotras va anotándose pequeñas grandes victorias cotidianas. Más que hacer la revolución, estamos en revolución, somos revolución. Sabemos que lo personal es político y que la cotidianidad es su expresión más radical y potencialmente emancipadora. Acá van algunos de mis pequeños grandes triunfos recientes -a buen seguro cada lectora tendrá los suyos-: me saqué el sostén. Cada vez me banco más mis pelos y cada vez me importa menos lo que ellos piensen. Y, sobre todo, hace ya mucho tiempo que veo a cada mujer que conozco como una potencial aliada, y no como competencia por la atención de ningún varón.

 

Caminamos juntas, a ratos firmes y seguras, a ratos lamiéndonos las heridas. Pero con una convicción cada día mayor no ya de que el aborto libre, seguro y gratuito será ley en toda América Latina, sino de que el patriarcado se va a caer, que se cae ya en cada una de esas victorias cotidianas. Y no hay vuelta atrás.

 

ESTÁ CAINDO

Imagen: Pilar Emitxin en colaboración con Dante Aguilera Benitez
Imagen: Pilar Emitxin en colaboración con Dante Aguilera Benitez

 

Notas ao calor da lucha pela despenalização do aborto na Argentina

1. AA longa jornada do 8A teve em Buenos Aires muito de épica pela inclemência meteorológica -São Pedro é patriarcal, nos queixávamos essa noite-. A fossa daquela madrugada, a sensação de derrota injusta, abriu caminho, porém, nos dias posteriores de ressaca social, à convicção de haver triunfado nas ruas. Ainda não é lei, mas sabemos que vai ser mais cedo que tarde. Não foi pequena a nossa vitória: conseguimos tirar o aborto da clandestinidade social. Hoje se fala disso. Muito mais garotas conhecem a experiência das Socorristas en Red e de outros tecidos feministas e sabem que, se em algum momento tiverem de passar pela experiência de abortar, não estarão sozinhas. Hoje entendemos que somos milhões e que esta semente que plantamos explode em mil direções.

2. A sensação de vitória apesar do desdém parlamentar tem muito a ver com a explosão de manifestações, mostras de soliedariedade e lenços verdes agitados desde as esquinas de todo o planeta, de Quito a São Paulo, de Chiapas a Santiago, de Cádis ao Curdistão. Nossa revolução se tece planetariamente. Estamos construindo um intercionalismo desde baixo, de novo cunho, que se dança e se reinventa a cada passo do caminho.

3. O debate parlamentár serviu para deixar claro que,, como aponta Verónica Gago, o Senado é expressão do decadente poder eclesiástico. Junto com o patriarcado vai cair o Estado confessional e a decrépita ‘representatividade’ que sustenta nossa limitada e limitante ideia de democracia burguesa. O lenço laranja se ergue como símbolo da luta por Estado Laico. O lenço verde, que no 8 de agosto foi uma imensa bandeira sob a cual se desprendia uma miríade de criativas formas de lutas que se entrelaçam, aglutinando uma multidão de identidades políticas. Frente à poderosa imagem de uma garota de quinze anos tocando o bumbo e exercendo seu direito à fala por tantos séculos negados, o monolítico e defasado discurso de quem, adornado com o lenço celeste – convertido em símbolo dos anti-direitos –, ocupou a outra metade da praça sem mais propostas e argumentos que a negação do direito das mulheres a desfrutar de seus corpos e a decidir seu próprio destino.

 

 

4. AAs intervenções de certos senadores permitem que aflorem e sejam visibilizados os perversos discursos que até agora tinham sido normalizados. A mais ilustrativa é seguramente a argumentação de Rodolfo Urtubey: “Há casos onde o estupro não tem violência contra a mulher”, afirmou na câmara parlamentar e distinguiu entre aqueles estupros “clássicos” e aqueles outros que acontecem dentro do lar e que, na sua opinião, se produzem sem uso de violência. Para além da necessidade de pedir com urgência a retirada do foro privilegiado e posterior condenação pela apología ao estupro deste senhor, a provocação de Urtubey evidencia, como também aponta Gago, o papel do estupro como cena fundante do poder masculino sobre corpos feminizados (o que inclui as crianças). Urturbey fala de estupro sem violência: é exatamente a ideia que sustenta a sentença aos cinco estupradores do caso de La Manada na Espanha, que os absolve de agressão sexual e os condena, com uma pena muito mais leve, por abuso, uma figura legal que, na Espanha, afirma a possibilidade de que uma mulher não dê seu consentimento ao ato sexual, sem que apesar disso ocorram coação nem violência. O que as feministas chamamos de “cultura do estupro” aparece em toda sua brutalidade nestes casos extremos e midiáticos, mas se manifesta em uma infinidade de gestos cotidianos que submetem o corpo das mulheres aos designios do desejo masculino. O que está em jogo no debate em torno do aborto não é só evitar a morte daquelas mulheres, as mais pobres, que devem submeter-se a abortos clandestinos e em condições de extrema vulnerabilidade, senão também a reivindicação da soberania radical sobre nossos corpos – no Senado, somente Pino Solanas aludiu, em um dos discursos mais elogiados, ao direito ao gozo das mulheres –. O que está em jogo é a consideração das mulheres como sujeitas tão autônomas e desejantes como nossos pares homens. A ideia radical, enfim, de que as mulheres somos pessoas, como disse Angela Davis na mais brilhante definição de feminismo.

5. Depois de 9 agosto somos mais conscientes desse estado de revolução permanente que começa pelos nossos próprios corpos e se espalha em cada prática cotidiana, em cada gesto, em cada vínculo. Por isso dizemos que o patriarcado VAI CAIR: não é que vamos derrocá-lo, nem muito menos conquistar, invadir, ocupar ou tomar. Nossa guerra não é como as suas. O patriarcado vai cair porque é tão profundo o trabalho de desconstrução que estamos fazendo das nossas próprias cabeças que isso já está transformando tudo. Nossa revolução já se conjuga em presente e sabemos que é irreversível. Está caindo. E não queremos virar o jogo: queremos mudá-lo todo desde a raiz.

6. Nesta revolução permanente que vai de baixo para cima, de dentro para fora, cada uma de nós vai marcando pequenas grandes vitórias cotidianas. Mais que fazer a revolução, estamos em revolução, somos revolução. Sabemos que o pessoal é político e que a cotidianidade é sua expressão mais radical e potencialmente emancipadora. Aqui vão alguns dos meus pequenos grandes triunfos recentes -seguramente cada leitora tenha os seus-: tirei o sutiã. Cada vez aceito mais meus pelos e cada vez me importa menos o que eles pensem. E sobretudo, já faz muito tempo que vejo a cada mulher que conheço como uma potencial aliada, e não como competidora pela atenção de algum homem.

 

Caminhamos juntas, a passos firmes e seguras, a cada tanto lambendo nossas feridas. Mas com uma convicção cada dia maior: não já de que o aborto livre, seguro e gratuito será lei em toda a América Latina, senão de que o patriarcado vai cair, que já cai  em cada uma dessas vitórias cotidianas. E não tem volta.

 

Desde niña, mi mayor pasión es escribir. Soy periodista, madrileña y vivo en América Latina desde 2008. He colaborado con medios como Le Monde Diplomatique, Público y La Marea, y formo parte del colectivo de periodismo independiente Carro de Combate, que analiza los impactos socioambientales de lo que consumimos. Entiendo que el feminismo implica la descolonización de nuestras vidas, cuerpos y mentes y esa es una tarea cotidiana, muchas veces ardua pero también profundamente liberadora.

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