Imagen: Pilar Emitzin

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Corría noviembre de 1992 cuando, una noche, Toñi, Miriam y Desirée salieron de Alcàsser, un pueblo de Valencia, para ir a una fiesta en una discoteca de una localidad cercana. Hicieron autoestop. Nunca volvieron. Tenían catorce y quince años. Sus cuerpos aparecieron tres meses y medio después en una fosa que, se supo después, cavaron ellas mismas. Sus asesinos no sólo las violaron: las torturaron de mil formas imaginables. Nada volvería a ser igual para las tres niñas de Alcàsser ni para sus familias; pero nada sería igual, tampoco, para toda una generación de jóvenes mujeres españolas.

Quienes firmamos este artículo teníamos entonces doce y dieciséis años, y creemos que si nunca nos atrevimos a hacer dedo, pese a ser inquietas y viajeras, se debe al terror que nos infundió el relato mediático que desplegó aquel triple crimen. Por eso nos resultó tan iluminador, tan doloroso pero a la vez tan liberador, el libro que acaba de publicar Nerea Barjola: Microfísica del poder. El caso Alcàsser y la construcción del terror sexual (Editorial Virus, 2018).

Barjola dedicó su tesis doctoral a investigar ese relato mediático que lanzó un mensaje atemorizante y culpabilizador sobre una generación de mujeres que venía reivindicando su libertad de movimiento. Trasgredir los límites se paga caro, se nos dijo; y el autoestop se convirtió en un símbolo de transgresión que debíamos evitar para no ser merecedoras de un castigo tan severo como el que recibieron las niñas de Alcàsser. Pero había muchas otras transgresiones: llevar la falda demasiado corta, irnos con extraños, viajar “solas”, volver solas a casa. Y “solas” significa, claro, sin protección masculina: como Toñi, Miriam y Desirée. Porque, como dice Barjola, cualquier mujer o grupo de mujeres sin protección masculina está en “tierra de nadie”: ese espacio simbólico en que, en ausencia de hombres que nos defiendan, nuestros cuerpos pasan a ser un bien público, a libre disposición del uso y abuso de cualquier hombre. 

El terror sexual, entonces, como forma de domestificación de las mujeres, como forma de control sobre los cuerpos feminizados, que se convierte en autocontrol cuando integramos el mandato, cuando renunciamos a viajar, a ir de fiesta, a tener sexo, a vestirnos como nos place, por miedo a ser violadas, asesinadas o torturadas. Si, como cree Virginie Despentes, la violación es un proyecto político, una forma de sostener la dominación de género, el terror sexual es un discurso que, afirma Barjola, queda inscripto en el cuerpo de las mujeres. Una narrativa que se nos inocula con diversas estrategias; entre ellas, siempre, la culpabilización de la víctima -por lo que hizo, por sus costumbres, por sus vestidos- y el foco en ella, en lo que debería hacer para evitar una agresión que se supone inevitable, pero que, a la vez, se nos presenta como excepción; porque, si no lo fuera, deberíamos admitir que vivimos en una sociedad machista y misógina en la que la violencia sobre el cuerpo de las mujeres no sólo es cotidiana y constante, sino que es un elemento estructurante de la sociedad -como, por cierto, lo es también el racismo-.

El crimen de Alcàsser funcionó como amenaza para las mujeres de nuestra generación. Nadie cuestionó qué masculinidades se estaban reproduciendo para que semejante horror fuera posible; todo el énfasis se colocó en qué hacer para que las adolescentes estuvieran seguras, protegidas contra su propia voluntad de libertad. Como afirma la antropóloga argentina Rita Segato, la violación es un acto de poder y de dominación; es “un acto de moralización por desacato a la ley patriarcal”. Nos advierte de los límites que no podemos transgredir. Por supuesto, no asumimos pasivamente ese repliegue; las mujeres siempre resistimos. Pero hubo cosas que quisimos hacer y no hicimos. De algún modo, todo el despliegue televisivo en torno a aquel crimen brutal sirvió a los efectos de un repliegue, en un contexto en que las mujeres venían conquistando el espacio público en la España posfranquista. Los hombres que nos lean tal vez no tengan registro de ello, porque a fin de cuentas, el mensaje fue que aquello no iba con ellos, pero las lectoras de cualquier país, estamos seguras, recordarán casos que marcaron su infancia o su adolescencia.

Los casos recientes abundan. El 25 de mayo, una mujer de 32 años se suicidó en Madrid después de que se viralizase un vídeo sexual que ella había grabado, cinco años atrás, y que, por despecho, aquel compañero sexual decidió divulgar sin su consentimiento. El vídeo rápidamente se colocó entre los más buscados en la red, mientras los medios advertían a las mujeres jóvenes y adolescentes que ni se les ocurra grabarse mientras tienen relaciones, porque a fin de cuentas, se nos dice, ¿si no quieres que se divulgue, para qué te grabas? A fin de cuentas, ¿por qué llevas minifalda si no quieres que te violen? ¿Por qué viajas sola si no quieres que te maten? Por detrás, siempre, la culpabilización de las mujeres. Lo que hicieron mal al vestirse, al grabarse, al moverse, al decir una palabra de más o hacer un gesto de menos que, supuestamente, animaron al varón, tan incontrolable él -pero cuidado, not all men-. El torero Fran Rivera, tras salir del armario franquista, nos sorprendió blanqueando el discurso que se nos suele inocular con más disimulo: “Los hombres no somos capaces de tener un vídeo así y no reenviarlo”. Como cuando el juez de turno te dice que, si llevas falda, cómo esperar que se contenga el varón. Y es que, como dice Virginie Despentes, los hombres ignoran hasta qué punto todo está escrupulosamente organizado para garantizar que ellos triunfen sin arriesgar demasiado cuando atacan a mujeres.

En su libro, Barjola explica la importancia del discurso dominante como reflejo de la estructura social y la manera en que éste marca, inevitablemente, las narrativas de las mujeres a la hora de expresar sus propias experiencias de violencia. Contra el relato del terror se hace necesario el contrarrelato, y, en lo que toca a resignificar la violación, Despentes es el mejor ejemplo. Su análisis en el ensayo Teoría King Kong (Random House, 2018) es quizás uno de los primeros relatos de violación contados por una mujer en primera persona sin ningún tipo de tapujos, con un lenguaje crudo y una lucidez en su reflexión que no dejan indiferente al lector; por eso el movimiento Mee Too lo tomó como referente para apelar a las mujeres del mundo a que se atrevieran a contar su caso. Despentes, que fue violada en grupo junto a una amiga mientras hacía autoestop a los 17 años, cuenta que mientras la violaban ella tenía en su chaqueta una navaja, pero que en ningún momento pensó en sacarla para defenderse de sus agresores: porque era el proyecto mismo de la violación lo que hacía de ella una mujer, y por ende, alguien esencialmente vulnerable. Al final, uno de ellos encontró la navaja y se la enseñó a los otros, sorprendido de que no la hubiera sacado: “O sea, que les gustaba”, sería su conclusión.

En este ensayo, escrito en 2006, Despentes afirma que la violación es algo propio del hombre, lo único que la mujer, hasta ahora, no se ha reapropiado. Por ello mismo la autora se la adueña, escribe sobre ello, tal y como fue, dándole un significado al que no estábamos acostumbradas. Su propia violación y la posterior lectura que hizo de la controvertida feminista americana Camille Paglia, la llevaron a comprender aquella experiencia de un modo muy diferente. A Despentes le llamaron la atención las palabras de Paglia: si te violan, dust yourself, sigue adelante, levántate, sacúdete el polvo y asúmelo como algo inevitable a lo que nos arriesgamos las mujeres cada día al salir a la calle. La victimización y la tutela estatal no son las respuestas para Paglia ni para Despentes; y mucho menos seguir pensándonos como cuerpos sagrados que pierden lo más importante tras un acto de violencia sexual.

Angela Davis, en Mujeres, raza y clase (Akal, 2005) hace un análisis riguroso donde pone de manifiesto las estrategias de lucha de las mujeres negras. Su reflexión sobre el papel de la violación durante la esclavitud como arma de dominación y de represión, con el objetivo de ahogar el deseo de resistir de las mujeres negras y desmoralizar a sus hombres, es esclarecedor para entender cómo se ha ido forjando un arma de terrorismo político de masas, un elemento institucionalizado de agresión diseñado para intimidar y aterrorizar no sólo a las mujeres sino también a sus hombres. Para Davis, la violación no es la consecuencia de la personalidad violenta de un individuo o se trata de un rasgo natural de la masculinidad, sino que se trata del resultado de un sistema basado en la dominación violenta. 

El año pasado, una de quienes firmamos este texto trabajó en una investigación sobre el papel de las mujeres en la lucha obrera y sindical en la provincia de Cádiz durante la dictadura franquista. El relato de la mujer sindicalista a la que entrevistó es otro buen ejemplo de contrarrelato. Desde de los 4 hasta los 10 años, Ana Perea fue violada sistemáticamente por un vecino que la amenazaba con matar a sus padres si lo contaba, siempre en nombre del dictador. Cincuenta años después, decidió contarlo por primera vez; fue liberador para ella, para su sexualidad, para su marido también. Aquel hecho fue central en su vida, pero Ana es también el contrarrelato de la victimización, el ejemplo del dust yourself, y así como siguió adelante con su vida tras ser violada, siguió en la lucha contra las injusticias sociales durante la dictadura española. Sin embargo, siempre cargó aquel secreto, hasta a comprender, ya a edad muy adulta, que debía ponerle nombre, contarlo, pues sólo así podría liberarse de los sentimientos de culpa, vergüenza y terror que la acompañaron durante tantos años.

Parece que las mujeres empezamos a reapropiarnos de la experiencia de la violación a través de la palabra, como el Yo te creo o Mee Too, con obras como la de Despentes, Nerea Barjola o Angela Davis o con relatos como el de Ana. Hacernos con ella, pensarla y contarla desde nuestra voz y nuestra propia reflexión es la mejor arma que podemos emplear para empezar a cambiar las cosas, porque eso nos da poder sobre ella, y sobre ellos (los violadores). Cargarla de más y nuevos significados desde un punto de vista feminista, desmontando así el relato terrorífico y paralizante que se nos ha inculcado, debe ser una de nuestras principales tareas a fin de elaborar estrategias de lucha contra este terrorismo sexual en el que vivimos. Virginie Despentes sugiere que quizá no sea deseable para el sistema que el sexo femenino sea inaccesible por la fuerza. Es necesario que ese acceso siga abierto, que la mujer permanezca temerosa. Es necesario que ella esté a disposición de él. Si no, ¿qué definiría la masculinidad?

El mensaje disciplinante que recibimos constantemente es que de un crimen tan horrible no podemos ni debemos reponernos; no debemos dejarlo atrás. Nos quedó claro en España con el caso de La Manada, cuando los abogados de los violadores presentaron como prueba videos aportados por detectives privados que demostraban que la víctima salia y hacía una vida “normal” después de ser violada; eso demostraba, para los abogados y al parecer para los magistrados, que a ella le gustó la agresión. Para nosotras, lo que aquel juicio evidenció fue el mensaje disciplinante que había detrás de todo ello. 

Como explica Silvia Federici en su prólogo al libro de Barjola, en 1992 las feministas en aquel momento no pudieron armar una contranarrativa frente al relato mediático del terror; pero la situación hoy es diferente. Tras la sentencia por el caso de La Manada, salimos a la calle, nosotras sí, en manada. Lo mismo sucedió tras  tras el asesinato y tortura de la adolescente argentina Lucía Pérez. Juntas gritamos: “Hermana, yo sí te creo” y logramos, esta vez sí, que ese grito se interprete como un argumento político, no como meras opiniones personales. Y seguiremos nombrando la violación, el abuso y la tortura sexual, resignificándolo y acompañándonos entre nosotras. Porque, si tocan a una, nos están amenazando a todas, y eso siempre lo tuvo muy claro el orden patriarcal. 

“Los medios no son espectadores pasivos, sino participantes de un proyecto político que es el equivalente a la caza de brujas”, escribe Federici. O, como dijo Judith Butler: “El periodismo es un lugar de lucha política… inevitablemente”. 

O estupro como projeto político, o terror sexual e o contra-argumento feminista

Imagem: Pilar Emitzin

TRADUÇÃO: Karen Amaral

Era novembro de 1993 quando em uma noite Toñi, Miriam e Desirée saíram de Alcàsser, um povoado em Valência, para ir a uma festa em uma discoteca de uma localidade próxima. Pediram carona. Nunca voltaram. Tinham quatorze e quinze anos. Seus corpos apareceram três meses e meio depois em uma cova que, descobriu-se depois, foi cavada por elas mesmas. Seus assassinos não apenas as estupraram: foram torturadas de mil formas imagináveis. Nada voltaria a ser igual para as três meninas de Alcàsser, nem para suas famílias; mas nada seria igual, tampouco, para toda uma geração de jovens mulheres espanholas. 

Nós, as autoras doesse artigo, tínhamos neste momento doze e dezesseis anos, e acreditamos que se nunca nos atrevemos a pedir carona, apesar de sermos viajantes inquietas, foi devido ao terror que nos foi incutido pelo relato midiático daquele triplo homicídio. É por isso que o livro recém publicado por Nerea Barjola é tão iluminador, doloroso e ao mesmo tempo liberador para nós: Microfísica del poder. El caso Alcàsser y la construcción del terror sexual (Editorial Virus, 2018).

Barjola dedicou sua tese de doutorado à investigação desse relato midiático que lançou uma mensagem aterrorizante e culpabilizante sobre uma geração de mulheres que vinham reivindicando sua liberdade de movimento. Transgredir os limites tem um preço caro, nos disseram, e a carona se converteu em um símbolo de transgressão que deveríamos evitar para não sermos merecedoras de um castigo tão severo como o que receberam as meninas de Alcàsser. Porém, haviam muitas outras transgressões: usar saias muito curtas, sair com estranhos, viajar “sozinhas”, voltar sozinhas para casa. E “sozinha” significa, é claro, sem proteção masculina: como Toñi, Miriam e Desirée. Porque, como aponta Barjola, qualquer mulher ou grupo de mulheres sem proteção masculina está em “terra de ninguém”: esse espaço simbólico em que, na ausência de homens que nos defendam, nossos corpos passam a ser um bem público, a livre disposição do uso e abuso de qualquer homem.

O terror sexual então, como forma de domesticação das mulheres, como forma de controle sobre os corpos feminizados, que se converte em autocontrole quando integramos o mandato, quando desistimos de viajar, de ir a uma festa, de fazer sexo, de vestirmos da maneira que gostamos por medo a ser estupradas, assassinadas ou torturadas. Se, como acredita Virginie Despentes, o estupro é um projeto político, uma forma de sustentar a dominação de gênero, o terror sexual é um discurso que, afirma Barjola, fica inscrito no corpo das mulheres. Uma narrativa que nos contamina com diversas estratégias; entre elas, sempre, a culpabilização da vítima – pelo que fez, por seus costumes, por sua forma de vestir-se – e o foco nela, no que deveria fazer para evitar uma agressão que se supões inevitável, mas que, ao mesmo tempo, nos apresenta como exceção; porque, se não o fosse deveríamos admitir que vivemos em ua sociedade machista e misógina na qual a violência sobre o corpo das mulheres não só é cotidiana e constante, senão que é um elemento estruturante dessa sociedade – como, certamente, também é o racismo.

O crime de Alcàsser funcionou como ameaça para as mulheres de nossa geração. Ninguém questionou que masculinidades estavam reproduzindo para que semelhante horror fosse possível; toda a ênfase foi colocada no que fazer para que as adolescentes estivessem seguras, protegidas contra sua própria vontade e liberdade. Como afirma a antropóloga argentina Rita Segato, o estupro é um ato de poder e de dominação; “é um ato de moralização por desacato à lei patriarcal”. Adverte-nos dos límites que não podemos transgredir. É claro, não assumimos passivamente esse retrocesso; nós, mulheres, sempre resistimos. Porém, houveram coisas que queríamos fazer e não fizemos. De algum modo, todo esse desdobrar televisivo em torno àquele crime brutal serviu  aos efeitos de um retrocesso, em um contexto em que as mulheres vinham conquistando o espaço público na Espanha pós-franquista. Os homens que nos lêem talvez não tenham registro disso, porque afinal de contas, a mensagem foi que aquilo não tinha nada a ver com eles, porém as leitores de qualquer país, temos certeza, recordarão de casos que marcaram sua infância ou adolescência. 

Os casos recentes são abundantes. No dia 25 de maio, uma mulher de 32 anos se suicidou em Madri depois que tornou-se viral um vídeo sexual que ela havia gravado cinco anos atrás e que, por despeito, foi compartilhado sem consentimento por seu companheiro da época. O vídeo rapidamente tornou-se um dos mais procurados na rede, enquanto a mídia advertia às jovens e adolescentes a não fazer vídeos de suas relações sexuais, porque afinal de contas, nos dizem “se você não quer que seja divulgado, por que gravar? Afinal de contas, porque você usa uma mini saia se não quer ser estuprada? Por que você viaja sozinha se não quer que te matem? Por trás, sempre, a culpabilização de mulheres. O fizeram de errado ao vestir-se, ao filmar-se, mover-se, ao falar uma palavra a mais ou fazer um gesto a menos que, supostamente, incitaram ao homem, tão incontrolável – mas cuidado, not all men. O toureiro Fran Rivera, depois de sair do armário franquista, nos surpreendeu aclarando o discurso que geralmente nos é inoculado com mais dissimulo: “Nós, homens, não somos capazes de ter um vídeo assim e não compartilhá-lo”. Como quando o juiz te diz que se você está de saia, como quer que os homens se contenham? Como diz Virginie Despentes, os homens ignoram até que ponto tudo está escrupulosamente organizado para garantir que eles triunfem sem arriscar demais quando atacam mulheres.  

Em seu livro, Barjola explica a importância do discurso dominante como reflexo da estrutura social e a maneira como ela marca, inevitavelmente, as narrativas das mulheres na hora de expressar suas próprias experiências de violência. Contra o relato de terror que se faz necessário o contra relato e, no que diz respeito a ressignificar o estupro, Despentes é o melhor exemplo. Sua análise no ensaio Teoría King Kong (Random House, 2018) é, talvez, um dos primeiros relatos de estupro contados por uma mulher em primeira pessoa sem nenhum tipo de reserva, com uma linguagem crua e uma lucidez em sua reflexão que não deixam indiferente ao leitor; por isso o movimento Me Too o tomou como referência para apelar às mulheres do mundo a que se atrevam a contar seus casos. Despentes, que foi estuprada em grupo junto a uma amiga enquanto pedia carona, aos 17 anos, conta que enquanto era estuprada ela tinha em sua jaqueta uma navalha, mas que em nenhum momento pensou em tirá-la para defender-se de seus agressores: porque era o projeto do estupro o que fazia dela uma mulher e, portanto, alguém essencialmente vulnerável. Afinal, um deles encontrou a navalha e mostrou aos outros, surpreendido de que ela não a tivesse sacado: “Ou seja, ela estava gostando”, seria sua conclusão. 

Neste ensaio, escrito em 2006, Despentes afirma que o estupro é algo próprio do homem, a única coisa que a mulher, até agora, ainda não reapropriou. Por isso mesmo a autora toma posse sobre isso, escreve sobre o momento tal e como foi, dando um significado ao que não estávamos acostumadas. Seu próprio estupro e a leitura posterior que fez da controversa feminista Camille Paglia, levaram-na a compreender aquela experiência de um modo muito diferente. As palavras de Paglia chamaram a atenção de Despentes: se te estupram, dust yourself, siga em frente, levante-se, sacuda a poeira e assuma-o como algo inevitável ao que nos arriscamos todos os dias ao sair às ruas. A vitimização e a tutela estatal não são respostas para Paglia, ne para Despentes; e muito menos o seguir pensando-nos como corpos sagrados, que perdem sua importância após um ato de violência sexual.

Angela Davis, em Mulheres, raça e classe (Akal, 2005) faz uma análise rigorosa onde põe em manifesto as estratégias de luta das mulheres negras. Sua reflexão sobre o papel do estupro durante a escravidão, como arma de dominação e repressão, com o objetivo de afogar o desejo de resistir das mulheres negras e desmoralizar a seus homens, é esclarecedor para entender como o estupro foi moldado como uma arma de terrorismo político de massas, um elemento institucionalizado de agressão, desenhado para intimidar e aterrorizar não apenas às mulheres, senão também a seus homens. Para Davis, a violação não é a consequência da personalidade violenta de um indivíduo ou trata-se de um traço natural da masculinidade, senão que se trata do resultado de um sistema baseado na dominação violenta. 

No ano passado, uma das autoras deste texto trabalhou em uma pesquisa sobre o papel das mulheres na luta trabalhista e sindical na província de Cádiz durante a ditadura franquista. O relato da mulher sindicalista entrevistada é um outro bom exemplo de contra relato. Dos 4 aos 10 anos, Ana Perea foi estuprada sistematicamente por um vizinho que a ameaçava com a morte de seus pais se ela contasse a alguém, sempre em nome do ditador. Cinquenta anos depois, ela decidiu contá-lo pela primeira vez; foi liberador para ela, para sua sexualidade e também para seu marido. Aquele feito foi central em sua vida, porém Ana é também o contra relato da vitimização, o exemplo do dust yourself, e assim como seguiu em frente com sua vida após ser estuprada, continuou na luta contra as injustiças sociais durante a ditadura espanhola. Entretanto, sempre carregou aquele segredo, até compreender, já a uma idade avançada, que deveria nomeá-lo, contar, pois apenas assim poderia livrar-se dos sentimentos de culpa, vergonha e terror que a acompanharam durante tantos anos. 

Parece que nós mulheres começamos a reapropriarnos da experiência do estupro através da palavra, como o Yo te creo ou o Me Too, com obras como a de Despentes, Nerea Barjola ou Angela Davis, ou com relatos como o de Ana. Fazer com isso, pensar e contar a partir de nossa voz e nossa própria reflexão é a melhor arma que podemos empregar para começar a mudar as coisas, porque isso nos dá poder sobre ela e sobre eles (os estupradores). Carregar mais e novos significados do ponto de vista feminista, desmantelando assim a história aterrorizante e paralisante que nos foi inculcada, deve ser uma das nossas principais tarefas para elaborar estratégias de combate ao terrorismo sexual em que vivemos. Virginie Despentes sugere que talvez não seja desejável para o sistema que o sexo feminino seja inacessível à força. É necessário que esse acesso permaneça aberto, que a mulher permaneça com medo. É necessário que ela esteja disponível para ele. Se não, o que definiria a masculinidade? 

A mensagem disciplinadora que recebemos constantemente é que não podemos e não devemos nos recuperar de um crime tão horrível; não devemos deixar isso para trás. Ficou claro na Espanha com o caso de La Manada, quando os advogados dos estupradores apresentaram como prova depoimentos de detetives particulares que mostravam que a vítima saía e ganhava uma vida «normal» após ser estuprada; isso demonstrava, para os advogados e aparentemente para os magistrados, que ela havia gostado da agressão. Para nós, o que esse julgamento mostrou foi a mensagem disciplinadora por trás de tudo. 

Como Silvia Federici explica em seu prólogo ao livro de Barjola, em 1992 as feministas não conseguiram montar uma contra-narrativa contra o relato midiático do terror; mas a situação hoje é diferente. Depois da sentença para o caso de La Manada, saímos para a rua, sim, em manada. O mesmo aconteceu após o assassinato e tortura da adolescente argentina Lucía Pérez. Juntas nós gritamos: «Irmã, eu acredito em você» e nós conseguimos, desta vez, que esse grito seja interpretado como um argumento político, não como meras opiniões pessoais. E continuaremos a mencionar estupro, abuso sexual e tortura, ressignificando-o e acompanhando um ao outro. Porque, se eles tocam em uma, eles estão ameaçando a nós todas, e isso sempre foi muito claro para a ordem patriarcal. 

«Os meios de comunicação não são espectadores passivos, mas participantes de um projeto político que equivale à caça às bruxas», escreve Federici. Ou, como disse Judith Butler: «O jornalismo é um lugar de luta política … inevitavelmente».

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